RESEÑA: “La ciudad letrada” de Ángel Rama


Ángel Rama: uruguayo, escritor y crítico literario de fuste. Profesor universitario en Europa y Estados Unidos. Fundador y director de la Biblioteca Ayacucho. Maestro de generaciones. Viajero. Errante. Intelectual.

Muchas cosas pueden decirse de Ángel Rama. Más aún, de una de sus obras emblemáticas: La ciudad letrada. Publicado póstumamente, La ciudad letrada es un texto fundamental, precursor de las tendencias críticas que ocuparán los estudios latinoamericanos de los años siguientes[1]. Entre otros, los estudios culturales y post-coloniales, espaciales y urbanísticos, y, particularmente, la historia de los intelectuales. Como bien señala Hugo Achugar en el Prólogo[2], este texto constituye una lectura orgánica del proceso histórico-cultural de América Latina. Esta particularidad lo diferencia de miradas fragmentarias de la cultura latinoamericana de ayer y hoy.

Más específicamente, la Ciudad Letrada es un recorrido por la representación del intelectual en Hispanoamérica. Un recorrido que comienza con la Conquista y termina en los primeros años del siglo XX. Una indagación en la trayectoria del letrado durante algo más de cuatrocientos años.

Múltiples son las lecturas que pueden hacerse sobre un texto tan complejo como éste. Las referencias de Rama no se agotan en la crítica literaria. Temas urbanísticos, sociales y culturales, inclusive económicos, se mezclan de manera azarosa en La ciudad letrada. No obstante, hay una problemática que cruza transversalmente cada uno de los capítulos. La problemática de la letra y el poder, de las relaciones entre los letrados y las estructuras de poder, está presente desde la primera a la última línea de La ciudad letrada.

Ahora bien, ¿cuál es la relación entre la letra y el poder? Muy sucintamente, Rama lo explica en el segundo capítulo del texto. A los intelectuales les correspondía enmarcar y dirigir a las sociedades coloniales[3]. El poder de los intelectuales, de los letrados de la Colonia, residía en el dominio de la palabra escrita en una sociedad analfabeta. Los intelectuales eran la burocracia estatal que pasaba en limpio y ejecutaba las órdenes de la Corona.

Estos intelectuales conformaban La ciudad letrada. Por si no quedara claro, Rama vuelve a insistir en la función crucial de esta pléyade de religiosos, administradores, educadores, profesionales, escritores y múltiples servidores intelectuales, todos esos que manejaban la pluma, [los cuales] estaban estrechamente ligados a las funciones de poder[4].

El dominio de la palabra escrita confería poder. Más aún, si pensamos en algunos de los planteos presentes en el primer capítulo. Al hablar de la Conquista de América Latina, de la fundación de ciudades, Rama alude a la función de los signos y de las palabras. Sobre estas últimas, afirma que sirven para crear un orden nuevo. La creación de ciudades, de un ordenamiento urbano, de una jerarquía social, requiere la legitimación de códigos, edictos y leyes. Requiere de la palabra escrita y de un grupo social capaz de ejercerla: los letrados.

La palabra escrita era la condición sine qua non del ordenamiento de la ciudad. No era posible concebir la ciudad colonial sin sus leyes, sin su Administración o sin su jerarquía eclesiástica. Por otro lado, los signos y las palabras servían como mecanismos de conservación del poder. En esta línea, Rama destaca cómo determinados signos espaciales, además de la palabra escrita, actuaban como aliados del statu quo. [Se debe garantizar que] la distribución del espacio urbano asegure y conserve la forma social, señala el intelectual uruguayo en el primer capítulo[5]. La distribución de los solares en el damero colonial ilustraba bastante sobre las relaciones de poder entre la gente decente y el resto de la sociedad colonial.

El poder del signo y la palabra era tal que Rama llega a sostener que ambos, contrariamente a lo que dicta el sentido común, no representan lo real, sino que lo crean. Desde el siglo XVI, el dominio de la palabra y de los signos permitieron “crear” ex nihilo, es decir, de la nada. Con ello se daba por hecho que antes la llegada del idioma español no había lengua. En vez de representar la cosa ya existente mediante signos, éstos se encargaban de representar el sueño de la cosa. El sueño de un orden servía para perpetuar el poder y conservar la estructura socio-económica y cultural que ese poder garantizaba[6]. El sueño de un orden, de una ciudad en el Nuevo Mundo, requería, una vez más, del dominio de la palabra escrita. De la capacidad de redactar actas fundacionales, de elaborar un corpus de leyes y edictos, y de proyectar por escrito las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Sin estas condiciones, el sueño de una ciudad hubiera sido una quimera. De ahí la importancia de los letrados.

