CRÓNICA: “Bicentenario en la Patagonia”

5 de junio de 2013

Aquel miércoles de octubre amaneció muy frío. Me recuerdo caminando por un pueblo rural de la Patagonia, de esos cuyo nombre no le interesa a nadie. Porque al fin y al cabo todos los pueblos de esta zona son iguales: tristes, desérticos y fríos como un adiós.

El “pueblo de los viejos”, o Pueblo Viejo como lo llaman sus habitantes para llegar hasta el final de la frase sin perder el aliento, no es una excepción. De unos 120 habitantes más o menos, no figura en ningún mapa de la Patagonia.

Días atrás, cuando hacíamos el viaje desde Buenos Aires en avión, me encontré en Bariloche con un hombre que creía saber algo de Pueblo Viejo. Lo situaba por debajo del margen derecho del Río Colorado, varios kilómetros más adentro, y no tan lejos del Limay, que es otro río de los que se pueden llamar importantes en la Patagonia.

Lo cierto es que a mí me llevaron en una Ford F100 hasta unos metros antes del pueblo. En un gran arrebato de ingenuidad porteña, le pregunté a Mario, el chófer, por qué no me acercaba hasta el centro comercial de Pueblo Viejo. Él se rió estrepitosamente. Me dijo que no, que no valía la pena ni quería entrar allí, que caminara dos kilómetros por un sendero donde ni el viento ni el desierto permitían adivinar la presencia humana.

Atravesar el sendero que apenas se vislumbraba me llevó más de una hora. Al llegar, me sentí como aquella vez que me robaron la moto en la puerta de casa, allá, en Capital. Todo era gris en Pueblo Viejo: grises los pocos autos estacionados a la vera de la única calle, grises los rostros de las ancianas que se metían a sus casas con la mirada desconfiada ante mi presencia, gris la mirada de un chico que cruzaba la calle para buscar una pelota que pateaba solo.

Vine a Pueblo Viejo porque decidí formar parte del Censo Nacional 2010 Año de Bicentenario. Necesitaba los trescientos pesos que pagaban para terminar de abonar un curso de portugués en San Telmo. Regresar a la Patagonia siempre es grato. En medio de esta nada me crié yo, aunque debo admitir que la suerte estuvo un poco de mi lado en eso: pasé la mayor parte de mi infancia entre Comodoro y Deseado, según el destino de mi viejo, en YPF.

Pero Pueblo Viejo, o “el pueblo de los viejos” como aquí lo llaman, es totalmente distinto. Creo que por ser “zona desfavorecida” deberían pagarme un poco más, quinientos pesos al menos. Sólo una cosa me motivó venir hasta aquí, y es que como dicen algunas voces en Comodoro, en este pueblito viven las personas más longevas del mundo.

Me costó creerlo al principio. Mi escepticismo de porteño cosmopolita, hombre de la gran ciudad,  lector devoto de los clásicos, de Oscar Masotta y Alice Munro, me impide ver a menudo la realidad. Cuando me comentaron que tres ancianos de Pueblo Viejo habían alcanzado los doscientos años, lo primero que sentí por esas señoras fue un poco de pena y amistosa comprensión.

Pero luego, conforme fueron avanzando en su relato, empecé a sentir que lo que ellas me contaban podía ser verdad, que algo de sentido había en aquellas leyendas que no lo eran tanto. Sólo al final de mi recorrido por Pueblo Viejo, cuando me mostraron unos papeles de los que hablaré luego, llegué a convencerme de cuánta verdad había en las palabras de aquellas viejas a las que había creído demasiado supersticiosas.

Caminé unos cien metros por la calle principal del pueblo, azotado por un viento hostil que me impedía abrir demasiado los ojos y contemplar la fachada gris de las casas todas iguales de Pueblo Viejo.  Junto a un buzón de cartas, de mano derecha, un viejo me invitaba a pasar a su domicilio. Así comenzaron las encuestas para el censo, casa por casa, puerta por puerta, comedor por comedor.

Y digo comedor por comedor porque todos me invitaban a pasar. A diferencia de Comodoro, donde según los otros censistas nadie te abre la puerta, aquí todos son de buen corazón. La frase “la casa es pequeña pero el corazón es grande”, si bien trillada, caracteriza muy bien a la gente de estos parajes.

Al final del pueblo, justo en la última casita sobre el lado izquierdo de la calle principal, protegida del viento por un muro, se levantaba la “casa de los viejos”, como la llaman en el pueblo. A diferencia de las otras, esta casa es más amplia y se distingue del resto por su buen gusto, aunque me costaría definir qué quiero decir con esto.

Un hombre, rodeado de una multitud de chicos y adultos que iban engrosando el grupo, me esperaba en la puerta. Al llegar, este me estrechó la mano y se presentó como “El Historiador”. Enseguida me pasó un brazo por el hombro, como buscando protegerme de la multitud que se había formado en torno a la “casa de los viejos”.

No había reparado demasiado en ello, pero algo así como cien personas, literalmente, casi todo el pueblo, se había agolpado junto a la puerta de la “casa de los viejos”. Lo primero que pensé es que, como en todos los pueblitos del Interior, eran curiosos, chusmas y vagos de diversa laya que estaban ahí por mí, que venían a monitorear el trabajo que estaba haciendo.

Minutos después, caí en la cuenta que no, que al fin y al cabo no era tan importante para ellos, que la verdadera razón por la que se juntaban junto a la puerta ahora abierta de la “casa de los viejos”, era que allí había un tremendo televisor SONY. Y muy buena señal por cierto. Pero lo más llamativo, que a mí me causó algo así como un estado de confusión mental, era la noticia que acaparaba todos los canales: en la mañana de aquel miércoles 27 de octubre de 2010, a las 9.15 de la mañana, había fallecido el ex Presidente de la República Argentina, Néstor Carlos Kirchner.

Al principio, pensé que se trataba de ficción. Que aquella gente reunida en torno al imposible fallecimiento del “lupo”[1] era tan inverosímil como el hecho de que en un pueblo perdido de la Patagonia residieran tres ancianos que habían llegado a los doscientos años de edad. Pero luego, conforme fueron avanzando las horas, tanto la muerte de Kirchner como la sobrevivida de aquellas tres ancianas, se fueron incorporando a mi realidad.

“El Historiador” era un sesentón de lentes enormes, barriga prominente e inconfundible acento cordobés. En el pueblo se comentaba que cuando era más joven se había acostado con todas las mujeres de Pueblo Viejo y alrededores, salvo las tres ancianas de doscientos años. A ellas, además de las razones obvias de diferencia de edad (unos ciento cincuenta años aproximadamente), las consideraba sus hermanas. Jamás podría haber pensado en algo así.

