RELATO: “Servicio gratuito al 135”


–Hoola, buenas tardes. Mi nombre es María Iribarne, de Tarjetas Gold Argentina, ¿en qué puedo ayudarle? –dijo por vigésima cuarta vez en el día.

–Soy Aldo y me voy a matar –oyó que decía una voz masculina del otro lado del teléfono.

Se acomodó en la silla y acercó los auriculares a sus oídos. Le habían enseñado cómo tenía que saludar, cómo recitar el speech de la empresa, y cómo tratar de convencer a los clientes que odiaban los call-centers; pero no a lidiar con suicidas.

–Me voy a matar –repitió la voz.

Trató de pensar una respuesta diplomática sin herir la susceptibilidad de aquella voz que no parecía bromear.

–Señor, éste es el servicio de Tarjetas Gold Argentina. Por lo visto, el tópico de su frase no se adecúa con los servicios que nosotros prestamos.

Del otro lado se hizo un silencio que estremeció a María. Trató de pensar una respuesta que corrigiese lo que acababa de decir.

–Muchas gracias por haber contactado el servicio de Tarjetas Gold Argentina. Cualquier otra consulta, no dude en comunicarse con nosotros.

Estaba por colgar el auricular cuando oyó un grito del otro lado del teléfono:

–¡NO!

María pegó un salto en su silla. No supo qué hacer.

–Señorita, usted es lo último que me queda en esta vida. Le pido por favor que no corte.

María escuchó con desconfianza la voz. Estuvo a punto de colgar los auriculares cuando oyó:

–Señorita…por favor.

María vaciló durante una décima de segundo.

–Por favor…

–Está bien –contestó María.

Arrimó la silla al borde del escritorio donde estaba apoyado el teclado de su computadora. Recorrió con la vista las fotos de sus papás en Mar del Plata, y la de su hermana Lucía en el Aconcagua. Tomó una hoja de papel y quitó el capuchón de su bic azul.

–Lo voy a escuchar un minuto, señor. Acá trabajamos por comisión y yo quisiera ayudarlo, pero…

–Me voy a matar.

–Señor, yo quisiera ayudarlo, de verdad, créame por favor –dijo María poco convencida de la ayuda que podía prestarle a aquel pobre hombre–.

Y enseguida agregó:

–Mi jefe está a unos veinte metros. Si se da cuenta que yo estoy hablando con usted, me echa del trabajo.

–A tu jefe no… –comenzó a decir la voz.

–¿Entiende lo que le digo? –agregó María.

–A tu jefe no lo importa lo que vos hacés, nena.   ¿De qué la va ?

–Le impido que hable así de mi jefe –advirtió María.

La voz, indiferente a la advertencia de María, siguió:

–Todos los jefes son iguales. Además, ¿qué importan los jefes? Yo me voy a matar y punto –sentenció.

María giró la cabeza por sobre el hombro hacia el vitral de la oficina del jefe. Tal como le había explicado la voz, éste no estaba atento a lo que ella hacía. Sostenía un Blackberry en la mano izquierda, y un cigarrillo en la derecha. Sus pies colgaban de la mesa en la que María había sido entrevistada dos semanas atrás.

–Mire, mi especialidad comprende los servicios financieros que provee la Tarjeta Gold Argentina. Yo sinceramente quisiera ayudarlo, pero…

–¡Puta! –gritó la voz.

María se quitó los auriculares y los colgó para apagarlos. Ese hombre estaba fuera de sí y ella no tenía por qué salvarle la vida. Tardó en darse cuenta que no los había colgado bien, y que la voz seguía gritando. Ya más calmada, trató de ignorar el insulto que había recibido.

Acercó los auriculares y el micrófono hacia ella, y con la voz más suave que le fue posible, dijo:

–Señor, yo sólo quiero ayudarle. Mi jefe está distraído ahora. Pero por favor, no me falte el respeto.

Del otro lado se hizo un silencio. Luego se oyó como alguien se sonaba la nariz, tocía, y se aclaraba la voz.

–Me voy a matar. Ya me escuchaste, nena. Estoy enfermo, viejo y abatido.

–Mire –comenzó María–. En el buscador me aparece un número que podría serle de utilidad: Centro de Asistencia al Suicida. Servicio gratuito al 135.

Algo más calmada, y como si explicara algo por enésima vez, la voz dijo:

–¡Pelotudos!

