ENSAYO: “Las ciudades latinoamericanas y la Modernidad”


Aclaración: escribí este ensayo en el marco del curso Historia Latinoamericana de la Universidad de San Andrés. Agradezco a Eduardo Zimmermann y Paula Bruno por el ímpetu que me dieron para reflexionar  sobre la Modernidad, las ciudades y la consolidación de los aparatos estatales en América Latina.

Un joven que hubiera nacido hacia 1860 en Buenos Aires, México, Rio de Janeiro o Santiago de Chile, que hubiera partido hacia los diez años a Europa, y que finalmente hubiera vuelto a su ciudad natal en el ocaso de su vida, no la habría reconocido. O al menos le hubiera costado tanto reconocerla como quienes fueron experimentando los cambios in situ.

Lo cierto es que hacia mediados de siglo América Latina estaba estancada económicamente y su población crecía poco o nada[1]. Cincuenta años después, ya había duplicado su población.

El crecimiento demográfico es, en muchos casos, un buen indicador del crecimiento económico. Sánchez Albornoz señala que el incremento de la población estuvo asociado en gran medida al crecimiento de las exportaciones agrícolas. Fueron estas exportaciones las que impulsaron los servicios y el crecimiento de los mercados nacionales[2].

El crecimiento ligado a la exportación de productos primarios fue, como bien indica James Scobie, un fenómeno que se manifestó fundamentalmente  en el desarrollo urbano de América Latina[3]. Las ciudades fueron la cara visible de este proceso que se dio en el marco de la consolidación de los aparatos estatales. Dice bien José Luis Romero al señalar que no sólo cambió la fisonomía de la ciudad, sino también su estructura social. Creció y se diversificó su población, se multiplicó su actividad, se modificó el paisaje urbano y se alteraron las tradicionales costumbres y las maneras de pensar de los distintos grupos de las sociedades urbanas[4].

Los cambios físicos empezaron desde la plaza central. Las familias de clase alta –las que solían llamarse “las de la plaza” – empezaron a emigrar en un movimiento inverso al de los sectores populares que ocupaban las grandes residencias transformándolas en conventillos o callejones[5]. En la periferia levantaron residencias donde podía apreciarse el gusto por lo europeo y la imitación. Estas viviendas, construidas en el más exquisito estilo francés o de renacimiento italiano, fueron una de las tantas maneras de ostentar el status de las nuevas burguesías. Como bien señala Jeffrey Needell[6], hay en ello un doble mecanismo en relación al espacio público. Por una parte, lo privado se hace público, puesto que la vivienda, ámbito de lo privado, simboliza el estatus social, el cual es de conocimiento público. Por otra parte, el espacio público se “privatiza”, ya que ciertos sectores de la ciudad como la Recova en Buenos Aires o la Alameda en Santiago, quedan socialmente “reservados” para la elite dirigente.

Sin dudas que el cambio más notable de las ciudades latinoamericanas se dará en su fisonomía. La burguesía europeizada de Buenos Aires, Rio o Santiago, encantada por la París de Haussmann, por sus anchas avenidas, por sus parques, por sus monumentos y por sus servicios de todo tipo, hará uso de la pica para terminar con la ciudad colonial y crear una a la medida de las circunstancias. La entrada a la Modernidad  supondrá, para América Latina, un “comportamiento sofisticadamente ostentoso”[7] de sus burguesías. Así, Torcuato de Alvear en Buenos Aires, Vicuña Mackenna en Santiago o Pereira Passos en Rio, procederán a demoler las viejas estructuras, abrir nuevas calles, ampliar las ya existentes y a construir edificios monumentales[8].

Los cambios físicos de la ciudad estuvieron en todo momento acompañados por cambios sociales. En relación a ellos, vale la pena tener en cuenta el argumento de Zimmermann respecto a la estructura social. Esta, en palabras del historiador argentino, se compone tanto de factores objetivos como subjetivos[9]. Mientras que los primeros harían referencia a elementos más “duros” como los datos económicos o demográficos, los segundos se vincularían a la subjetividad de la experiencia de los actores en relación a estos datos duros. La dimensión subjetiva de la estructura social nos permite comprender mejor ciertas pautas de comportamiento de los actores: por qué las elites criollas se sintieron “inundadas” ante la llegada de gente extraña, por qué los sectores populares se aglutinaron en los ámbitos de trabajo, por qué constituyeron, años más tarde, gremios y sindicatos; o mejor aún, por qué las elites decidieron, comenzado el siglo XX, que era hora de abrir el juego político.