Quien quisiera conocer a las ancianas debía entrevistarse previamente con “El Historiador”, que en realidad era Licenciado en Filosofía, pero que, por sus vastos conocimientos históricos, todos en la Patagonia lo conocían de esa manera. Luego de las formalidades habituales, del ¿cómo encontraste Pueblo Viejo? ¿Qué tal estuvo el viaje hasta aquí?, entré a la habitación de las ancianas.

De repente, el frío y el viento de allí afuera se transformaron en algo completamente distinto: un olor fétido a bosta de animales ya demasiado viejos y cansados, flotaba como una nube en aquella habitación. Dejé mi bolso en una silla que crujió de lo antigua que era. “El Historiador” me explicó que estaba hecha de madera de algarrobo a mediados del siglo XIX, y que era una de los primeros objetos que se habían fabricado en la Confederación Argentina.

En tres camas separadas, tapadas por frazadas enormes y rodeadas de palanganas de agua caliente, estaban las ancianas. Lo que vi me causó terror y un poco de repugnancia al mismo tiempo. Estrictamente hablando, eran seres humanos. Pero yo no vi seres humanos, sino cuerpos esqueléticos, sin rasgos ya demasiado marcados, desprovistos de cabellos y completamente desnudos.

Tuve ganas de vomitar. Aquel espectáculo me parecía aterrador. Pensé en decirle eso al Historiador, que por favor sacrificara a aquellos seres escuálidos y sin vida, tuvieran ciento veinte y doscientos años, qué más daba.

No lo hice. En vez de ello, procedí a realizar mi trabajo. Recibí de manos del Historiador unos papeles amarillentos del Registro Civil de Bahía Blanca de 1896, en el que se confirmaba el nacimiento de las ancianas en los años linderos a la Revolución de Mayo. Una era de 1811, nacida en San Juan, Provincias Unidas del Río de la Plata, y había sido compañera del ex Presidente Domingo Faustino Sarmiento en la escuela primaria. La otra, nacida en Murcia, España, en 1820, era hija de un oficial español destacado en el puerto de Buenos Aires, y había llegado a la Patagonia como compañera de ruta del General Roca en 1879, cuando se produjo la matanza de los indios. La otra, que según los papeles del Registro había nacido “poco después de la Independencia de 1816”, en Mendoza, también parte de las Provincias Unidas del Río de la Plata, había llegado hasta aquí cruzando el Río Colorado a principios del siglo XX, ya anciana y abuela de varias criaturas.

Esos datos volqué en la ficha que me habían asignado para el Censo Nacional 2010 Año del Bicentenario. Yo sé que nadie los tuvo en cuenta, porque luego salieron diciendo en la televisión que la persona más anciana, de 112 años de edad,  vivía en Bernardo de Yrigoyen, provincia de Misiones, y que su nombre era María Juana Martínez, nacida el 7 de mayo de 1898.

Puedan pensar lo que quieran. Lo que yo vi con mis propios ojos es la realidad. Y creo que hago bien y es sincero de mi parte dejarlo sentado por escrito. Los quinientos pesos nunca me lo pagaron, me dijeron que con doscientos me conformara. Qué más da. Yo vi en vida a tres bicentenarios y eso nadie me lo quita.


[1] Así es como lo llamábamos a Néstor Kirchner en la Patagonia. De hecho, dos tías mías, que fueron funcionarias del Gobierno de Santa Cruz cuando el ex Presidente gobernaba la provincia, me confirman que él prefería este apodo a “Néstor”.


ENSAYO: “Vida y muerte de una historia”

11 de julio de 2012

¿Cómo nacen las historias? ¿Y cómo mueren antes de nacer?

Al igual que un polvo mágico, una receta de cocina e inclusive un ser humano, las historias nacen a partir de la combinación de un conjunto de elementos. Una vez en vida, las historias, si no desaparecen por la quema de libros en una biblioteca en Alejandría o en Bagdad, o porque alguien de mala memoria no las recuerda, permanecen por años en el imaginario popular, en los libros, o en algún rincón de alguna biblioteca perdida en una escuela de provincias.

Si las historias mueren no es porque la muerte –vestida de calavera y con la hoz alzada en una mano– las aceche por la espalda y acabe con ellas. No…las historias mueren porque una serie de fuerzas, tanto internas como externas a nosotros, se erigen como obstáculos durante el proceso creador. Aquí se tratarán algunos de esos obstáculos.

Pero antes, vale la pena hacer un breve comentario sobre el nacimiento de las historias. Que no todo es muerte en esta vida.

Bienvenida al mundo

Críticos, escritores, artistas de diversa laya, coinciden en señalar que las historias parten de imágenes, de fragmentos o esquelas de imágenes borrosas. O en fin, de alguna forma visual, más o menos visible, más o menos difusa, que luego se va clarificando hasta formar una visión más acabada, la cual se convertirá en el puntapié de la historia que luego se narrará.

Eduardo Pavlovsky, en su monumental Historia de un espacio lúdico, señala que “la imagen es lo primero. Lo enquistado que pugna por salir. Es visual y generalmente estática”[1].

Esta imagen, sin embargo, carece de movimiento. Es tan sólo la chispa inicial que habrá de ser encendida para dar origen a una historia real, de carne y hueso, salpicada de personajes que hagan un recorrido interior o exterior. “Lo que nosotros hacemos en el proceso creativo sería liberar la imagen inmóvil y dotarla de movimiento”[2], señala Pavlovsky.

En la misma línea, nuestro genial Julio Cortázar, en una entrevista para la Televisión Española con Joaquín Soler Serrano, recordaba: “Hacia los 9 o los 10 años, de cuando en cuando me volvían imágenes, muy inconexas, muy dispersas, que yo no podía hacer coincidir con nada conocido”[3]. Estas imágenes tenían su asidero, en palabras de Cortázar, en recuerdos de su infancia frente al Parque Güell de Barcelona.

El vínculo entre las imágenes, los vagos recuerdos anclados fragmentariamente en la memoria, y el proceso creativo, parece tener sentido. Ya sea que esas imágenes provengan de juegos infantiles, como el de las fichas que representaban equipos de fútbol jugado por Eduardo Pavlovsky en su infancia[4], de viajes a lugares remotos –como el que el inglés Bruce Chatwin realizara a la Patagonia a principios de los ‘80[5]–,  o de lecturas persistentes que terminan por formar una imagen sólida en nuestro consciente[6], la relación entre imágenes y procesos creativos es una idea que seduce y a la que se puede suscribir con facilidad.

La propuesta de este trabajo consiste en explorar algunos de los obstáculos a la formación de esas imágenes. O en otras palabras, en cómo el vínculo entre esas imágenes y el proceso creador, es quebrantado desde un comienzo.

Prohibido imaginar

Los obstáculos al proceso creativo tienen diversos orígenes. Quizá sea el “temor al absurdo” una de las causas que más atente contra el proceso creativo en la adultez.

A diferencia de los adultos, el niño no le teme al absurdo., lo desconoce. Juega de manera libre, desenfadada, y no contempla las posibles consecuencias de sus actos. Un chico de cinco años que confunda sus zapatillas con un teléfono y hable a través de ella con los marcianos, “hace cosas de chicos”, en palabras de un adulto. Si ese mismo chico, treinta años después, sigue confundiendo sus zapatillas con un teléfono, “está piantao, es un loco de remate”.

¿Qué sucedió en el medio? Pues bien, el chico dejó de ser chico y se convirtió en adulto. Y como tal, hay una serie de cosas que se supone debería hacer –y otras que necesariamente debería dejar de hacer–. La sociedad le obstaculiza al chico seguir creando, seguir imaginando nuevos mundos, y con ello termina por aplastar al potencial artista que se encuentra en él.

Lo tragicómico del asunto reside en que muchos adultos de cuello almidonado e ideas correctas, y de esas señoras palermitanas de buena consciencia que reprimen al “adulto-niño-artista”, son los mismos que disfrutan, o dicen disfrutar, de La chambre de l’artiste en el MOMA, de un buen happening en algún museo porteño, o de la sordidez de Goya en el madrileño Museo del Prado.

La pregunta obvia, señora, señor, es: ¿cómo puede usted disfrutar de algo que es fruto de un “adulto-niño-artista”, de esa misma cucaracha kafkiana que usted aplasta? Como hace con las cucarachas en la cocina de su casa, imagino. ¿Y por qué se esfuerza en aclararle a su hijo, bello retoño de cinco años de edad, que las zapatillas son zapatillas que sirven para caminar y aplastar cucarachas, y no teléfonos celulares con conexión al planeta Marte? ¿Usted piensa que Pablo Picasso estaba realmente loco por haber visto en un manubrio de bicicleta la cornamenta de un bello toro español?

No tengo la respuesta, señora, señor. Pero estimo que una de las razones por las cuales usted reprime ese comportamiento irracional es la concepción instrumental que prima en el mundo de los adultos.

En líneas generales, se admite que alcanzar la adultez es manejar una serie de instrumentos que nos permiten interactuar mejor con el entorno. Cómo hablar con otros adultos, cómo dirigirnos a un potencial empleador, cómo contestar los mails, cómo subir nuestro CV a páginas como Zona Jobs y conseguir un buen empleo que nos haga respetables, y una serie de how-to-do-it que nos van encasillando, transformándonos en seres más calculadores, más racionales, y menos espontáneos.

Lo paradójico del asunto es que todas estas cosas, más propias del mundo instrumental que el de la creación, son esenciales para vivir en comunidad. No es posible dedicarse al arte si la panza está vacía, y para llenar la panza “hay que trabajar de algo” y acomodarse en el mundo adulto. Tampoco es posible andar por el mundo siendo creativo en el sentido lato de la palabra: cruzando los semáforos en rojo, pinchando los ojos de los gatos del Jardín Botánico de Buenos Aires, o desnudándose en medio de Corrientes y Callao para protestar por los derechos del pueblo angoleño. Cierta dosis de adaptación, de instrumentalización de la vida social, es necesaria.

El problema surge cuando la instrumentalización es excesiva y atenta contra el proceso creativo. Este fenómeno no es ajeno a nuestra sociedad, donde ya desde la escuela primaria se nos enseña que 2 + 2 es igual a 4 y que no hay otro resultado posible. “Está bien”, diría un maestro escéptico. “Si vos estás al frente del Banco Central y desconocés esa operación básica, vas a hacer mucho más daño a la gente que el que yo le hago a tu hijo cuando le explico el álgebra”. Y yo concedería que sí, que probablemente tenga razón. Pero también agregaría que si aprender el álgebra lleva de suyo asfixiar la creatividad de mi hijo, entonces no estaría tan de acuerdo. Y le recordaría esa vieja broma del colegio que decía: “¿Cuánto es 2 y 2?”. Y cuando él me responda “4”, yo le cantaré “22”.

Eso es imaginar. Pensar que 2 + 2 puede no ser cuatro, aunque de hecho lo sea. Combinar las cifras, pensar nuevas posibilidades –me gusta el 22–, ver a dos patitos que se deslizan por la laguna en una tarde de otoño, o simplemente hacer un dibujo a partir de ese 22.  Como señalaba Heidegger, “contemplar la belleza es dejar de lado la funcionalidad de los objetos”. De eso se trata.

Un mundo feliz

Una de las mejores novelas que leí se llama Un Mundo Feliz, de Aldous Huxley. Ignoro si será por su mala traducción al español, o porque Huxley era un mal escritor, pero la novela pareciera estar escrita en un lenguaje poco literario y demasiado explícito. Sin embargo, el encanto de historia reside en las ideas que hay detrás de sus páginas.

Un Mundo Feliz cuenta la historia de un futuro utópico –aunque cada vez menos– donde la pobreza, la miseria y las guerras han sido eliminadas. Sin embargo, y en paralelo con todos estos avances, han ido desapareciendo el arte, la literatura, la filosofía y la religión.

Esta paradoja es propia de sociedades avanzadas donde la luz del progreso científico y técnico ilumina todos los campos del conocimiento humano. Mejora la calidad de vida, las personas prolongan su vida y se alimentan mejor. Pero a su vez, sus vidas son menos interesantes, más aburridas y planificadas, y todo parece seguir un circuito pre-establecido.

Si bien Un Mundo Feliz puede leerse como una parodia de todos estos avances, lo cierto es que en las sociedades de hoy ya hay indicios de ese “progreso”. Y progreso entre comillas porque con la democracia y la masificación de la educación, muchas personas mejoraron su calidad de vida. Pero a su vez, sus vidas se convirtieron en menos literarias, más grises y por lo tanto menos interesantes.

En este contexto, uno se pregunta si en ciudades como Buenos Aires ya asistimos a una época menos literaria. No es que pretenda hacer apología del pasado o recurrir al consabido clishé tanguero de la nostalgia. Pero las grandes ciudades, tal cual están pensadas en la actualidad, atentan contra la imaginación y la formación de imágenes propias del proceso creativo.

Momento, ¿qué tiene que ver el desarrollo inmobiliario y la inserción de Buenos Aires en la economía global con los obstáculos al proceso creativo?

