RELATO: “Tu rezongo me apena”.


-“Ahí viene”, pensé.

La puerta del café se abrió, descubriendo la silueta redondeada del maestro. El saco negro le hacía juego con el pantalón de vestir. Hizo una seña a la moza, como de costumbre.

-Maestro: ¿qué se le ofrece?

-Doble con crema, por favor.

La moza se alejó y el maestro la siguió con la mirada. Luego se quitó el saco y lo colgó prolijamente en la silla. Dos muchachos que estaban en la mesa de al lado se acercaron y lo felicitaron por su último espectáculo. Intercambiaron unas palabras sobre las lluvias que azotaban a la ciudad. Comentaron la derrota de la Academia. Cuando se retiraron, el maestro me dirigió una sonrisa.

-“¿Le comenté de mi llegada a Buenos Aires?” –pensé.

-Mil veces –dijo.

El maestro me contempló con aire dubitativo. Se acomodó el saco y dio un sorbo al café.

-“¿Se lo vuelvo a contar?” –pensé.

-Por favor –dijo.

-“Alemania” –pensé.

-Alemania- repitió el maestro.

El maestro se rió a carcajadas. Trató de no toser y tomó el vasito de soda. Se compuso y dijo:

-Que vos venís de Alemania,  lo sabemos todos. Hasta el barman –dijo el maestro señalando la barra– sabe que naciste en Baviera, ¿no?

Dudé. Era la primera vez que me preguntaba de dónde venía. Yo siempre pensaba que era teutón, y con eso él se quedaba tranquilo. Pero ahora me había puesto en una situación difícil.

-“La verdad que no sé muy bien” –pensé.

Abrió los ojos de par en par y me miró sorprendido. En su mirada noté la interrogación desconfiada de un amigo que le pide a otro que le diga la verdad. Sentí un malestar profundo que se transformó en un leve rezongo.

-“A decir verdad,  no sé bien donde nací” –pensé–. “Ni siquiera podría precisar el año”.

-¿Esos datos no aparecían en la prensa? –preguntó.

-“Sí. Sí están en la prensa” –pensé–. “Casi todos coinciden que nací alrededor de 1850”.

-Eso quiere decir que tenés…

-“Ciento sesenta años”. Y luego de una pausa, pensé sarcástico: “¿Tan arrugado estoy?”.

-Sos un purrete– retrucó el maestro mientras apuraba el café y llamaba a la moza.

-Cognac –ordenó.

La moza pareció dudar un segundo antes de ir por el cognac. Enseguida vino con la botella y una copa.

-Hay algo de lo que podés estar seguro.

-“¿De qué maestro?”

– ¡Qué sos porteño!

Así estuvimos unas cuantas horas, charlando de lo mismo de siempre. Yo seguí pensando en mi vida, en los que me habían escuchado en Europa, en mi pasado dorado de shows y conciertos. Enseguida reparé que el alcohol había surtido efecto en el maestro. Tomaba unas copas y se volvía un tipo de lo más afectuoso. Palmeaba a la gente, sonreía a todo el mundo, me miraba con cariño. Después, como una bestia agotada, se desmadejaba inconsciente en la mesa del café.

-“La verdad que yo recorrí casi todo el mundo. Anduve por Madrid, por París, Nueva York y Roma”.

-¿Y te acordás de Japón? –preguntó el maestro.

-“Como si fuera ayer” –pensé, y luego: “¡Qué bien tocamos aquella noche!”.

-“¿Pero sabés una cosa?” pensé. “Por más que viaje por el mundo,  uno siempre vuelve al arrabal”.

-Siempre se vuelve a Buenos Aires.

-“Seguro que usted cree que yo soy teutón, que me corre la sangre de Alarico por las venas. Pero no: no es cierto. Uno viene desde lejos y con el correr de los años, lo otro queda para el recuerdo. Los viejos mueren, los hermanos desaparecen y  sin darte cuenta, no te queda más patrimonio que los amigos y lo tocado”.

El maestro se emocionó. Dos tipos de gran tamaño se acercaron hasta la mesa, lo levantaron por los hombros y se lo llevaron. Pensé:

-“Siempre se lo llevan igual”.

Un manto de silencio invadió el café. Pasó una hora, pasaron dos.

-“Me quedé a oscuras” –pensé mientras oía cómo las cucarachas comenzaban a desfilar en la cocina.

El silencio del café era interrumpido de vez en cuando por el crujido de los muebles viejos. De repente, a media noche, oí que alguien forzaba con violencia la puerta del café.

Sin mayor dificultad, el desconocido rompió el candado, empujó la puerta y se dirigió hacia donde estaba apoyado. Cuando lo tuve de frente, reconocí al maestro. Colgó el saco en la silla y se frotó las manos.

-¿Estás listo? –preguntó.

Como en los viejos tiempos, tocamos juntos. Me exprimió varias veces hasta que salió Sur. Luego marcharon Tinta Roja Cuesta abajo. A la madrugada, ya exhausto, fue a la cocina por un vaso de agua. Antes del amanecer, me envolvió en el paño y me colocó dentro de la caja, no sin antes acariciar los setenta y un botones de mi cuerpo.

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