Entender las ciudades latinoamericanas después de 1870 implica entender los procesos de inmigración europea. Es sabido que no todas las ciudades recibieron la misma cantidad de inmigrantes que Buenos Aires o Montevideo. No obstante, la llegada de un número considerable de europeos a América Latina modificó de manera definitiva la estructura social de las ciudades, sobre todo las de aquellas que James Scobie llama “ciudades primadas”[10].

Las inmigraciones que cambiaron la configuración social de las ciudades responden a múltiples causas. Quizá sea José Moya quien mejor las desarrolla al destacar las cinco dimensiones –o revoluciones– que impulsaron la llegada de españoles a la Argentina[11]. No obstante, su lectura de la inmigración, macro-estructural por cierto, debe ser completada con lo que Eduardo Zimmermann denomina “dimensión microsocial” de las causas de la inmigración[12]. Es decir, con el estudio de las redes y patrones de asentamiento de los inmigrantes. Dejando de lado la discusión sobre las causas de la inmigración, no cabe duda que se trata de un tópico fundamental para entender la transformación de las ciudades en el cambio de siglo.

Ahora bien, dado los cambios fisonómicos y sociales la ciudad latinoamericana, ¿Cómo se comportaron sus actores? ¿Cuáles fueron sus prácticas? O en otras palabras, ¿qué rol desempeñaron la burguesía y los sectores populares en la nueva configuración social?

Para responder estos interrogantes, se hace necesario empezar por los actores ligados al proceso de construcción estatal, es decir, los grupos de la elite. De extracción criolla y en su mayoría ligada al funcionariado público y al comercio, la elite latinoamericana, atravesada por enfrentamientos intestinos desde la Independencia hasta bien entrado el siglo XIX, logró estabilizarse hacia 1870. Esta estabilización implicó cierto consenso en torno a los objetivos de construcción estatal y sobre la “invención de una nación”[13].

La necesidad de consolidar el Estado y de inventar la nación urgió en todos los países latinoamericanos. Sin embargo, fue más acuciante en aquéllos donde la inmigración había sido más intensa. Este es el caso de la Argentina o del Uruguay, países en los cuales la elite debió afrontar el desafío de crear una identidad común en una sociedad de mezcla. En esta línea se inscribe el argumento de Diana Sorensen[14] sobre la construcción de mitos nacionales. Argentina, sociedad inmigratoria por excelencia, tuvo que capear el problema de la mezcla como disolvente de la identidad nacional. Con este fin, la elite argentina apeló a la inversión de la dicotomía sarmientina de civilización-barbarie. Esta inversión implicaba revalorizar lo rural y lo gaucho frente a lo urbano y lo extranjero, vistos los últimos como sinónimos de corrupción y volatilidad. Otra vez, la ciudad latinoamericana aparece ligada a los procesos de construcción de identidad, aunque ahora por la negativa.

La invención de la nación también fue un problema para sociedades como Chile, Perú, Venezuela o México, por citar algunos ejemplos. En el caso chileno, como demuestra Ibarra[15], la construcción de la identidad debió operar sobre una sociedad polarizada y dicotómica. En Chile, la invención de una identidad partió de la dimensión material y simbólica elaborada por la elite. Esto la diferenció notablemente de la construcción argentina, en la cual se apeló a lo popular y a lo gaucho. En países como Perú, donde la presencia indígena era más fuerte, se debió pensar en modelos que incluyeran a la gran mayoría de la población de ascendencia incaica. Este es el caso que trabaja Antoinette Molinié en un excelente artículo sobre las representaciones indígenas en la invención de la nación peruana[16].

