RELATO: “Mi primer amor”


–Un licuado mixto de frutilla y banana.

–¿Con leche o con agua?

Cuando la moza se retiró, sacó el celular de su bolsillo y consultó la hora: 17.04. Habían quedado en reunirse a las 17, pero él recordaba haberse acostumbrado a su impuntualidad. Siempre fue igual: cuando iban al Parque de la Costa a principios de los ’90, ella llegaba cuarenta minutos más tarde de lo previsto. Lo mismo cuando visitaban las librerías de la Calle Corrientes.

–Te pago ahora –dijo él mientras abría su billetera con incrustaciones de plata.

–Dieciocho con cincuenta.

–Quedáte con el vuelto –dijo mientras le extendía un billete de veinte pesos a la moza.

Adoraba a las mujeres: cada dos o tres minutos, miraba un trasero distinto. Al llegar a su casa, hacía una suerte de caleidoscopio con las imágenes que almacenaba en su memoria, y luego se masturbaba hasta tres veces seguidas. La moza, en cambio, estaba algo gorda y podría haber pasado perfectamente por uno de sus amigos.

La mujer se acercó con una bandeja en la mano izquierda y se llevó una servilleta sucia que había quedado sobre la mesa. Él pensó que ella tenía ganas de hablar, por lo que esperó a que diera el primer paso.

–¿Esperás a alguien?

–Sí –contestó él.

La moza miró tras de sí. Las cinco mesas del Café de París estaban atendidas. Escudriñó por el rabillo del ojo el mostrador: la dueña hablaba por teléfono mientras escribía en una libretita.

–¿Puedo saber a quién esperás? –se arriesgó la moza.

Él la miró extrañado. Sofía estaba por llegar de un momento para el otro. Y aunque hubieran pasado más de diez años desde su último encuentro y cada uno tuviera su familia, estaba seguro de que seguía siendo tan celosa como cuando mandaba a espiarlo con sus amigos homosexuales.

–Espero a mi primera novia.

–Jodéme –dijo la moza esbozando una sonrisa–. ¿La ves seguido?

–La última vez fue en 1995, en el Acto de Egresados de la Universidad.

–¡Doce años! Una vida entera…

–¡Bua! Tampoco la pavada.

–¿Y después no se vieron? –preguntó ella acercando el mentón a la mesa.

–Me fui a estudiar a Barcelona y nunca más la vi.

Él se sintió incómodo. Imaginó a Sofía caminando por el lado de las barreras del TBA, arropada en alguno de sus vestiditos parisinos que tanta envidia causaban entre sus amigas. Luego imaginó que su rostro se crispaba al verlo hablar con la moza, una gorda sin culo y sin tetas, como acostumbraba a decir ella de cualquier mujer que se acercara a él.

–¡Ah! –exclamó la moza, antes de irse a atender a otro cliente.

Encendió un cigarrillo y acercó el cenicero con forma de trébol a un borde de la mesa. Hacía calor. Un manto de humo le iba cubriendo la cara, y le borroneaba la visión de la calle por donde pasaban los autos y el 161.

Del lado de la barrera del TBA, creyó ver el cuerpo atlético de Sofía, su primera novia, a la que desvirgó cuando ella tenía 14 años y él 18. Sus amigos abogados le decían que eso era estupro, pero él se reía y cambiaba de tema, como quien no quiere la cosa.

Dos minutos más tarde, la moza se acercó a la mesa por tercera vez.

–Creo que te dejaron plantado –arriesgó.

Él, concentrado en los anillos de humo que salían por su boca, contestó:

–Es algo impuntual, pero va a venir.

–¿Cómo es ella? –insistió la moza–. Quizá pasó por aquí y no la viste.

“Imposible”, pensó. Doce años es mucho tiempo, pero hay caras que no se olvidan. A pesar de que Sofía estaba casada y había tenido cuatro hijos, él la imaginaba igual que antes: flaquita, cabello castaño claro, y ojos turquesas como el Mar Caribe.

–No ha venido. Te puedo asegurar que cuando llegue la voy a reconocer.

–¿Sabe que estás acá?

–Siempre nos juntábamos en este café cuando íbamos a la facultad.

Tantas preguntas seguidas de aquella mujer le caldeaban los nervios. La miró fijo a los ojos, pero no pudo saber hacia dónde miraba. Sus lentes oscuros le cubrían la vista, y podía estar estudiándolo de cuerpo entero sin que él se diera cuenta.

–¿Cómo te la imaginás? –preguntó la moza.

Pensó en levantarse e ir a otro lugar. Ya eran demasiadas preguntas. Después de todo, su función era atender a los clientes, no hacer de psicóloga.

–¡Qué te importa! –le respondió con violencia.

Enseguida se arrepintió y pidió disculpas.

–Pará, no te vayas. No quería ser tan brusco –dijo en tono conciliador.

La moza frunció la boca, le arrojó a la cara el billete con el que había pagado, y se retiró al mostrador. Él pensó en levantarse y pedirle disculpas por segunda vez. Pero enseguida cambió de idea. “Ah, gorda fea…encima se la cree”.

Tiró el cigarrillo a la calle junto al guardabarros de un Fiat 600. Sacó el celular de su bolsillo, comenzó a escribir un mensajito para Sofía. “¿Venís?”, redactó. Luego lo borró: un SMS tan breve podía resultar ofensivo, y más teniendo en cuenta que hacía mucho que no se veían.

Junto al mostrador, ella se secaba las lágrimas. Él no se dio cuenta que la moza lloraba, pero sí distinguió  que tenía un celular en la mano. “Estará llamando a la policía”, pensó. “Mejor me voy y quedo con Sofía en el Mc Donalds de Olivos”.

Ya levantado, tomó el saco que había colgado de una silla. Cuando estaba por irse, sintió la vibración de su celular. Era un mensaje de texto de número desconocido:

“Pepo, t pido perdon pero hubo accidente de tren en Retiro, hoy a la noche sale mi omnibus, será en otra oportunidad. TKM, sofía”.

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