María pensó en cortar. Los insultos de aquél hombre le hacían sentir que su ayuda no serviría de mucho.

–Señor, yo necesito que baje los decibeles. ¿Cómo pretende que le ayude si usted no colabora conmigo?

Como si no hubiera escuchado aquél razonamiento elemental, la voz repitió:

–Me voy a matar.

María trató de acabar de una vez por todas con el asunto. Llevaba dos minutos al teléfono y si seguía hablando con aquel hombre, no cobraría la comisión del día.

–Déjeme decirle algo. Yo como madre y esposa le aseguro que es muy feo ver partir a un ser querido. Piénselo –insistió María–.

–Yo no tengo nadie que me quiera –dijo la voz con desdén.

–Se equivoca –respondió María ya más segura de sí misma–. En el mundo siempre hay seis personas que siempre están pensando en nosotros. Dése cuenta que si usted se quita la vida, seis personas lo van a llorar.

–¡Soberana pelotudez! –gritó la voz.

María intentó reprimir su enojo. Si seguía hablándole con suavidad, quizá se calmara y en tres minutos atendería al próximo cliente.

–Así dice el saber popular –confirmó María–. Así que ya sabe. Relájese, salga a caminar, respire hondo y todo se solucionará.

–¡Qué ingenua! Con razón vendés servicios financieros y no estudiás Filosofía en Puán.

María comenzó a subir el tono de voz. Los telefonistas que estaban cerca de ella se dirigían miradas oblicuas, la señalaban con el mentón, y se encogían de hombros.

–¡Basta! ¿Se piensa usted que soy estúpida? Me insulta, me trata como un trapo de piso, y yo sigo escuchándolo –se desahogó María–. Y luego, recuperando la calma, amenazó: –Dígame cómo puedo ayudarlo. O corto.

La voz, que a pesar de su tozudez parecía seguir el tono de la conversación, se aclaró una vez más y dijo:

–Me voy a matar. Y ya no tiene sentido que me ayudes. Sos una buena mina. Seguí con tus clientes y mucha suerte. Hasta luego.

–¡Espere! –gritó María ante la mirada atónita de los otros telefonistas que ya habían dejado de hacer sus cosas y formaban un círculo de sillas alrededor de ella–. No quiero que tome una decisión equivocada por culpa mía. No, no quiero.

–Ya no podés hacer nada por mi vida. Soy una mierda, te insulto y seguís prendida al teléfono.

–¡Espere, por favor! –suplicó María.

La voz exhaló un suspiro de duda y explicó:

–En realidad, hay una cosa que podés hacer por mí. ¿Tenés un tiempo libre?

Eran las cinco de la tarde. María trabajaba hasta las ocho. Su jefe seguía hablando por teléfono. Pero la vida de un hombre, pensó, valía mucho más que un reto o que no le computaran el sueldo de un día de trabajo.

–Sí –mintió–. Salgo en diez minutos de aquí.

–Te espero a las seis frente a la Torre de los Ingleses –ordenó la voz–. Y cortó.

María se desprendió de los auriculares, dejó la computadora encendida y pidió permiso para ir al baño. Frente al espejo, se arregló un poco el cabello y luego, sin avisar a nadie, se retiró de la oficina.

Afuera hacía calor. Ya estaba acostumbrada al verano de Buenos Aires. Cruzó Avenida del Libertador, divisó la Torre de los Ingleses, comenzó a correr.

No vio a nadie. “¿Y si ya estuviera muerto?”, pensó. Veinte metros más allá de la Torre, sentado en un banco placero, estaba su jefe. Se asustó. Pensó que la había seguido hasta allí. Pero cuando lo vio con el Blackberry, llegó a la conclusión de que era pura casualidad que estuviera en aquel lugar.

–Vení –le alcanzó a gritar el jefe mientras agitaba la mano.

Temblando, María se acercó hasta él. Cuando terminó de hablar por teléfono, la miró con curiosidad y le preguntó:

–¿Buscás a alguien? Pensé que estabas en la oficina.

María conjeturó que el jefe desconocía sus horarios, así que mintió.

–Salgo a las 13 horas, quedé en juntarme con un amigo.

–¿Cómo se llama? –quiso saber el jefe.

–Aldo –contestó ella.

–Aldo es mi segundo nombre –explicó el jefe–. Hace unos minutos hablaste conmigo por teléfono. Yo era el falso suicida.

María lo miró extrañada.

–Estás despedida.

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