Por otro lado, la construcción del Estado-nación implicó que las elites liberales de fines del XIX subordinaran a actores sociales de peso. Tanto la Iglesia[17] como el Ejército representaron dos arduos desafíos para las elites. En vistas de este objetivo, y teniendo en cuenta el factor inmigratorio como desafío a la invención de la Estado nacional, Fernando Devoto enumera los tres instrumentos a los que apelaron las elites para consolidar el Estado: el servicio militar obligatorio, la educación compulsiva y el voto obligatorio como parte del proceso de apertura política[18].

Otro problema que debieron sortear las elites en relación a la construcción estatal fue el de la ciudadanía. Siguiendo a Hilda Sabato[19], las elites se vieron obligadas a imponer un concepto moderno y liberal de lo que implicaba ser ciudadano. Este concepto, a diferencia de otros más colectivos, clásicos o republicanos, colocaba al individuo en el centro de la comunidad. Como señala la autora, el concepto de ciudadanía estuvo estrechamente ligado a la construcción de la nación, puesto que era la ciudadanía la que otorgaba pertenencia a una comunidad nacional.

Paralelamente a la consolidación de los Estados en América Latina, otros procesos tenían lugar en las ciudades. La modernización artística y literaria era uno de ellos. En relación a ella, Rama dirá que es consecuencia de la modernización económica y social[20]. En otras palabras, la Modernización vendría a ser, para el intelectual uruguayo, producto de coordenadas estructurales. No obstante, sería erróneo pensar a los procesos de modernización artística sólo como consecuencia de las fuerzas del mercado y el cambio social. En este sentido, cabe traer a colación el argumento de Mauro Guillén sobre el desarrollo del modernismo en América Latina[21]. Al respecto, el autor señala que el Modernismo como corriente arquitectónica es producto del impulso estatal antes que del desarrollo socio-económico de los países.

A pesar de todo, fueron los procesos de apertura política los que recalentarán el termostato de las ciudades y las relaciones entre sus actores: la élite, los trabajadores y los emergentes sectores medios. De todos ellos, serán los trabajadores y sus movimientos obreros los que más cuestionarán el orden existente. Insuflados por la corriente fresca del levantamiento revolucionario en México y de la Revolución bolchevique en Rusia, representarán una amenaza para la consolidación del Estado. Siguiendo a Hall y Saplding, será el proletariado urbano ligado al sector exportador, puertos y ferrocarriles, el que mayores dolores de cabeza producirá a la elite dirigente[22]. De todas maneras, las formas más contestatarias de representación obrera, como el anarquismo y el socialismo ortodoxo, con el tiempo serán reemplazadas por corrientes más afines a la negociación político-sindical de un aparato estatal ya consolidado: el sindicalismo puro, el anarcosindicalismo o sindicalismo revolucionario.

Pocas dudas caben que el tránsito a la Modernidad y las ciudades son una y la misma cosa. Como señala Adrián Gorelik, “debatir lo Moderno en América Latina es debatir la ciudad”[23]. Es la ciudad el producto más acabado de la Modernidad, y, al mismo tiempo, el mejor artefacto para inventarla y perfeccionarla. Sólo en ella los rasgos salientes de la Modernidad alcanzan su desarrollo más pleno: la consolidación de los aparatos estatales, la modernización artística y literaria, la emergencia de los sectores medios, de la sociedad de masas, y un sinfín de etcéteras que hacen a las sociedades en las que vivimos.

Está claro. Si el joven nacido hacia 1860 en Buenos Aires, Rio de Janeiro, México o Santiago de Chile hubiera vuelto a su ciudad natal en el ocaso de vida, no la habría reconocido. La Modernidad había atravesado cada uno de los rincones de su ciudad. Desde la fisonomía hasta la estructura social, pasando por la literatura, la arquitectura y el arte, todo había sido trastocado por la mano implacable de la Modernidad.


[1] Sánchez Albornoz, Nicolás. “La población, 1870-1930”, en Bethell, L. (ed.), Historia de América Latina, Madrid, Crítica, tomo VII, pp. 106-107.

[2] Sánchez Albornoz, Nicolás. “La población, 1870-1930”, en Bethell, L. (ed.), Historia de América Latina, Madrid, Crítica, tomo VII, p. 110.

[3] Scobie, James. “El crecimiento de las ciudades”, en Bethell, L., (ed.), Historia de América Latina, Madrid, Crítica, tomo VII, p. 221.