Mi respuesta es que bastante. Pensemos un ejemplo, pensemos en un barrio emblemático, en el barrio de Palermo. Si ochenta años atrás era un barrio de casas amplias, donde los chicos jugaban a la pelota en sus calles, hoy es una prótesis del centro de la ciudad, con sus calles repletas de taxis y coches de todo tipo, y sus veredas salpicadas de contenedores donde se refugian los desechos de las nuevas torres en construcción. El mismo barrio donde Borges conjuraba historias de orilleros y donde las biografías de los individuos eran más aleatorias –y quizá más ricas e interesantes–, es hoy una conejera donde miles de porteños y extranjeros viven sus vidas entre cuatro paredes de cemento.

Con esto no quiero decir que no haya espacio para la creatividad en Buenos Aires. Sería absurdo afirmar eso. Tan sólo me limito a aseverar que el espacio físico, en este caso el de la capital argentina, responde cada vez más a los imperativos del mercado que a los de la literatura.

En realidad, quizá nunca haya respondido a los imperativos de la literatura. Pero está claro que hay espacios “más literarios” que otros. Salvo que uno sea un genio de la pluma, parece evidente que el Jardín Botánico de hoy, el Palermo orillero de Borges, o La Boca que el maestro Cadícamo dibuja en Nuebla de Riachuelo, son espacios más literarios, “más aptos” para escenificar un cuento o pensar una canción, que una oficina de Puerto Madero, donde la Modernidad ha configurado un ghetto del aburrimiento, donde no se ven chicos corriendo detrás de una pelota, o donde sólo se oye  de fondo el silencioso murmullo de la vieja Santa María de Buenos Aires.

Varias veces pensé que hay situaciones y escenarios más literarios que otros. Y varias veces imaginé que esas situaciones y escenarios estaban en el margen, en los barrios bajos, en el hablar de la gente común y no en el centro. Es decir, no en el hablar sofisticado de los scholars o académicos –cuyos textos rebasan de todo menos de poesía–, no en el centro atiborrado de la ciudad, no en la perfección matemática de Puerto Madero, sino en las sombras, en las penumbras, donde lo difuso y lo poco claro son terreno fértil para la literatura, tal como señalaba el maestro Isidoro Blaistein. Y tampoco –esto sí que resulta controvertido– en un sistema político democrático.

He pensado en numerosas oportunidades que la dictadura militar, como escenario para una buena novela o un guión cinematográfico, es particularmente más interesante que los años del Alfonsín, donde sólo hubo espacio para la literatura en las asonadas militares, y un poco en los asaltos a supermercados durante la hiperinflación. No es casualidad que las dos únicas películas nacionales que obtuvieron el Oscar, La Historia Oficial (1982) y El secreto de sus ojos (2010), hagan referencia a la dictadura militar, como tantas otras producciones argentinas. Lo mismo con numerosos libros de escritores argentinos como Las Islas (1998), de Carlos Gamerro, o la última novela publicada por Leopoldo Brizuela, Una misma noche (2012).

Es así. En lo sombrío, en lo trágico, en la penumbra, parece haber más espacio para la literatura y la creatividad que en la perfección de las democracias liberales. Mario Vargas Llosa, en la misma línea, señaló: “La democracia y la felicidad no producen buena literatura”. Aunque parezca una generalización un poco burda y fácilmente refutable con algunos ejemplos, lo cierto es que en los espacios donde la perfección del sistema político –suponiendo que esta perfección sea la democracia–, del sistema de salud –longevidad y “bienestar” de las personas en Un Mundo Feliz–, de la vida en las ciudades –planificación excesiva del espacio urbano con ausencia de parques o “tierras de nadie” como sucede en la Buenos Aires actual–, el proceso creativo entra en crisis.

 Lo anterior no nos debería llevar a desear un mundo menos perfecto, menos adulto –en sentido científico, político e instrumental– y proponer un retorno a la infancia –de la dictadura, de la ciudad salpicada de compadritos, escuadrones de la muerte o gente amontonada en conventillos–. Sin embargo, nos lleva a repensar si el “progreso”, entendido en su sentido más amplio y en semejanza a lo que ocurre en Un Mundo Feliz, no representa un verdadero obstáculo al proceso creativo.

                                    

Está claro. Nadie quiere volver a situaciones oscuras, sombrías y literarias que atenten contra la dignidad humana para favorecer la creación artística. Sería un absurdo plantear un regreso al Holocausto o la Dictadura militar argentina, para que los potenciales Primos Levis o Luises Puenzos escriban sus Si esto es un hombre o dirijan películas monumentales como La Historia Oficial.

Sin embargo, y desde el punto de vista del arte en general, resulta convincente pensar qué hacer en un mundo que se parece cada vez más al que describe Aldous Huxley en Un Mundo Feliz.

Si los obstáculos internos como el “temor al absurdo” han sido superados, entonces los externos, como las ciudades que cada vez se parecen más las unas a las otras, y las biografías de los porteños que no resultan tan interesantes como las de sus abuelos inmigrantes, deberían ser consideradas.

No es cierto que el arte se vaya a acabar. Pero ya existen alrededor nuestro, en las calles, en el reto de los adultos cuando sus hijos usan zapatillas para hablar con marcianos, indicios de que el arte no es totalmente bienvenido en un mundo como el de hoy.

En este sentido, uno de los métodos que Virginia Woolf utilizaba para aceitar su creación literaria, puede resultar muy atractivo: salir por la ciudad, caminarla de arriba abajo, y “confundir la mirada”[7]. Quizá así sea posible hacer de lo adulto, de lo homogéneo, y de lo moderno, algo infantil, creativo y artístico.


[1] PAVLOVSKY, Eduardo. “Historia de un espacio lúdico”, p. 5

[2] PAVLOVSKY, Eduardo. “Historia de un espacio lúdico”, p. 7

[3] Entrevista de Joaquín Soler Serrano a Julio Cortázar (13 de julio de 1980). Link: http://www.youtube.com/watch?v=VEBOBW07sgo

[4] PAVLOVSKY, op. cit., p.8.

[5] Bruce Chatwin fue un novelista y escritor de viajes inglés que, entre otros libros, publicó In Patagonia, un diario de viajes

[6] Rosa Montero, en “Historia de una novela”, señala que luego de haber leído numerosos textos sobre la Edad Media, imaginó una escena medieval que habría de convertirse en la chispa inicial de una de sus obras.

[7] Apuntes de clase. “Usina de historias”, profesora Cecilia Sorrentino. (Semestre otoño 2012).


RELATO: “Servicio gratuito al 135”

19 de junio de 2012

–Hoola, buenas tardes. Mi nombre es María Iribarne, de Tarjetas Gold Argentina, ¿en qué puedo ayudarle? –dijo por vigésima cuarta vez en el día.

–Soy Aldo y me voy a matar –oyó que decía una voz masculina del otro lado del teléfono.

