ENSAYO: “Vida y muerte de una historia”


¿Cómo nacen las historias? ¿Y cómo mueren antes de nacer?

Al igual que un polvo mágico, una receta de cocina e inclusive un ser humano, las historias nacen a partir de la combinación de un conjunto de elementos. Una vez en vida, las historias, si no desaparecen por la quema de libros en una biblioteca en Alejandría o en Bagdad, o porque alguien de mala memoria no las recuerda, permanecen por años en el imaginario popular, en los libros, o en algún rincón de alguna biblioteca perdida en una escuela de provincias.

Si las historias mueren no es porque la muerte –vestida de calavera y con la hoz alzada en una mano– las aceche por la espalda y acabe con ellas. No…las historias mueren porque una serie de fuerzas, tanto internas como externas a nosotros, se erigen como obstáculos durante el proceso creador. Aquí se tratarán algunos de esos obstáculos.

Pero antes, vale la pena hacer un breve comentario sobre el nacimiento de las historias. Que no todo es muerte en esta vida.

Bienvenida al mundo

Críticos, escritores, artistas de diversa laya, coinciden en señalar que las historias parten de imágenes, de fragmentos o esquelas de imágenes borrosas. O en fin, de alguna forma visual, más o menos visible, más o menos difusa, que luego se va clarificando hasta formar una visión más acabada, la cual se convertirá en el puntapié de la historia que luego se narrará.

Eduardo Pavlovsky, en su monumental Historia de un espacio lúdico, señala que “la imagen es lo primero. Lo enquistado que pugna por salir. Es visual y generalmente estática”[1].

Esta imagen, sin embargo, carece de movimiento. Es tan sólo la chispa inicial que habrá de ser encendida para dar origen a una historia real, de carne y hueso, salpicada de personajes que hagan un recorrido interior o exterior. “Lo que nosotros hacemos en el proceso creativo sería liberar la imagen inmóvil y dotarla de movimiento”[2], señala Pavlovsky.

En la misma línea, nuestro genial Julio Cortázar, en una entrevista para la Televisión Española con Joaquín Soler Serrano, recordaba: “Hacia los 9 o los 10 años, de cuando en cuando me volvían imágenes, muy inconexas, muy dispersas, que yo no podía hacer coincidir con nada conocido”[3]. Estas imágenes tenían su asidero, en palabras de Cortázar, en recuerdos de su infancia frente al Parque Güell de Barcelona.

El vínculo entre las imágenes, los vagos recuerdos anclados fragmentariamente en la memoria, y el proceso creativo, parece tener sentido. Ya sea que esas imágenes provengan de juegos infantiles, como el de las fichas que representaban equipos de fútbol jugado por Eduardo Pavlovsky en su infancia[4], de viajes a lugares remotos –como el que el inglés Bruce Chatwin realizara a la Patagonia a principios de los ‘80[5]–,  o de lecturas persistentes que terminan por formar una imagen sólida en nuestro consciente[6], la relación entre imágenes y procesos creativos es una idea que seduce y a la que se puede suscribir con facilidad.

La propuesta de este trabajo consiste en explorar algunos de los obstáculos a la formación de esas imágenes. O en otras palabras, en cómo el vínculo entre esas imágenes y el proceso creador, es quebrantado desde un comienzo.

Prohibido imaginar

Los obstáculos al proceso creativo tienen diversos orígenes. Quizá sea el “temor al absurdo” una de las causas que más atente contra el proceso creativo en la adultez.

A diferencia de los adultos, el niño no le teme al absurdo., lo desconoce. Juega de manera libre, desenfadada, y no contempla las posibles consecuencias de sus actos. Un chico de cinco años que confunda sus zapatillas con un teléfono y hable a través de ella con los marcianos, “hace cosas de chicos”, en palabras de un adulto. Si ese mismo chico, treinta años después, sigue confundiendo sus zapatillas con un teléfono, “está piantao, es un loco de remate”.

¿Qué sucedió en el medio? Pues bien, el chico dejó de ser chico y se convirtió en adulto. Y como tal, hay una serie de cosas que se supone debería hacer –y otras que necesariamente debería dejar de hacer–. La sociedad le obstaculiza al chico seguir creando, seguir imaginando nuevos mundos, y con ello termina por aplastar al potencial artista que se encuentra en él.

Lo tragicómico del asunto reside en que muchos adultos de cuello almidonado e ideas correctas, y de esas señoras palermitanas de buena consciencia que reprimen al “adulto-niño-artista”, son los mismos que disfrutan, o dicen disfrutar, de La chambre de l’artiste en el MOMA, de un buen happening en algún museo porteño, o de la sordidez de Goya en el madrileño Museo del Prado.

La pregunta obvia, señora, señor, es: ¿cómo puede usted disfrutar de algo que es fruto de un “adulto-niño-artista”, de esa misma cucaracha kafkiana que usted aplasta? Como hace con las cucarachas en la cocina de su casa, imagino. ¿Y por qué se esfuerza en aclararle a su hijo, bello retoño de cinco años de edad, que las zapatillas son zapatillas que sirven para caminar y aplastar cucarachas, y no teléfonos celulares con conexión al planeta Marte? ¿Usted piensa que Pablo Picasso estaba realmente loco por haber visto en un manubrio de bicicleta la cornamenta de un bello toro español?

No tengo la respuesta, señora, señor. Pero estimo que una de las razones por las cuales usted reprime ese comportamiento irracional es la concepción instrumental que prima en el mundo de los adultos.

En líneas generales, se admite que alcanzar la adultez es manejar una serie de instrumentos que nos permiten interactuar mejor con el entorno. Cómo hablar con otros adultos, cómo dirigirnos a un potencial empleador, cómo contestar los mails, cómo subir nuestro CV a páginas como Zona Jobs y conseguir un buen empleo que nos haga respetables, y una serie de how-to-do-it que nos van encasillando, transformándonos en seres más calculadores, más racionales, y menos espontáneos.

Lo paradójico del asunto es que todas estas cosas, más propias del mundo instrumental que el de la creación, son esenciales para vivir en comunidad. No es posible dedicarse al arte si la panza está vacía, y para llenar la panza “hay que trabajar de algo” y acomodarse en el mundo adulto. Tampoco es posible andar por el mundo siendo creativo en el sentido lato de la palabra: cruzando los semáforos en rojo, pinchando los ojos de los gatos del Jardín Botánico de Buenos Aires, o desnudándose en medio de Corrientes y Callao para protestar por los derechos del pueblo angoleño. Cierta dosis de adaptación, de instrumentalización de la vida social, es necesaria.

El problema surge cuando la instrumentalización es excesiva y atenta contra el proceso creativo. Este fenómeno no es ajeno a nuestra sociedad, donde ya desde la escuela primaria se nos enseña que 2 + 2 es igual a 4 y que no hay otro resultado posible. “Está bien”, diría un maestro escéptico. “Si vos estás al frente del Banco Central y desconocés esa operación básica, vas a hacer mucho más daño a la gente que el que yo le hago a tu hijo cuando le explico el álgebra”. Y yo concedería que sí, que probablemente tenga razón. Pero también agregaría que si aprender el álgebra lleva de suyo asfixiar la creatividad de mi hijo, entonces no estaría tan de acuerdo. Y le recordaría esa vieja broma del colegio que decía: “¿Cuánto es 2 y 2?”. Y cuando él me responda “4”, yo le cantaré “22”.

Eso es imaginar. Pensar que 2 + 2 puede no ser cuatro, aunque de hecho lo sea. Combinar las cifras, pensar nuevas posibilidades –me gusta el 22–, ver a dos patitos que se deslizan por la laguna en una tarde de otoño, o simplemente hacer un dibujo a partir de ese 22.  Como señalaba Heidegger, “contemplar la belleza es dejar de lado la funcionalidad de los objetos”. De eso se trata.

Un mundo feliz

Una de las mejores novelas que leí se llama Un Mundo Feliz, de Aldous Huxley. Ignoro si será por su mala traducción al español, o porque Huxley era un mal escritor, pero la novela pareciera estar escrita en un lenguaje poco literario y demasiado explícito. Sin embargo, el encanto de historia reside en las ideas que hay detrás de sus páginas.