La ciudad letrada es, antes que nada, un texto sobre la relación entre la palabra escrita y el poder. Pero también es un texto sobre los actores que dominaron la palabra escrita ayer y hoy, durante la Conquista y a comienzos del siglo XX. En definitiva, es un texto sobre los intelectuales. Sobre aquellos intelectuales que Rama denomina de manera distinta conforme avanza el tiempo histórico, pero que en esencia son los que consumen y producen textos. “Letrados” para la Colonia, “escritores” para la Modernidad, inclusive “ideólogos”, lo que el texto marca es una línea de continuidad entre ellos y su vinculación con el poder. Por ello la necesidad de comprender su evolución, la trayectoria que va desde el letrado colonial hasta el escritor de comienzos del siglo pasado.

La época colonial estuvo signada por diferencias garrafales entre el grupo dirigente y el resto de la sociedad. A los intelectuales, ubicados entre los primeros, les competía el subsidiario absoluto que ordenaba el universo[7].  En este contexto, la propiedad y la lengua delimitaban la clase dirigente. Las similitudes con ciertos comportamientos del período de consolidación estatal en América Latina son evidentes. También las clases dirigentes del Río de la Plata y Santiago de Chile[8] utilizaban la lengua como delimitadora de clase. En estos contextos, el francés era utilizado como lingua franca de una élite que aborrecía el español. El cual era visto como la lengua de la gente no decente, es decir, de la gran mayoría de la sociedad.

A pesar de todo, el dominio de la élite letrada comenzará a ser cuestionado con el correr de los años. Mucho antes de los procesos de emancipación, aparecerán los graffiti. Estos se presentarán como un género contestario y opuesto a la escritura oficial. Es la primera evidencia concreta de una lucha de poder en torno al dominio de la palabra escrita. Los graffiti atestiguan autores marginados de las vías letradas, muchas veces ajenos al cultivo de la escritura, habitualmente recusadores, protestatarios e incluso desesperados[9].

La respuesta de la ciudad letrada no se hará esperar. La reforma ortográfica de la lengua española vendrá a zanjar la brecha entre la ciudad letrada y la ciudad real. Es decir, entre la escritura oficial de los letrados y la lengua hablada por el resto de la sociedad. Frente a ello, la ciudad letrada incorporará nuevas palabras, pero siempre con los moldes y las estructuras de la élite letrada. Con ello, no hará más que reacomodarse a una situación histórica que la había dejado en offside.

A pesar de los esfuerzos por conservar su poder, la ciudad letrada sufrirá un duro revés en el siglo XIX.  La Modernización significará el fin del monopolio de la élite letrada colonial. La expansión de la alfabetización, el surgimiento de diarios y revistas, la prensa, el crecimiento de un público crítico y consumidor de textos[10], terminará con la hegemonía de los antiguos hombres de letras. La emergencia de una nueva época, marcada por la emergencia de nuevos actores sociales, cambiará las relaciones entre letra y poder. Un sector recientemente incorporado a la letra desafía el poder: la incipiente clase media[11].

Una vez más, la ciudad letrada actuará con presteza. Ante el avance de la educación de masas que amenaza su poder, la ciudad letrada se institucionaliza. Es en este momento cuando surgen las primeras Academias de la Lengua. Su aparición fue la respuesta de la ciudad letrada a la subversión que se estaba produciendo en la lengua por la democratización en curso, dirá Rama al promediar el cuarto capítulo[12].

Sin embargo, no serán las Academias la Lengua los únicos mecanismos que los letrados utilizarán para conservar su poder. La democratización de la educación, acompañada del Modernización y la urbanización, había producido cambios sustanciales en las profesiones del intelectual. El viejo letrado devenido escritor pasará a formar parte de editoriales, trabajará en el periodismo o se abocará a la escritura en producciones culturales independientes.