Se acomodó en la silla y acercó los auriculares a sus oídos. Le habían enseñado cómo tenía que saludar, cómo recitar el speech de la empresa, y cómo tratar de convencer a los clientes que odiaban los call-centers; pero no a lidiar con suicidas.

–Me voy a matar –repitió la voz.

Trató de pensar una respuesta diplomática sin herir la susceptibilidad de aquella voz que no parecía bromear.

–Señor, éste es el servicio de Tarjetas Gold Argentina. Por lo visto, el tópico de su frase no se adecúa con los servicios que nosotros prestamos.

Del otro lado se hizo un silencio que estremeció a María. Trató de pensar una respuesta que corrigiese lo que acababa de decir.

–Muchas gracias por haber contactado el servicio de Tarjetas Gold Argentina. Cualquier otra consulta, no dude en comunicarse con nosotros.

Estaba por colgar el auricular cuando oyó un grito del otro lado del teléfono:

–¡NO!

María pegó un salto en su silla. No supo qué hacer.

–Señorita, usted es lo último que me queda en esta vida. Le pido por favor que no corte.

María escuchó con desconfianza la voz. Estuvo a punto de colgar los auriculares cuando oyó:

–Señorita…por favor.

María vaciló durante una décima de segundo.

–Por favor…

–Está bien –contestó María.

Arrimó la silla al borde del escritorio donde estaba apoyado el teclado de su computadora. Recorrió con la vista las fotos de sus papás en Mar del Plata, y la de su hermana Lucía en el Aconcagua. Tomó una hoja de papel y quitó el capuchón de su bic azul.

–Lo voy a escuchar un minuto, señor. Acá trabajamos por comisión y yo quisiera ayudarlo, pero…

–Me voy a matar.

–Señor, yo quisiera ayudarlo, de verdad, créame por favor –dijo María poco convencida de la ayuda que podía prestarle a aquel pobre hombre–.

Y enseguida agregó:

–Mi jefe está a unos veinte metros. Si se da cuenta que yo estoy hablando con usted, me echa del trabajo.

–A tu jefe no… –comenzó a decir la voz.

–¿Entiende lo que le digo? –agregó María.

–A tu jefe no lo importa lo que vos hacés, nena.   ¿De qué la va ?

–Le impido que hable así de mi jefe –advirtió María.

La voz, indiferente a la advertencia de María, siguió:

–Todos los jefes son iguales. Además, ¿qué importan los jefes? Yo me voy a matar y punto –sentenció.

María giró la cabeza por sobre el hombro hacia el vitral de la oficina del jefe. Tal como le había explicado la voz, éste no estaba atento a lo que ella hacía. Sostenía un Blackberry en la mano izquierda, y un cigarrillo en la derecha. Sus pies colgaban de la mesa en la que María había sido entrevistada dos semanas atrás.

–Mire, mi especialidad comprende los servicios financieros que provee la Tarjeta Gold Argentina. Yo sinceramente quisiera ayudarlo, pero…

–¡Puta! –gritó la voz.

María se quitó los auriculares y los colgó para apagarlos. Ese hombre estaba fuera de sí y ella no tenía por qué salvarle la vida. Tardó en darse cuenta que no los había colgado bien, y que la voz seguía gritando. Ya más calmada, trató de ignorar el insulto que había recibido.

Acercó los auriculares y el micrófono hacia ella, y con la voz más suave que le fue posible, dijo:

–Señor, yo sólo quiero ayudarle. Mi jefe está distraído ahora. Pero por favor, no me falte el respeto.

Del otro lado se hizo un silencio. Luego se oyó como alguien se sonaba la nariz, tocía, y se aclaraba la voz.

–Me voy a matar. Ya me escuchaste, nena. Estoy enfermo, viejo y abatido.

–Mire –comenzó María–. En el buscador me aparece un número que podría serle de utilidad: Centro de Asistencia al Suicida. Servicio gratuito al 135.

Algo más calmada, y como si explicara algo por enésima vez, la voz dijo:

–¡Pelotudos!

María pensó en cortar. Los insultos de aquél hombre le hacían sentir que su ayuda no serviría de mucho.

–Señor, yo necesito que baje los decibeles. ¿Cómo pretende que le ayude si usted no colabora conmigo?

Como si no hubiera escuchado aquél razonamiento elemental, la voz repitió:

–Me voy a matar.

María trató de acabar de una vez por todas con el asunto. Llevaba dos minutos al teléfono y si seguía hablando con aquel hombre, no cobraría la comisión del día.

–Déjeme decirle algo. Yo como madre y esposa le aseguro que es muy feo ver partir a un ser querido. Piénselo –insistió María–.

–Yo no tengo nadie que me quiera –dijo la voz con desdén.

–Se equivoca –respondió María ya más segura de sí misma–. En el mundo siempre hay seis personas que siempre están pensando en nosotros. Dése cuenta que si usted se quita la vida, seis personas lo van a llorar.

–¡Soberana pelotudez! –gritó la voz.

María intentó reprimir su enojo. Si seguía hablándole con suavidad, quizá se calmara y en tres minutos atendería al próximo cliente.

–Así dice el saber popular –confirmó María–. Así que ya sabe. Relájese, salga a caminar, respire hondo y todo se solucionará.

–¡Qué ingenua! Con razón vendés servicios financieros y no estudiás Filosofía en Puán.

María comenzó a subir el tono de voz. Los telefonistas que estaban cerca de ella se dirigían miradas oblicuas, la señalaban con el mentón, y se encogían de hombros.

–¡Basta! ¿Se piensa usted que soy estúpida? Me insulta, me trata como un trapo de piso, y yo sigo escuchándolo –se desahogó María–. Y luego, recuperando la calma, amenazó: –Dígame cómo puedo ayudarlo. O corto.

La voz, que a pesar de su tozudez parecía seguir el tono de la conversación, se aclaró una vez más y dijo:

–Me voy a matar. Y ya no tiene sentido que me ayudes. Sos una buena mina. Seguí con tus clientes y mucha suerte. Hasta luego.

–¡Espere! –gritó María ante la mirada atónita de los otros telefonistas que ya habían dejado de hacer sus cosas y formaban un círculo de sillas alrededor de ella–. No quiero que tome una decisión equivocada por culpa mía. No, no quiero.

–Ya no podés hacer nada por mi vida. Soy una mierda, te insulto y seguís prendida al teléfono.

–¡Espere, por favor! –suplicó María.

La voz exhaló un suspiro de duda y explicó:

–En realidad, hay una cosa que podés hacer por mí. ¿Tenés un tiempo libre?

Eran las cinco de la tarde. María trabajaba hasta las ocho. Su jefe seguía hablando por teléfono. Pero la vida de un hombre, pensó, valía mucho más que un reto o que no le computaran el sueldo de un día de trabajo.

