MONOGRAFÍA: “Silvio Astier aprende a ser Silvio Astier”, basada en EL JUGUETE RABIOSO, de Roberto Arlt


¿Qué aprende Astier?

Es habitual pensar a la maldad como el aprendizaje de Astier en El juguete rabioso. No son pocos los lectores que al enfrentarse por primera vez con el texto, descubren en Silvio a un sujeto perverso, que progresivamente va descubriendo el mundo de lo malsano. Estas lecturas tienen su origen en tesis como las del intelectual Oscar Masotta, así como en ciertos indicios que brinda la novela.

Masotta fue un pensador de gran influencia en los sesenta. En su ensayo “Sexo y traición en Roberto Arlt”, amalgamó la hipótesis más difundida sobre el aprendizaje de Silvio Astier: la maldad. El juguete rabioso sería, entonces, una suerte de escalera que Silvio va ascendiendo hasta llegar a un rellano donde culmina su ascenso. Este rellano es lo que Masotta da a entender como “el mal”, “la maldad”. Cada uno de los escalones, que podríamos pensar como capítulos de El juguete rabioso, representan etapas o momentos del mal, cada cual más intenso  que el anterior. Visto de esta manera, crear un cañón, hacer fuego en una librería, arrojar una cerilla a un mendigo y delatar, no son más que los escalones que permiten ascender  a la Idea del Mal.

Otro aspecto que conduce a un tipo de lectura como la propuesta por Masotta, es el titulado de los capítulos. Titular “Los ladrones” al primero y “Judas Iscariote” al último, es una eficaz manera de condicionar la lectura de un lector desprevenido. El impacto que causa el adjetivo “ladrón” es fortísimo. Inmediatamente, se asocia a Silvio con un personaje fuera de la ley, resentido con la sociedad, con los otros, la gente de bien. Cabe destacar que Silvio no es un ladrón en sentido estricto, puesto que roba por placer y no para vivir. Más profundo aún es el efecto de Judas Iscariote, quien es casi por antonomasia sinónimo de traición.

Este trabajo intenta desmitificar la hipótesis de Masotta. Se propone una de vuelta de tuerca, un replanteo, de dicha hipótesis. Se busca pensar a la Identidad y NO a la Maldad como el verdadero aprendizaje de Silvio. Maldad es tan sólo un puente que conduce  al descubrimiento de la Identidad de Silvio. Veamos por qué.

La maldad, un puente que conduce hacia uno mismo

Además de los aspectos mencionados, hay un tercero que conduce a pensar en el aprendizaje de Silvio como el aprendizaje del mal.

La novela se desarrolla, principalmente, en zonas suburbanas. Los personajes descritos, comenzando por Silvio, pertenecen en su mayoría a clases marginales. Lo grotesco, asociado a la perversión del espíritu, resulta más visible en este tipo de ambientes. No obstante, no debe olvidarse que la maldad no es cualidad distintiva de los sectores populares y zonas periféricas. Hay maldad en Don Gaetano, quien es propietario y  explota  a Silvio en una librería céntrica. También hay Maldad en el personaje de Sousa, millonario que tienta con un trabajo a Astier y que luego lo ignora.

Todos estos detalles deben ser tenidos en cuenta. De lo contrario, se corre el riesgo de aceptar apresuradamente la tesis de Masotta. No es el mal algo que circunde exclusivamente el ámbito de Silvio, el barrio de Flores y las zonas por las que él transita. Hay maldad en todos los espacios y sectores sociales.

Analicemos la tesis de Masotta. Según sostiene en “Sexo y traición en Roberto Arlt”, el descubrimiento del Mal en Astier se da en forma progresiva. Primero a través de la confección de un arma, luego mediante el intento de incendio de una librería, después arrojando una cerilla a un mendigo y, finalmente, delatando al Rengo.

Si nos detenemos en cada uno de estos “tránsitos al mal”, se comprueba que no son más que etapas que conducen a un momento final, el momento en que Silvio se descubre a sí mismo. No hay maldad en sentido estricto en ninguno de estos actos, inclusive en la delación al Rengo.

Veamos el primero. Crear un cañón de juguete no deja de ser el pasatiempo de un chico aficionado a la invención. El hecho de jugar con el invento en un descampado puede ser visto apenas como una travesura de niños. Independientemente de su capacidad destructiva, el cañón es utilizado con fines recreativos. Produce placer en los chicos contemplar aquella obra de arte. “Por un momento permanecimos alelados de maravilla: nos parecía que en aquél momento habíamos descubierto un nuevo continente”[1], comenta Silvio.