En este punto, es posible adivinar dos fenómenos. En primer lugar, el tipo de validación del escritor moderno. Esta validación dejará de ser política y comenzará a ser estética. Como consecuencia de la especialización, el viejo letrado asociado al poder estatal pasará a ser o bien “político” o bien “escritor”. En consecuencia, ser escritor en la Modernidad implica ser artista, lo cual no es lo mismo que hacer política.

En segundo lugar, y más importante aún, está el hecho de la desmonopolización estatal de la palabra escrita. El Estado, después de cuatrocientos años de monopolio letrado, dejará de ser el ámbito por excelencia de la producción de textos. La lucha por el control de la palabra escrita terminará por descentralizar su dominio, por ubicarlo tanto en la esfera del Estado como en la del mercado. Con ello, no sólo se reconfigurarán las relaciones entre Estado y sociedad civil, sino también entre intelectuales, entre intelectuales y público, y entre letra y poder.

Prueba de ello son las tres últimas páginas de La ciudad letrada. Allí Rama identifica las transformaciones que se produjeron en el mundo de los intelectuales en este último tiempo. Lo curioso es que todas estas transformaciones se plantean como una antítesis de las primeras páginas del libro. La incorporación de doctrinas sociales como el anarquismo, el autodidactismo y el profesionalismo, son el reverso de la moneda de la ciudad letrada. El anarquismo como negación del Estado letrado, el autodidactismo como posibilidad de incorporar la palabra escrita sin la prótesis del letrado-intérprete y el profesionalismo como posibilidad de vivir y dedicarse a la escritura, o al menos en parte.

La ciudad letrada es un texto que permite cientos de lecturas. Las relaciones entre la letra y el poder es tan sólo una de ellas. También nos permite pensar ciertos fenómenos, como la especialización y la profesionalización del letrado-escritor, desde coordenadas estructurales. Esto con el aditamento de ver al intelectual del cambio de siglo como algo más que un engranaje del aparato estatal. Es decir, como un sujeto autónomo que encuentra su posición en el mercado como periodista, articulista o colaborador en una editorial.


[1] Colombi, Beatriz. “La gesta del letrado (sobre Ángel Rama y La ciudad letrada)”. Universidad de Buenos Aires. Pág. 1

[2] Rama, Ángel. 1998. La ciudad letrada. Montevideo, Arca. Pág. 7

[3] Rama, Ángel. 1998. La ciudad letrada. Montevideo, Arca. Págs. 34 y 35

[4] Rama, Ángel. 1998. La ciudad letrada. Montevideo, Arca. Pág. 32

[5] Rama, Ángel. 1998. La ciudad letrada. Montevideo, Arca. Pág. 20

[6] Rama, Ángel. 1998. La ciudad letrada. Montevideo, Arca. Pág. 23

[7] Rama, Ángel. 1998. La ciudad letrada. Montevideo, Arca. Pág. 31

[8] Vicuña, Manuel. La Belle Époque chilena. Alta sociedad y mujeres de elite en el cambio de siglo. Santiago de Chile: Sudamericana, 2001. Capítulo 1: “Santiago y la elite nacional”. Págs. 23-75.

[9] Rama, Ángel. 1998. La ciudad letrada. Montevideo, Arca. Pág. 50

[10] Hale, Chales. Las ideas políticas y sociales en América Latina, 1870-1930. En Bethell, L (ed.), Historia de América Latina. Barcelona: Crítica, 1990. Págs. 1-64

[11] Rama, Ángel. 1998. La ciudad letrada. Montevideo, Arca. Pág. 61

[12] Rama, Ángel. 1998. La ciudad letrada. Montevideo, Arca. Pág. 68

2 respuestas a RESEÑA: “La ciudad letrada” de Ángel Rama

  1. yOLO dice:

    Maestro! me acabo de leer el libro y buscaba comentarios, de verdad muy bueno!😀

  2. Una buena reseña, definitivamente el tema del poder es algo que se repite de manera incansable en todo el libro, tu reseña habla mayoritariamente de ello y creo que hay alusiones jugosas en los últimos capítulos que hubiera sido interesante agregar, pero fuera de ello, una clara opinión del libro, marca un esquema sencillo para una comprensión más amena.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: