CRÓNICA: “Bicentenario en la Patagonia”


Aquel miércoles de octubre amaneció muy frío. Me recuerdo caminando por un pueblo rural de la Patagonia, de esos cuyo nombre no le interesa a nadie. Porque al fin y al cabo todos los pueblos de esta zona son iguales: tristes, desérticos y fríos como un adiós.

El “pueblo de los viejos”, o Pueblo Viejo como lo llaman sus habitantes para llegar hasta el final de la frase sin perder el aliento, no es una excepción. De unos 120 habitantes más o menos, no figura en ningún mapa de la Patagonia.

Días atrás, cuando hacíamos el viaje desde Buenos Aires en avión, me encontré en Bariloche con un hombre que creía saber algo de Pueblo Viejo. Lo situaba por debajo del margen derecho del Río Colorado, varios kilómetros más adentro, y no tan lejos del Limay, que es otro río de los que se pueden llamar importantes en la Patagonia.

Lo cierto es que a mí me llevaron en una Ford F100 hasta unos metros antes del pueblo. En un gran arrebato de ingenuidad porteña, le pregunté a Mario, el chófer, por qué no me acercaba hasta el centro comercial de Pueblo Viejo. Él se rió estrepitosamente. Me dijo que no, que no valía la pena ni quería entrar allí, que caminara dos kilómetros por un sendero donde ni el viento ni el desierto permitían adivinar la presencia humana.

Atravesar el sendero que apenas se vislumbraba me llevó más de una hora. Al llegar, me sentí como aquella vez que me robaron la moto en la puerta de casa, allá, en Capital. Todo era gris en Pueblo Viejo: grises los pocos autos estacionados a la vera de la única calle, grises los rostros de las ancianas que se metían a sus casas con la mirada desconfiada ante mi presencia, gris la mirada de un chico que cruzaba la calle para buscar una pelota que pateaba solo.

Vine a Pueblo Viejo porque decidí formar parte del Censo Nacional 2010 Año de Bicentenario. Necesitaba los trescientos pesos que pagaban para terminar de abonar un curso de portugués en San Telmo. Regresar a la Patagonia siempre es grato. En medio de esta nada me crié yo, aunque debo admitir que la suerte estuvo un poco de mi lado en eso: pasé la mayor parte de mi infancia entre Comodoro y Deseado, según el destino de mi viejo, en YPF.

Pero Pueblo Viejo, o “el pueblo de los viejos” como aquí lo llaman, es totalmente distinto. Creo que por ser “zona desfavorecida” deberían pagarme un poco más, quinientos pesos al menos. Sólo una cosa me motivó venir hasta aquí, y es que como dicen algunas voces en Comodoro, en este pueblito viven las personas más longevas del mundo.

Me costó creerlo al principio. Mi escepticismo de porteño cosmopolita, hombre de la gran ciudad,  lector devoto de los clásicos, de Oscar Masotta y Alice Munro, me impide ver a menudo la realidad. Cuando me comentaron que tres ancianos de Pueblo Viejo habían alcanzado los doscientos años, lo primero que sentí por esas señoras fue un poco de pena y amistosa comprensión.

Pero luego, conforme fueron avanzando en su relato, empecé a sentir que lo que ellas me contaban podía ser verdad, que algo de sentido había en aquellas leyendas que no lo eran tanto. Sólo al final de mi recorrido por Pueblo Viejo, cuando me mostraron unos papeles de los que hablaré luego, llegué a convencerme de cuánta verdad había en las palabras de aquellas viejas a las que había creído demasiado supersticiosas.

Caminé unos cien metros por la calle principal del pueblo, azotado por un viento hostil que me impedía abrir demasiado los ojos y contemplar la fachada gris de las casas todas iguales de Pueblo Viejo.  Junto a un buzón de cartas, de mano derecha, un viejo me invitaba a pasar a su domicilio. Así comenzaron las encuestas para el censo, casa por casa, puerta por puerta, comedor por comedor.

Y digo comedor por comedor porque todos me invitaban a pasar. A diferencia de Comodoro, donde según los otros censistas nadie te abre la puerta, aquí todos son de buen corazón. La frase “la casa es pequeña pero el corazón es grande”, si bien trillada, caracteriza muy bien a la gente de estos parajes.

Al final del pueblo, justo en la última casita sobre el lado izquierdo de la calle principal, protegida del viento por un muro, se levantaba la “casa de los viejos”, como la llaman en el pueblo. A diferencia de las otras, esta casa es más amplia y se distingue del resto por su buen gusto, aunque me costaría definir qué quiero decir con esto.

Un hombre, rodeado de una multitud de chicos y adultos que iban engrosando el grupo, me esperaba en la puerta. Al llegar, este me estrechó la mano y se presentó como “El Historiador”. Enseguida me pasó un brazo por el hombro, como buscando protegerme de la multitud que se había formado en torno a la “casa de los viejos”.

No había reparado demasiado en ello, pero algo así como cien personas, literalmente, casi todo el pueblo, se había agolpado junto a la puerta de la “casa de los viejos”. Lo primero que pensé es que, como en todos los pueblitos del Interior, eran curiosos, chusmas y vagos de diversa laya que estaban ahí por mí, que venían a monitorear el trabajo que estaba haciendo.