Un Mundo Feliz cuenta la historia de un futuro utópico –aunque cada vez menos– donde la pobreza, la miseria y las guerras han sido eliminadas. Sin embargo, y en paralelo con todos estos avances, han ido desapareciendo el arte, la literatura, la filosofía y la religión.

Esta paradoja es propia de sociedades avanzadas donde la luz del progreso científico y técnico ilumina todos los campos del conocimiento humano. Mejora la calidad de vida, las personas prolongan su vida y se alimentan mejor. Pero a su vez, sus vidas son menos interesantes, más aburridas y planificadas, y todo parece seguir un circuito pre-establecido.

Si bien Un Mundo Feliz puede leerse como una parodia de todos estos avances, lo cierto es que en las sociedades de hoy ya hay indicios de ese “progreso”. Y progreso entre comillas porque con la democracia y la masificación de la educación, muchas personas mejoraron su calidad de vida. Pero a su vez, sus vidas se convirtieron en menos literarias, más grises y por lo tanto menos interesantes.

En este contexto, uno se pregunta si en ciudades como Buenos Aires ya asistimos a una época menos literaria. No es que pretenda hacer apología del pasado o recurrir al consabido clishé tanguero de la nostalgia. Pero las grandes ciudades, tal cual están pensadas en la actualidad, atentan contra la imaginación y la formación de imágenes propias del proceso creativo.

Momento, ¿qué tiene que ver el desarrollo inmobiliario y la inserción de Buenos Aires en la economía global con los obstáculos al proceso creativo?

Mi respuesta es que bastante. Pensemos un ejemplo, pensemos en un barrio emblemático, en el barrio de Palermo. Si ochenta años atrás era un barrio de casas amplias, donde los chicos jugaban a la pelota en sus calles, hoy es una prótesis del centro de la ciudad, con sus calles repletas de taxis y coches de todo tipo, y sus veredas salpicadas de contenedores donde se refugian los desechos de las nuevas torres en construcción. El mismo barrio donde Borges conjuraba historias de orilleros y donde las biografías de los individuos eran más aleatorias –y quizá más ricas e interesantes–, es hoy una conejera donde miles de porteños y extranjeros viven sus vidas entre cuatro paredes de cemento.

Con esto no quiero decir que no haya espacio para la creatividad en Buenos Aires. Sería absurdo afirmar eso. Tan sólo me limito a aseverar que el espacio físico, en este caso el de la capital argentina, responde cada vez más a los imperativos del mercado que a los de la literatura.

En realidad, quizá nunca haya respondido a los imperativos de la literatura. Pero está claro que hay espacios “más literarios” que otros. Salvo que uno sea un genio de la pluma, parece evidente que el Jardín Botánico de hoy, el Palermo orillero de Borges, o La Boca que el maestro Cadícamo dibuja en Nuebla de Riachuelo, son espacios más literarios, “más aptos” para escenificar un cuento o pensar una canción, que una oficina de Puerto Madero, donde la Modernidad ha configurado un ghetto del aburrimiento, donde no se ven chicos corriendo detrás de una pelota, o donde sólo se oye  de fondo el silencioso murmullo de la vieja Santa María de Buenos Aires.

Varias veces pensé que hay situaciones y escenarios más literarios que otros. Y varias veces imaginé que esas situaciones y escenarios estaban en el margen, en los barrios bajos, en el hablar de la gente común y no en el centro. Es decir, no en el hablar sofisticado de los scholars o académicos –cuyos textos rebasan de todo menos de poesía–, no en el centro atiborrado de la ciudad, no en la perfección matemática de Puerto Madero, sino en las sombras, en las penumbras, donde lo difuso y lo poco claro son terreno fértil para la literatura, tal como señalaba el maestro Isidoro Blaistein. Y tampoco –esto sí que resulta controvertido– en un sistema político democrático.