–Sí –mintió–. Salgo en diez minutos de aquí.

–Te espero a las seis frente a la Torre de los Ingleses –ordenó la voz–. Y cortó.

María se desprendió de los auriculares, dejó la computadora encendida y pidió permiso para ir al baño. Frente al espejo, se arregló un poco el cabello y luego, sin avisar a nadie, se retiró de la oficina.

Afuera hacía calor. Ya estaba acostumbrada al verano de Buenos Aires. Cruzó Avenida del Libertador, divisó la Torre de los Ingleses, comenzó a correr.

No vio a nadie. “¿Y si ya estuviera muerto?”, pensó. Veinte metros más allá de la Torre, sentado en un banco placero, estaba su jefe. Se asustó. Pensó que la había seguido hasta allí. Pero cuando lo vio con el Blackberry, llegó a la conclusión de que era pura casualidad que estuviera en aquel lugar.

–Vení –le alcanzó a gritar el jefe mientras agitaba la mano.

Temblando, María se acercó hasta él. Cuando terminó de hablar por teléfono, la miró con curiosidad y le preguntó:

–¿Buscás a alguien? Pensé que estabas en la oficina.

María conjeturó que el jefe desconocía sus horarios, así que mintió.

–Salgo a las 13 horas, quedé en juntarme con un amigo.

–¿Cómo se llama? –quiso saber el jefe.

–Aldo –contestó ella.

–Aldo es mi segundo nombre –explicó el jefe–. Hace unos minutos hablaste conmigo por teléfono. Yo era el falso suicida.

María lo miró extrañada.

–Estás despedida.


RELATO: “Mi primer amor”

31 de marzo de 2012

–Un licuado mixto de frutilla y banana.

–¿Con leche o con agua?

Cuando la moza se retiró, sacó el celular de su bolsillo y consultó la hora: 17.04. Habían quedado en reunirse a las 17, pero él recordaba haberse acostumbrado a su impuntualidad. Siempre fue igual: cuando iban al Parque de la Costa a principios de los ’90, ella llegaba cuarenta minutos más tarde de lo previsto. Lo mismo cuando visitaban las librerías de la Calle Corrientes.

–Te pago ahora –dijo él mientras abría su billetera con incrustaciones de plata.

–Dieciocho con cincuenta.

–Quedáte con el vuelto –dijo mientras le extendía un billete de veinte pesos a la moza.

Adoraba a las mujeres: cada dos o tres minutos, miraba un trasero distinto. Al llegar a su casa, hacía una suerte de caleidoscopio con las imágenes que almacenaba en su memoria, y luego se masturbaba hasta tres veces seguidas. La moza, en cambio, estaba algo gorda y podría haber pasado perfectamente por uno de sus amigos.

La mujer se acercó con una bandeja en la mano izquierda y se llevó una servilleta sucia que había quedado sobre la mesa. Él pensó que ella tenía ganas de hablar, por lo que esperó a que diera el primer paso.

–¿Esperás a alguien?

–Sí –contestó él.

La moza miró tras de sí. Las cinco mesas del Café de París estaban atendidas. Escudriñó por el rabillo del ojo el mostrador: la dueña hablaba por teléfono mientras escribía en una libretita.

–¿Puedo saber a quién esperás? –se arriesgó la moza.

Él la miró extrañado. Sofía estaba por llegar de un momento para el otro. Y aunque hubieran pasado más de diez años desde su último encuentro y cada uno tuviera su familia, estaba seguro de que seguía siendo tan celosa como cuando mandaba a espiarlo con sus amigos homosexuales.

–Espero a mi primera novia.

–Jodéme –dijo la moza esbozando una sonrisa–. ¿La ves seguido?

–La última vez fue en 1995, en el Acto de Egresados de la Universidad.

–¡Doce años! Una vida entera…

–¡Bua! Tampoco la pavada.

–¿Y después no se vieron? –preguntó ella acercando el mentón a la mesa.

–Me fui a estudiar a Barcelona y nunca más la vi.

Él se sintió incómodo. Imaginó a Sofía caminando por el lado de las barreras del TBA, arropada en alguno de sus vestiditos parisinos que tanta envidia causaban entre sus amigas. Luego imaginó que su rostro se crispaba al verlo hablar con la moza, una gorda sin culo y sin tetas, como acostumbraba a decir ella de cualquier mujer que se acercara a él.

–¡Ah! –exclamó la moza, antes de irse a atender a otro cliente.

Encendió un cigarrillo y acercó el cenicero con forma de trébol a un borde de la mesa. Hacía calor. Un manto de humo le iba cubriendo la cara, y le borroneaba la visión de la calle por donde pasaban los autos y el 161.

Del lado de la barrera del TBA, creyó ver el cuerpo atlético de Sofía, su primera novia, a la que desvirgó cuando ella tenía 14 años y él 18. Sus amigos abogados le decían que eso era estupro, pero él se reía y cambiaba de tema, como quien no quiere la cosa.

Dos minutos más tarde, la moza se acercó a la mesa por tercera vez.

–Creo que te dejaron plantado –arriesgó.

Él, concentrado en los anillos de humo que salían por su boca, contestó:

–Es algo impuntual, pero va a venir.

–¿Cómo es ella? –insistió la moza–. Quizá pasó por aquí y no la viste.

“Imposible”, pensó. Doce años es mucho tiempo, pero hay caras que no se olvidan. A pesar de que Sofía estaba casada y había tenido cuatro hijos, él la imaginaba igual que antes: flaquita, cabello castaño claro, y ojos turquesas como el Mar Caribe.

–No ha venido. Te puedo asegurar que cuando llegue la voy a reconocer.

–¿Sabe que estás acá?

–Siempre nos juntábamos en este café cuando íbamos a la facultad.

Tantas preguntas seguidas de aquella mujer le caldeaban los nervios. La miró fijo a los ojos, pero no pudo saber hacia dónde miraba. Sus lentes oscuros le cubrían la vista, y podía estar estudiándolo de cuerpo entero sin que él se diera cuenta.

–¿Cómo te la imaginás? –preguntó la moza.

Pensó en levantarse e ir a otro lugar. Ya eran demasiadas preguntas. Después de todo, su función era atender a los clientes, no hacer de psicóloga.

–¡Qué te importa! –le respondió con violencia.

Enseguida se arrepintió y pidió disculpas.

–Pará, no te vayas. No quería ser tan brusco –dijo en tono conciliador.

La moza frunció la boca, le arrojó a la cara el billete con el que había pagado, y se retiró al mostrador. Él pensó en levantarse y pedirle disculpas por segunda vez. Pero enseguida cambió de idea. “Ah, gorda fea…encima se la cree”.

