RELATO: “Carlos se iba por el río”


Luego de remar unos metros, logró tranquilizarse. Todo había sido muy repentino aquella tarde. Después de hacer el amor con su novia, se acordó del Tano. Hacía tiempo que no sabía nada de él. Siempre se prometía ir a visitarlo, pero luego se arrepentía. Ni siquiera una llamada, nada. Salió a la calle, despidió a su novia en la parada del ómnibus y caminó hacia Parque Lezama. Al llegar al Bar Británico, dobló por Brasil. En una esquina vivía el Tano. Carlos se sorprendió al ver un grupo de señoras que charlaban en la vereda. Se abrió paso entre ellas y vio algunas caras pálidas.

-¿Buscás al Tano?

-Sí.

-Ha muerto –oyó que le decían.

Sintió náuseas. De repente recordó la cara del Tano la primera vez que se vieron, en la milonga. Habían pasado casi diez años. Carlos recién entraba en la pubertad y soñaba con bailar en un escenario. El Tano le ofreció su amistad y lo trató como si fuera su hijo.

-¿Fuiste su alumno? –oyó que le preguntaban.

Asintió.

La gente fue retirándose. Pasada medianoche,  Carlos  y un amigo de la infancia del Tano estaban allí, junto al cuerpo.

-A veces pienso que el Barba dirige nuestras acciones.

-¿Usted cree? –preguntó Carlos.

-Yo debería estar hoy en Montevideo, tocando el fueye en Plaza Cagancha ¿Y mirá?

-¿Y por qué está en Buenos Aires?

-El fueye, se me rompió el fueye. Tuve que regresar a pedirle uno al Tano. Y justo…

-Es el destino –completó Carlos.

Entraron a la pieza. Revolvieron el placard en busca del smoking favorito del Tano. Encontraron una camiseta de Peñarol, una foto de Obdulio Varela y un mate. Lo vistieron con cuidado. Luego se recostaron en los sillones de la sala de estar. Destaparon una botella de whisky y apagaron las luces que daban a la calle.

-Él hubiera querido que lo despidiéramos así.

-¿Quiere un cigarrillo? –ofreció Carlos.

-Gracias.

-Le hago una pregunta.

-Preguntá.

-¿Cuál era su última voluntad?

El amigo del Tano dejó el cigarrillo en el cenicero, sacó un papelito del bolsillo y se lo entregó a Carlos . Ni bien hubo terminado de leerlo, dijo:

-No lo puedo creer…

-Lo encontré en la mesita de luz.

-No lo puedo creer –repitió Carlos. Luego de un rato, que le pareció una eternidad, preguntó: ¿No me prestaría…?

-Es todo lo que tengo –dijo el amigo del Tano sacando unos billetes del bolsillo. Ahora tengo que irme –concluyó.

Carlos miró a su alrededor. La pieza estaba en penumbras. Revisó la cocina y se hizo de una bolsa con comida. Luego se dirigió a la cama, tomó el cuerpo del Tano por la cintura y lo cargó sobre el hombro. Cerró la puerta. Caminó unas cuadras con el cadáver a cuestas. Al llegar a Parque Lezama encontró un taxi que dudó antes de detenerse.

-¡Al río, por favor!

El taxista miró al Tano con el ceño fruncido. Por un instante pensó llamar a la policía.

-Tomó demasiado. Seguro que un chapuzón lo mejora –dijo Carlos.

Media hora más tarde, el taxi se detuvo frente a un club náutico. Carlos vio un bote con remos y se dirigió hacia él.

 

Amanecía. La ciudad comenzaba a agitarse. El bote se adentraba lento pero seguro en el río. Carlos prendió la radio y escuchó las noticias: un muerto en Panamericana y una manifestación frente a la Casa Rosada. Eso era todo.  Apagó la radio. Observó con detenimiento el cuerpo del Tano. En ese momento se percató que estaba haciendo una locura.

“¿Qué hago aquí?”, pensó.

Carlos buscó un espacio para recostarse. Había tenido una jornada agotadora la tarde anterior. Cansado de trabajar en el laboratorio, había mensajeado a su novia. Tomaron café con leche y vieron la tele. Carlos puso Melodía de arrabal en el minicomponente y se recostó en el sillón.