El segundo acto que Masotta considera como escalón hacia la maldad es la tentativa de incendio de la librería. Pensar que no habría reacción en un personaje que es maltratado por su patrón, es irrisorio. Es lógico, entendible, e incluso justificable, el accionar de Silvio. La humillación que supone anunciar libros con un cencerro es evidente. La violencia, la tensión, la situación de hostilidad entre Don Gaetano patrón y Silvio empleado es notoria. El deseo de mejores condiciones laborales no es excluyente de Silvio, también Dio Fetente, desde la oscuridad de su lecho, le confiesa no sentirse del todo bien. “Esta casa es el Infierno, don Silvio (…). Esto es…la mujer…la comida… ¡Ah, Dio Fetente! ¡Qué casa ésta!”[2]. No debe sorprender al lector la voluntad de Silvio. Aislar la tentativa de incendio de las circunstancias penosas que le impone trabajar en la librería, es caer en un error. Es acercar la lupa al efecto e ignorar la causa.

Hay un tercer acto que Masotta piensa como progresivo en el ascenso al mal: el momento en que Silvio arroja una cerilla a un mendigo. Además de las causas que provocan los actos, deben considerarse las circunstancias de los personajes. Es verdad que arrojar una cerilla a un mendigo no tiene justificación. No obstante, cabe decir que responde a un acto de cólera de un individuo en un momento dado. Podría llegar a considerarse apenas como un mal menor, dejando de lado toda posibilidad de maldad en sentido estricto. Silvio perdió su trabajo, tuvo una experiencia desagradable en un hotel de mala muerte y la ciudad se le presenta hostil. El mendigo no es causante del mal momento de Silvio, pero tampoco Silvio fue responsable de que Sousa lo ignore. Hay acciones, que si bien no son justificables, pueden ser explicadas a través de ciertos arrebatos por los que transitan los personajes. No obstante, debe reconocerse que es este uno de los pocos momentos, sino el único, en que Silvio procede no del todo bien. Aunque, cabe decir, “su maldad” es ínfima respecto a la explotación de Don Gaetano o ala displicencia de Sousa.

Finalmente, Masotta ve en la delación de Silvio el acto en que la maldad se cristaliza sin tapujos.

Masotta comete un error al suponer que Silvio alcanza la esencia de la maldad cuando decide delatar a “su amigo”, el Rengo. Hay varias razones que permiten ver a la traición de Silvio como un acto de bien.

En primer lugar, debe considerarse que, a fin de cuentas, lo que hace Silvio es delatar a un ladrón. ¿Acaso es incorrecto estar del lado de la ley? La lectura de la traición de Silvio como un acto malsano se debe a que suele considerárselo de forma aislada. El lector desprevenido toma los hechos como si fueran piezas inconexas entre sí, procedimiento que lo lleva a ignorar las causas y las circunstancias del accionar de los personajes. Antes de juzgar a Silvio, debemos saber que, ante todo, comete un acto legal.

El titulado del cuarto capítulo, Judas Iscariote, contribuye a producir este efecto de maldición sobre Silvio. Lo cual obliga a hacer un replanteo de lo que Judas implica. Tradicionalmente se lo ha vinculado con el término traición. Judas pasa a ser, entonces, un sinónimo de lo deleznable, del peor de los actos de maldad: la traición. No obstante, debe hacerse una salvedad. La delación de Silvio tiene su razón de ser, no es casual. Puede establecerse aquí un paralelo con el relato “Tres versiones de Judas” de Jorge Luis Borges. Uno de sus fragmentos reza: “La traición de Judas no fue casual; fue un hecho prefijado que tiene su lugar en la economía de la redención”[3]. Análogamente, podemos sostener que la traición de Silvio tiene su lugar en la economía de la construcción de su identidad. Por tanto, no se la debe considerar aisladamente como algo que refiere a lo malsano, sino como el último ladrillo de una construcción que se levanta a lo largo del El juguete rabioso: la construcción de su Identidad. La traición de Silvio constituye un punto de escisión entre dos etapas de su vida, su adolescencia y su adultez. Señala el factum que lo hace tomar conciencia de quién es él, qué quiere y hacia donde va. Lo hace adulto, lo hace Silvio Astier. Pero… ¿por qué?

Para pensar esta cuestión, es necesario que volvamos a la escena en la que Silvio decide delatar al Rengo. Están en la feria, conversando. El Rengo cree en la complicidad de su amigo, lo hace su confidente. Pero, por sobre todo, lo trata de igual a igual. Y en este punto coincido con Masotta, en el porqué de la traición, aunque disiento en la interpretación que le da.

Silvio traiciona al Rengo porque se sabe diferente a él. O, en todo caso, toma conciencia de ello. Una luz incandescente corre el velo de su Identidad. La sombra, la incertidumbre de no saber quién es, desaparece. Silvio se reconoce como un hombre de clase media, un “gringo”, cuya apariencia y vestimentas corroboran. Un gran repudio por quien considera inferior se apodera de él. Silvio no acepta el juego del Rengo, el de la complicidad, el de los tratos de igual a igual. Se sabe diferente, y por ello rechaza su “oferta”. He aquí donde aparece la diferencia clave con el texto de Masotta: Silvio rechaza al Rengo porque se reconoce alejado de la maldad, de la perversión y de todas las cualidades bajas que pueda condensar la figura del ladronzuelo de feria. Vista así, la delación de Astier no puede considerarse como un acto reprochable, más bien lo contrario.