He pensado en numerosas oportunidades que la dictadura militar, como escenario para una buena novela o un guión cinematográfico, es particularmente más interesante que los años del Alfonsín, donde sólo hubo espacio para la literatura en las asonadas militares, y un poco en los asaltos a supermercados durante la hiperinflación. No es casualidad que las dos únicas películas nacionales que obtuvieron el Oscar, La Historia Oficial (1982) y El secreto de sus ojos (2010), hagan referencia a la dictadura militar, como tantas otras producciones argentinas. Lo mismo con numerosos libros de escritores argentinos como Las Islas (1998), de Carlos Gamerro, o la última novela publicada por Leopoldo Brizuela, Una misma noche (2012).

Es así. En lo sombrío, en lo trágico, en la penumbra, parece haber más espacio para la literatura y la creatividad que en la perfección de las democracias liberales. Mario Vargas Llosa, en la misma línea, señaló: “La democracia y la felicidad no producen buena literatura”. Aunque parezca una generalización un poco burda y fácilmente refutable con algunos ejemplos, lo cierto es que en los espacios donde la perfección del sistema político –suponiendo que esta perfección sea la democracia–, del sistema de salud –longevidad y “bienestar” de las personas en Un Mundo Feliz–, de la vida en las ciudades –planificación excesiva del espacio urbano con ausencia de parques o “tierras de nadie” como sucede en la Buenos Aires actual–, el proceso creativo entra en crisis.

 Lo anterior no nos debería llevar a desear un mundo menos perfecto, menos adulto –en sentido científico, político e instrumental– y proponer un retorno a la infancia –de la dictadura, de la ciudad salpicada de compadritos, escuadrones de la muerte o gente amontonada en conventillos–. Sin embargo, nos lleva a repensar si el “progreso”, entendido en su sentido más amplio y en semejanza a lo que ocurre en Un Mundo Feliz, no representa un verdadero obstáculo al proceso creativo.

                                    

Está claro. Nadie quiere volver a situaciones oscuras, sombrías y literarias que atenten contra la dignidad humana para favorecer la creación artística. Sería un absurdo plantear un regreso al Holocausto o la Dictadura militar argentina, para que los potenciales Primos Levis o Luises Puenzos escriban sus Si esto es un hombre o dirijan películas monumentales como La Historia Oficial.

Sin embargo, y desde el punto de vista del arte en general, resulta convincente pensar qué hacer en un mundo que se parece cada vez más al que describe Aldous Huxley en Un Mundo Feliz.

Si los obstáculos internos como el “temor al absurdo” han sido superados, entonces los externos, como las ciudades que cada vez se parecen más las unas a las otras, y las biografías de los porteños que no resultan tan interesantes como las de sus abuelos inmigrantes, deberían ser consideradas.

No es cierto que el arte se vaya a acabar. Pero ya existen alrededor nuestro, en las calles, en el reto de los adultos cuando sus hijos usan zapatillas para hablar con marcianos, indicios de que el arte no es totalmente bienvenido en un mundo como el de hoy.

En este sentido, uno de los métodos que Virginia Woolf utilizaba para aceitar su creación literaria, puede resultar muy atractivo: salir por la ciudad, caminarla de arriba abajo, y “confundir la mirada”[7]. Quizá así sea posible hacer de lo adulto, de lo homogéneo, y de lo moderno, algo infantil, creativo y artístico.


[1] PAVLOVSKY, Eduardo. “Historia de un espacio lúdico”, p. 5

[2] PAVLOVSKY, Eduardo. “Historia de un espacio lúdico”, p. 7

[3] Entrevista de Joaquín Soler Serrano a Julio Cortázar (13 de julio de 1980). Link: http://www.youtube.com/watch?v=VEBOBW07sgo

[4] PAVLOVSKY, op. cit., p.8.

[5] Bruce Chatwin fue un novelista y escritor de viajes inglés que, entre otros libros, publicó In Patagonia, un diario de viajes

[6] Rosa Montero, en “Historia de una novela”, señala que luego de haber leído numerosos textos sobre la Edad Media, imaginó una escena medieval que habría de convertirse en la chispa inicial de una de sus obras.

[7] Apuntes de clase. “Usina de historias”, profesora Cecilia Sorrentino. (Semestre otoño 2012).

Una respuesta a ENSAYO: “Vida y muerte de una historia”

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