Minutos después, caí en la cuenta que no, que al fin y al cabo no era tan importante para ellos, que la verdadera razón por la que se juntaban junto a la puerta ahora abierta de la “casa de los viejos”, era que allí había un tremendo televisor SONY. Y muy buena señal por cierto. Pero lo más llamativo, que a mí me causó algo así como un estado de confusión mental, era la noticia que acaparaba todos los canales: en la mañana de aquel miércoles 27 de octubre de 2010, a las 9.15 de la mañana, había fallecido el ex Presidente de la República Argentina, Néstor Carlos Kirchner.

Al principio, pensé que se trataba de ficción. Que aquella gente reunida en torno al imposible fallecimiento del “lupo”[1] era tan inverosímil como el hecho de que en un pueblo perdido de la Patagonia residieran tres ancianos que habían llegado a los doscientos años de edad. Pero luego, conforme fueron avanzando las horas, tanto la muerte de Kirchner como la sobrevivida de aquellas tres ancianas, se fueron incorporando a mi realidad.

“El Historiador” era un sesentón de lentes enormes, barriga prominente e inconfundible acento cordobés. En el pueblo se comentaba que cuando era más joven se había acostado con todas las mujeres de Pueblo Viejo y alrededores, salvo las tres ancianas de doscientos años. A ellas, además de las razones obvias de diferencia de edad (unos ciento cincuenta años aproximadamente), las consideraba sus hermanas. Jamás podría haber pensado en algo así.

Quien quisiera conocer a las ancianas debía entrevistarse previamente con “El Historiador”, que en realidad era Licenciado en Filosofía, pero que, por sus vastos conocimientos históricos, todos en la Patagonia lo conocían de esa manera. Luego de las formalidades habituales, del ¿cómo encontraste Pueblo Viejo? ¿Qué tal estuvo el viaje hasta aquí?, entré a la habitación de las ancianas.

De repente, el frío y el viento de allí afuera se transformaron en algo completamente distinto: un olor fétido a bosta de animales ya demasiado viejos y cansados, flotaba como una nube en aquella habitación. Dejé mi bolso en una silla que crujió de lo antigua que era. “El Historiador” me explicó que estaba hecha de madera de algarrobo a mediados del siglo XIX, y que era una de los primeros objetos que se habían fabricado en la Confederación Argentina.

En tres camas separadas, tapadas por frazadas enormes y rodeadas de palanganas de agua caliente, estaban las ancianas. Lo que vi me causó terror y un poco de repugnancia al mismo tiempo. Estrictamente hablando, eran seres humanos. Pero yo no vi seres humanos, sino cuerpos esqueléticos, sin rasgos ya demasiado marcados, desprovistos de cabellos y completamente desnudos.

Tuve ganas de vomitar. Aquel espectáculo me parecía aterrador. Pensé en decirle eso al Historiador, que por favor sacrificara a aquellos seres escuálidos y sin vida, tuvieran ciento veinte y doscientos años, qué más daba.

No lo hice. En vez de ello, procedí a realizar mi trabajo. Recibí de manos del Historiador unos papeles amarillentos del Registro Civil de Bahía Blanca de 1896, en el que se confirmaba el nacimiento de las ancianas en los años linderos a la Revolución de Mayo. Una era de 1811, nacida en San Juan, Provincias Unidas del Río de la Plata, y había sido compañera del ex Presidente Domingo Faustino Sarmiento en la escuela primaria. La otra, nacida en Murcia, España, en 1820, era hija de un oficial español destacado en el puerto de Buenos Aires, y había llegado a la Patagonia como compañera de ruta del General Roca en 1879, cuando se produjo la matanza de los indios. La otra, que según los papeles del Registro había nacido “poco después de la Independencia de 1816”, en Mendoza, también parte de las Provincias Unidas del Río de la Plata, había llegado hasta aquí cruzando el Río Colorado a principios del siglo XX, ya anciana y abuela de varias criaturas.

Esos datos volqué en la ficha que me habían asignado para el Censo Nacional 2010 Año del Bicentenario. Yo sé que nadie los tuvo en cuenta, porque luego salieron diciendo en la televisión que la persona más anciana, de 112 años de edad,  vivía en Bernardo de Yrigoyen, provincia de Misiones, y que su nombre era María Juana Martínez, nacida el 7 de mayo de 1898.

Puedan pensar lo que quieran. Lo que yo vi con mis propios ojos es la realidad. Y creo que hago bien y es sincero de mi parte dejarlo sentado por escrito. Los quinientos pesos nunca me lo pagaron, me dijeron que con doscientos me conformara. Qué más da. Yo vi en vida a tres bicentenarios y eso nadie me lo quita.


[1] Así es como lo llamábamos a Néstor Kirchner en la Patagonia. De hecho, dos tías mías, que fueron funcionarias del Gobierno de Santa Cruz cuando el ex Presidente gobernaba la provincia, me confirman que él prefería este apodo a “Néstor”.

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