Tiró el cigarrillo a la calle junto al guardabarros de un Fiat 600. Sacó el celular de su bolsillo, comenzó a escribir un mensajito para Sofía. “¿Venís?”, redactó. Luego lo borró: un SMS tan breve podía resultar ofensivo, y más teniendo en cuenta que hacía mucho que no se veían.

Junto al mostrador, ella se secaba las lágrimas. Él no se dio cuenta que la moza lloraba, pero sí distinguió  que tenía un celular en la mano. “Estará llamando a la policía”, pensó. “Mejor me voy y quedo con Sofía en el Mc Donalds de Olivos”.

Ya levantado, tomó el saco que había colgado de una silla. Cuando estaba por irse, sintió la vibración de su celular. Era un mensaje de texto de número desconocido:

“Pepo, t pido perdon pero hubo accidente de tren en Retiro, hoy a la noche sale mi omnibus, será en otra oportunidad. TKM, sofía”.


RELATO: “Algo en común”

26 de octubre de 2011

Lo recuerdo como si fuera ayer.

Era un día caluroso. La siesta pegaba fuerte en la nuca y no encontraba ningún lugar donde comprar una botellita de agua. Pasé por enfrente de la Casa Natal de Sarmiento en dirección a Laprida. Al llegar a la esquina, me tiré a un costado de la vereda a descansar. Tenía los ojos y la garganta resecos por el Zonda.

De repente me levanté. Habré caminado unas tres cuadras cuando divisé la Biblioteca. Al parecer era el único lugar en todo San Juan que estaba abierto a las tres de la tarde: seguro que allí encontraría un baño.

Al entrar, me topé con el semblante taciturno de un bibliotecario que llevaría unos cuarenta años al frente del mismo mostrador. Me preguntó qué necesitaba. “Agua”, respondí. El bibliotecario me señaló unas puertas de madera que estaban del otro lado de la sala de lectura.

Cuando tuve frente a mí las puertas de madera, logré relajarme. Ya podía imaginarme con la boca abierta bebiéndome toda el agua fresca del baño. Entonces fue cuando divisé dos pilas de libros que se levantaban sobre una mesa. Entre ellas, había un libro que se destacaba de los otros. Estiré mi brazo izquierdo y logré tomarlo entre mis manos. Era El Túnel de Ernesto Sabato.

Debo confesar que sentí cosquillas en el cuerpo. Aquél libro poseía una suerte de magnetismo que me atraía hacia él. Como si no hubiera sufrido sed unos segundos antes, me olvidé por completo del agua y de las puertas de madera. Hice a un lado una vieja silla de roble y tomé asiento.

Abrí el libro con reverencia. Comencé a hojear sus páginas. Estaban amarillas, pero mejor así. Siempre me gustaron los libros viejos. Huelen de manera especial.

Hice una recorrida general. Busqué el índice. No encontré nada. Entonces fui a la primera página en busca de alguna mención acerca del donante del libro, en caso de que tuviera alguno.

Mis ojos se abrieron de par en par. Contuve la respiración y el corazón comenzó a latirme más deprisa. Inmediatamente cerré el libro y lo escondí tras una de las pilas. Escruté con la mirada a mi alrededor. “No, nadie te ha visto”, pensé. Entonces, como quien es dueño de un secreto inconfesable, abrí el libro por segunda vez.

Efectivamente, ¡no me había equivocado! En la primera página había un mensaje escrito de puño y letra. Los años han borrado el contenido exacto del mensaje, pero recuerdo que decía algo así:

Si abriste este libro, si lo tuviste entre tus manos, si te sentiste atraído por él aunque no lo hayas leído, es porque tenemos algo en común.

María 4234278

Enseguida copié el nombre y el número en un papelito. Recordé que había ido a la Biblioteca por un poco de agua y entré al baño. Al salir, me senté en la misma silla que antes y me quedé pensando… ¿Quién es María? ¿Por qué no firma con su nombre y apellido? ¿Y por qué me siento tocado por este mensaje?

Me dirigí al mostrador. Llamé al bibliotecario y le pregunté por las fichas de los socios de la Biblioteca. Como no tenía el apellido de María, tuve que empezar por la A. Diez minutos más tarde, disponía de catorce fichas de socias cuyo nombre era María.

Le pedí al bibliotecario que me diera una mano con las fichas. Me miró con desconfianza. Sin embargo, puso a mi disposición la base de datos con la información de los socios. Le dije que se fijara en los números de teléfono. Para mi sorpresa, la María de la tercera ficha tenía como número de teléfono 4234278. El corazón comenzó a latirme más deprisa.

Pedí prestado el libro y me lo llevé a casa. Cuando lo terminé antes del anochecer, corrí hasta el teléfono y llamé al número de María. Luego de tres intentos, escuché la voz de un hombre adulto:

–Hola.

–Hola, buenas noches. ¿Se encuentra María?

– ¿Quién habla?

En ese instante me quedé mudo. No había pensado que tendría que identificarme tan rápido.

–Eh…le hablo de la Biblioteca Franklin. Es por un libro que se encuentra en demora –mentí– ¿Se encuentra la señorita María Carbajal?

–Qué raro –dijo la voz–. Hace unos meses que María no saca libros…

Pensé que había sido un error no haberme identificado desde un comienzo y dije:

–Está bien, quizá haya una confusión en la base de datos de la Biblioteca. Déjeme consultarlo y le llamamos de vuelta… De todos modos, quisiera aprovechar para hablar con María para comentarle de un concurso que organizamos por el Día de Sarmiento, ¿será posible?

Una tos carraspera se hizo oír del otro lado del tubo. El hombre adulto se aclaró la voz, y dijo:

–Lo siento, señor. No es posible que le pase con María. Ella falleció el mes pasado. Qué tenga buenas noches.

Y cortó.

 


RELATO: “Tu rezongo me apena”.

30 de agosto de 2011

-“Ahí viene”, pensé.

La puerta del café se abrió, descubriendo la silueta redondeada del maestro. El saco negro le hacía juego con el pantalón de vestir. Hizo una seña a la moza, como de costumbre.

-Maestro: ¿qué se le ofrece?

-Doble con crema, por favor.

La moza se alejó y el maestro la siguió con la mirada. Luego se quitó el saco y lo colgó prolijamente en la silla. Dos muchachos que estaban en la mesa de al lado se acercaron y lo felicitaron por su último espectáculo. Intercambiaron unas palabras sobre las lluvias que azotaban a la ciudad. Comentaron la derrota de la Academia. Cuando se retiraron, el maestro me dirigió una sonrisa.

-“¿Le comenté de mi llegada a Buenos Aires?” –pensé.

-Mil veces –dijo.

El maestro me contempló con aire dubitativo. Se acomodó el saco y dio un sorbo al café.