-¿Qué sucede, mi amor?

-El Tano: hace tiempo que no lo veo.

De repente comenzó a recordar. Recordó los jueves a la noche, cuando el Tano lo invitaba a tomar una copa de whisky. Iban los dos juntos, caminando por la vereda. Salían por Azopardo y se sentaban en los bancos de la placita, frente a la Aduana. Era gracioso verlos. Carlos caminaba con las manos en los bolsillos. El Tano movía los brazos con agilidad y gritaba atropellándose en consejos.

Carlos buscó la orilla.

“Eso es Buenos Aires”, pensó.

A la distancia todo se veía distinto. La misma ciudad que había recorrido una y otra vez, de punta a punta, ahora lucía insignificante, pero su imagen reflejándose en el agua lo tranquilizaba. Trató de no pensar, de conciliar el sueño. El calor del mediodía se lo impidió. Se levantó con dolores en el cuello. Dio un trago a la botella de agua. Luego almorzó un sánguche de jamón y volvió a remar.

-Tengo sed –dijo

Carlos remó durante toda la tarde. No sabía cuántos kilómetros llevaba recorridos, pero calculaba que eran bastantes. Abría el papelito una y otra vez. Y cada vez que lo hacía era para convencerse que no podía fallarle al Tano. Lo había elegido a él: debía cumplir con su pedido por más absurdo que le pareciera. Carlos se levantó y se inclinó hacia el cuerpo. Se emocionó.

-No puedo creer que te fueras–dijo.

Percibió un olor desagradable. Respiró mejor para asegurarse bien. Se puso nervioso y miró la hora.

-Doce horas de viaje. ¿Cuánto faltará?

A esa altura del día se sentía mal. Se acordó de sus padres. Seguramente lo habrían llamado al celular todo el día. Pero lo tenía sin batería. Lo arrojó por encima de la borda.

-Ya no tengo de qué preocuparme –dijo.

Anochecía. Fue durmiéndose poco a poco. Al principio se mantenía en cuclillas alrededor del cuerpo. Lo acariciaba y cerraba los ojos para no pensar. Sin darse cuenta, poco a poco, había ido recostándose sobre un brazo del Tano. A las seis de la mañana comenzó a clarear. Despertó.

-¡La puta madre! –exclamó al verse encima del cuerpo.

Se acercó a la borda y comenzó a orinar. Miró a lo lejos. Enseguida ladeó la cabeza hacia donde estaba el cadáver.

-La verdad que me pediste algo muy complicado –dijo.

Un aroma putrefacto se había apoderado del bote. Carlos buscó Montevideo a uno y otro lado del Plata. Comenzó a sentir náuseas. Estuvo un rato mareado y luego vomitó.

Al atardecer, creyó que su cuerpo lo abandonaba. Le dolían los brazos de tanto remar. Pensó que iba a morir, que jamás bailaría en un escenario. Cuando anochecía, se acordó de la radio. Buscó sin esperanzas alguna emisora de Montevideo. Entonces oyó la voz de su locutor favorito.

“…25 de mayo. Veinte horas treinta minutos en todo el territorio nacional. La temperatura actual en la Ciudad de Buenos Aires…”.

Apagó la radio y observó con detenimiento el cadáver. La cara del Tano fue cobrando vigor hasta dibujarse una sonrisa en sus labios. Era la sonrisa de un hombre que bailaba un tango. Se movía al compás de Tinta Roja. Sus movimientos eran perfectos, y su pareja, una morena cuya gracia al bailar arrancaba un fuerte aplauso.

-Entiendo –dijo.

Carlos se incorporó. Tomó el cuerpo con cuidado. Lo dejó sobre la borda y lo miró por última vez. Se convenció que, a fin de cuentas, la patria del Tano no estaba en la otra orilla, aunque tampoco en ésta. No: su patria, su verdadera patria, era el tango. Entonces Carlos pensó que no se había equivocado. Que como el tango, el Tano estaba condenado a flotar de una orilla a la otra, sin cesar, hasta el fin de los tiempos.

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