Para que Silvio llegara a descubrirse, a limpiar el polvo que cubría su Identidad, era necesario que transitara por esta serie de “pasos del mal” que señala Masotta. Si la historia no hubiera seguido la trama que Arlt propone, difícilmente Silvio hubiera llegado a delatar al Rengo y, por ende, a descubrir su Identidad.

Eureka, yo soy Silvio Astier

Pero no es el instante en que Silvio traiciona al Rengo cuando se hace la luz sobre su Identidad. Es cierto:  constituye un paso vertebral hacia el descubrimiento de su Identidad. Sin embargo, cuando consideramos un descubrimiento, debemos tener algo más que una vaga intuición de lo que es. No caben dudas de que una idea se corporiza no sólo cuando se la concreta, sino también cuando se la expresa adecuadamente. Silvio, cuando delata al Rengo, carece aún de una certeza. Sabe y no sabe quién es al mismo tiempo. Le falta algo, la expresión de su hallazgo. El diálogo que mantiene con el Ingeniero da cuenta de ello. Constituye el cierre de una etapa signada por la búsqueda y el comienzo de otra.

“-Yo creo que Dios es la alegría de vivir. ¡Si usted supiera! A veces me parece que tengo un alma tan grande como la iglesia de Flores…y me dan ganas de reír, de salir a la calle y pegarle puñetazos amistosos a la gente”[4].

Está claro. Silvio es un manantial de felicidad. Y la razón es el descubrimiento de sí mismo.

Las incontables horas a la luz de una vela en el Club de los Caballeros de la Media Noche, los inventos de un adolescente talentoso, los intentos de ser como el poeta maldito, el tránsito por las “etapas del mal”; toda la novela, toda, confluye en un sólo punto, el punto final de la historia, que puede traducirse en la siguiente frase de un conocido relato borgeano:

“Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un sólo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quien es”[5].

Bibliografía

I.Roberto Arlt. El juguete rabioso. Buenos Aires: Editorial Losada, 2007.

II.Oscar Masotta. “Sexo y traición en Roberto Arlt”. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1982.

III.Jorge Luis Borges. “Tres versiones de Judas”, en Obras Completas. Volumen I. Buenos Aires: Emecé, 2005.

IV.Jorge Luis Borges. “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”, en Obras Completas. Volumen I. Buenos Aires: Emecé, 2005.

V.Ana María Zubieta. El discurso narrativo arltiano. Intertextualidad, grotesco y utopía. Buenos Aires: 1987.

VI.Beatriz Sarlo. Escritos sobre literatura argentina. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2007.


[1] Roberto Arlt. El juguete rabioso. Buenos Aires: Editorial Losada, 2007. Página

 

[2] Roberto Arlt. El juguete rabioso. Buenos Aires: Editorial Losada, 2007. Página

[3] Jorge Luis Borges. “Tres versiones de Judas”, en Obras Completas. Volumen I. Buenos Aires: Emecé, 2005.

[4] Roberto Arlt. El juguete rabioso. Buenos Aires: Editorial Losada, 2007.

[5] Jorge Luis Borges. Biografía de Tadeo Isidoro Cruz, en Obras Completas. Volumen I Buenos Aires: Emecé, 2005.

Una respuesta a MONOGRAFÍA: “Silvio Astier aprende a ser Silvio Astier”, basada en EL JUGUETE RABIOSO, de Roberto Arlt

  1. Brian dice:

    Antes que nada, felicitaciones por un buen trabajo. Es la primera vez que entro al blog y no pude evitar leer este artículo sobre “El juguete rabioso”.

    Me considero un completo ignorante del tema. No obstante, habiendo leído la obra ya repetidas veces, la misma me ha sucitado ciertas inquietudes que la “tesis” de Masotta no termina de explicar. Masotta ve a Silvio Astier desde el exterior, desde la sociedad que lo rechaza; pero para entender a Silvio y a la obra habría que ver a Silvio desde Silvio. Y eso es precisamente lo que hacés en este ensayo.

    Pensándolo bien, quizás Silvio camina hacia el conocimiento de su identidad, y es precisamente su identidad la que es rechazada por el entorno. Y en cada instancia de rechazo, en cada momento en que Silvio deja asomar su identidad y es enfrentado por la sociedad, se encuentra un poco más marginado.

    Visto desde este ángulo, el relato “El juguete rabioso” narra paso a paso el sendero hacia la marginación total; comenzando con la circumstancia incontrolable de nacer en una familia de un estrato social insuficiente – en la medida de sus aspiraciones – y terminando con la traición de su compañero, del cual se creía diferente. Sabiéndose capaz (para el mal, diría Masotta), no se siente satisfecho con el rol y la posición social que le tocó tener (en palabras muy similares a las que utilizara Ernesto Sábato respecto de uno de sus marginales, Juan Pablo Castel) y por ello arremete contra todo y finalmente se encuentra siendo él mismo y feliz de no estar contenido por la sociedad opresora.

    Esa es mi visión personal de la novela.

    Nuevamente, felicidades. Fue una excelente lectura.

    Saludos.

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