RELATO: “Algo en común”


Lo recuerdo como si fuera ayer.

Era un día caluroso. La siesta pegaba fuerte en la nuca y no encontraba ningún lugar donde comprar una botellita de agua. Pasé por enfrente de la Casa Natal de Sarmiento en dirección a Laprida. Al llegar a la esquina, me tiré a un costado de la vereda a descansar. Tenía los ojos y la garganta resecos por el Zonda.

De repente me levanté. Habré caminado unas tres cuadras cuando divisé la Biblioteca. Al parecer era el único lugar en todo San Juan que estaba abierto a las tres de la tarde: seguro que allí encontraría un baño.

Al entrar, me topé con el semblante taciturno de un bibliotecario que llevaría unos cuarenta años al frente del mismo mostrador. Me preguntó qué necesitaba. “Agua”, respondí. El bibliotecario me señaló unas puertas de madera que estaban del otro lado de la sala de lectura.

Cuando tuve frente a mí las puertas de madera, logré relajarme. Ya podía imaginarme con la boca abierta bebiéndome toda el agua fresca del baño. Entonces fue cuando divisé dos pilas de libros que se levantaban sobre una mesa. Entre ellas, había un libro que se destacaba de los otros. Estiré mi brazo izquierdo y logré tomarlo entre mis manos. Era El Túnel de Ernesto Sabato.

Debo confesar que sentí cosquillas en el cuerpo. Aquél libro poseía una suerte de magnetismo que me atraía hacia él. Como si no hubiera sufrido sed unos segundos antes, me olvidé por completo del agua y de las puertas de madera. Hice a un lado una vieja silla de roble y tomé asiento.

Abrí el libro con reverencia. Comencé a hojear sus páginas. Estaban amarillas, pero mejor así. Siempre me gustaron los libros viejos. Huelen de manera especial.

Hice una recorrida general. Busqué el índice. No encontré nada. Entonces fui a la primera página en busca de alguna mención acerca del donante del libro, en caso de que tuviera alguno.

Mis ojos se abrieron de par en par. Contuve la respiración y el corazón comenzó a latirme más deprisa. Inmediatamente cerré el libro y lo escondí tras una de las pilas. Escruté con la mirada a mi alrededor. “No, nadie te ha visto”, pensé. Entonces, como quien es dueño de un secreto inconfesable, abrí el libro por segunda vez.

Efectivamente, ¡no me había equivocado! En la primera página había un mensaje escrito de puño y letra. Los años han borrado el contenido exacto del mensaje, pero recuerdo que decía algo así:

Si abriste este libro, si lo tuviste entre tus manos, si te sentiste atraído por él aunque no lo hayas leído, es porque tenemos algo en común.

María 4234278

Enseguida copié el nombre y el número en un papelito. Recordé que había ido a la Biblioteca por un poco de agua y entré al baño. Al salir, me senté en la misma silla que antes y me quedé pensando… ¿Quién es María? ¿Por qué no firma con su nombre y apellido? ¿Y por qué me siento tocado por este mensaje?

Me dirigí al mostrador. Llamé al bibliotecario y le pregunté por las fichas de los socios de la Biblioteca. Como no tenía el apellido de María, tuve que empezar por la A. Diez minutos más tarde, disponía de catorce fichas de socias cuyo nombre era María.

Le pedí al bibliotecario que me diera una mano con las fichas. Me miró con desconfianza. Sin embargo, puso a mi disposición la base de datos con la información de los socios. Le dije que se fijara en los números de teléfono. Para mi sorpresa, la María de la tercera ficha tenía como número de teléfono 4234278. El corazón comenzó a latirme más deprisa.

Pedí prestado el libro y me lo llevé a casa. Cuando lo terminé antes del anochecer, corrí hasta el teléfono y llamé al número de María. Luego de tres intentos, escuché la voz de un hombre adulto:

–Hola.

–Hola, buenas noches. ¿Se encuentra María?

– ¿Quién habla?

En ese instante me quedé mudo. No había pensado que tendría que identificarme tan rápido.

–Eh…le hablo de la Biblioteca Franklin. Es por un libro que se encuentra en demora –mentí– ¿Se encuentra la señorita María Carbajal?

–Qué raro –dijo la voz–. Hace unos meses que María no saca libros…

Pensé que había sido un error no haberme identificado desde un comienzo y dije:

–Está bien, quizá haya una confusión en la base de datos de la Biblioteca. Déjeme consultarlo y le llamamos de vuelta… De todos modos, quisiera aprovechar para hablar con María para comentarle de un concurso que organizamos por el Día de Sarmiento, ¿será posible?

Una tos carraspera se hizo oír del otro lado del tubo. El hombre adulto se aclaró la voz, y dijo:

–Lo siento, señor. No es posible que le pase con María. Ella falleció el mes pasado. Qué tenga buenas noches.

Y cortó.

 

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