[4] Romero, José Luis, Latinoamérica: las ciudades y las ideas, Buenos Aires, Siglo XXI, 1997, cap.6: “Las ciudades burguesas”, p.247.

[5] Romero, José Luis, Latinoamérica: las ciudades y las ideas, Buenos Aires, Siglo XXI, 1997, cap.6: “Las ciudades burguesas”, p.278.

[6] Needell, Jeffrey, “Rio de Janeiro and Buenos Aires: Public Space and Public Consciousness in Fin-De-Siècle Latin America”, en Comparative Studies in Society and History, vol. 37, núm. 3, julio de 1995, p. 539.

[7] Romero, José Luis, Latinoamérica: las ciudades y las ideas, Buenos Aires, Siglo XXI, 1997, cap.6: “Las ciudades burguesas”, p.285.

[8] Needell, Jeffrey, “Rio de Janeiro and Buenos Aires: Public Space and Public Consciousness in Fin-De-Siècle Latin America”, en Comparative Studies in Society and History, vol. 37, núm. 3, julio de 1995, p. 523.

[9] Zimmermann, Eduardo, “La sociedad entre 1870 y 1914”, en Academia Nacional de la Historia, Nueva Historia de la Nación Argentina, tomo IV, pp. 133-134.

[10] Scobie, James. “El crecimiento de las ciudades”, en Bethell, L., (ed.), Historia de América Latina, Madrid, Crítica, tomo VII, p. 212.

[11] Moya, José. Cousins and Strangers. Spanish Inmigrants in Buenos Aires, 1850-1930, University of California Press, 1998, cap. 1, “Five Global Revolutions”, pp. 13-44.

[12] Zimmermann, Eduardo, “La sociedad entre 1870 y 1914”, en Academia Nacional de la Historia, Nueva Historia de la Nación Argentina, tomo IV, pp. 135-136.

[13] Para más información sobre el concepto de “invención de la nación”, consultar Anderson, Benedict. Comunidades imaginadas: reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. México, Fondo de Cultura Económica, 1993.

[14] Sorensen Goodrich, Diana, “La construcción de los mitos nacionales en la Argentina del Centenario”, en Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, vol.24, num. 47, 1998, pp. 147-166.

[15] Ibarra, Macarena, “El Centenario: ¿un mito urbano? (Santiago de Chile 1887-1910”, en Bicentenario, vol. 4, núm. 1, 2005, pp. 141-162.

[16] Molinié, Antoinette, “La resurrección del Inca: el papel de las representaciones indígenas en la invención de la nación peruana”, Crónicas urbanas, núm. 11, 2006, pp. 77-92.

[17] Para más información sobre la relación entre Iglesia y Estado durante el siglo XIX, consultar Lynch, John, “La Iglesia católica en América Latina, 1830-1930”, en Bethell, L. (ed.), Historia de América Latina, tomo VII, Barcelona, Crítica, 1990, pp. 65-122.

[18] Devoto, Fernando, Historia de la inmigración en Argentina, (Buenos Aires, Sudamericana, 2003), cap. 6: “La inmigración de masas”, p. 277

[19] Sabato, H. (coord.), Ciudadanía y formación de las naciones. Perspectivas históricas de América Latina, México, Fondo de Cultura Económica, 1999, introducción, p. 12.

[20] Rama, Ángel, “La modernización literaria latinoamericana (1870-1910), en Hispanoamérica. Revista de literatura, año 12, núm. 6, diciembre de 1983, p. 4.

[21] Guillén, Mauro, “Modernism without Modenity: The Rise of Modernist Architecture in Mexico, Brazil and Argentina, 1890-1940”, en Latin American Research Review, vol. 39, núm. 32, 2004, pp. 6-34.

[22] Hall, M. y Saplding, H, “La clase trabajadora urbana y los primeros movimientos obreros de América Latina, 1880-1930”, Bethell, L., (ed.), Historia de América Latina, Madrid, Crítica, tomo VII, pp. 281-315.

[23] Gorelik, A.: “Lo moderno en debate: ciudad, modernidad, modernización”. En Punto de Vista, versión electrónica.

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