-“¿Se lo vuelvo a contar?” –pensé.

-Por favor –dijo.

-“Alemania” –pensé.

-Alemania- repitió el maestro.

El maestro se rió a carcajadas. Trató de no toser y tomó el vasito de soda. Se compuso y dijo:

-Que vos venís de Alemania,  lo sabemos todos. Hasta el barman –dijo el maestro señalando la barra– sabe que naciste en Baviera, ¿no?

Dudé. Era la primera vez que me preguntaba de dónde venía. Yo siempre pensaba que era teutón, y con eso él se quedaba tranquilo. Pero ahora me había puesto en una situación difícil.

-“La verdad que no sé muy bien” –pensé.

Abrió los ojos de par en par y me miró sorprendido. En su mirada noté la interrogación desconfiada de un amigo que le pide a otro que le diga la verdad. Sentí un malestar profundo que se transformó en un leve rezongo.

-“A decir verdad,  no sé bien donde nací” –pensé–. “Ni siquiera podría precisar el año”.

-¿Esos datos no aparecían en la prensa? –preguntó.

-“Sí. Sí están en la prensa” –pensé–. “Casi todos coinciden que nací alrededor de 1850”.

-Eso quiere decir que tenés…

-“Ciento sesenta años”. Y luego de una pausa, pensé sarcástico: “¿Tan arrugado estoy?”.

-Sos un purrete– retrucó el maestro mientras apuraba el café y llamaba a la moza.

-Cognac –ordenó.

La moza pareció dudar un segundo antes de ir por el cognac. Enseguida vino con la botella y una copa.

-Hay algo de lo que podés estar seguro.

-“¿De qué maestro?”

– ¡Qué sos porteño!

Así estuvimos unas cuantas horas, charlando de lo mismo de siempre. Yo seguí pensando en mi vida, en los que me habían escuchado en Europa, en mi pasado dorado de shows y conciertos. Enseguida reparé que el alcohol había surtido efecto en el maestro. Tomaba unas copas y se volvía un tipo de lo más afectuoso. Palmeaba a la gente, sonreía a todo el mundo, me miraba con cariño. Después, como una bestia agotada, se desmadejaba inconsciente en la mesa del café.

-“La verdad que yo recorrí casi todo el mundo. Anduve por Madrid, por París, Nueva York y Roma”.

-¿Y te acordás de Japón? –preguntó el maestro.

-“Como si fuera ayer” –pensé, y luego: “¡Qué bien tocamos aquella noche!”.

-“¿Pero sabés una cosa?” pensé. “Por más que viaje por el mundo,  uno siempre vuelve al arrabal”.

-Siempre se vuelve a Buenos Aires.

-“Seguro que usted cree que yo soy teutón, que me corre la sangre de Alarico por las venas. Pero no: no es cierto. Uno viene desde lejos y con el correr de los años, lo otro queda para el recuerdo. Los viejos mueren, los hermanos desaparecen y  sin darte cuenta, no te queda más patrimonio que los amigos y lo tocado”.

El maestro se emocionó. Dos tipos de gran tamaño se acercaron hasta la mesa, lo levantaron por los hombros y se lo llevaron. Pensé:

-“Siempre se lo llevan igual”.

Un manto de silencio invadió el café. Pasó una hora, pasaron dos.

-“Me quedé a oscuras” –pensé mientras oía cómo las cucarachas comenzaban a desfilar en la cocina.

El silencio del café era interrumpido de vez en cuando por el crujido de los muebles viejos. De repente, a media noche, oí que alguien forzaba con violencia la puerta del café.

Sin mayor dificultad, el desconocido rompió el candado, empujó la puerta y se dirigió hacia donde estaba apoyado. Cuando lo tuve de frente, reconocí al maestro. Colgó el saco en la silla y se frotó las manos.

-¿Estás listo? –preguntó.

Como en los viejos tiempos, tocamos juntos. Me exprimió varias veces hasta que salió Sur. Luego marcharon Tinta Roja Cuesta abajo. A la madrugada, ya exhausto, fue a la cocina por un vaso de agua. Antes del amanecer, me envolvió en el paño y me colocó dentro de la caja, no sin antes acariciar los setenta y un botones de mi cuerpo.


ENSAYO: “La política exterior de la Argentina hacia Estados Unidos (2003-2011)”

7 de julio de 2011

Hablar de Política Exterior en América Latina siempre supone un desafío. Distintas geografías, distintos actores, distintos vínculos con el sistema internacional, dan lugar a políticas exteriores muy disímiles. Sin embargo, hay dos temas que inevitablemente atraviesan la política exterior de cualquier país latinoamericano: la relación con sus vecinos, por un lado, y la relación con Estados Unidos, por el otro[1].

El realismo neoclásico es un buen punto de partida para comprender la relación entre América Latina y Estados Unidos. Y más específicamente, el vínculo entre cualquier país latinoamericano y su vecino más poderoso. En este ensayo, me concentraré en la Política Exterior actual de la Argentina hacia los Estados Unidos. Con este fin, haré uso del enfoque realista neoclásico de las relaciones internacionales y ensayaré un breve análisis comparado de la política exterior argentina, chilena, brasilera, colombiana, venezolana y mexicana en relación a los Estados Unidos. Finalmente, desarrollaré algunas conclusiones sobre Política Exterior Latinoamericana Comparada.

¿Qué se entiende por realismo neoclásico? O en otras palabras, ¿qué tiene de distintivo esta variante del realismo? A fin de responder estas preguntas, es oportuno recurrir al texto de Steven Lobell, Norrin Ripsman y Jeffrey Taliaferro sobre Realismo Neoclásico, Estado y su vínculo con la Política Exterior.

Los autores sostienen que hay una serie de interrogantes que los enfoques realista clásico y realista estructural no logran responder. De qué manera los Estados, o más específicamente, los líderes y las instituciones estatales, procesan las amenazas del entorno. O de qué manera las variables domésticas influyen en el análisis de política exterior.

Al respecto, el realismo neoclásico tiene la virtud de combinar el análisis de las presiones sistémicas con el de las limitaciones domésticas que imponen las sociedades a sus Estados.  Como bien señalan los autores, “Neoclassical realism posits an imperfect transmission belt between systemic incentives and constraints, on the one hand, and the actual diplomatic, military, and foreign economic policies states select, on the other”[2]. Esta correa de trasmisión imperfecta se produce porque las presiones sistémicas no inciden directamente sobre el comportamiento de los Estados. Lobell, Ripsman y Talifero dirán que dos variables intervinientes producirán una relación indirecta entre presiones sistémicas y política exterior. Las percepciones de la élite, por un lado, y las limitaciones domésticas, por el otro.

Aceptado el componente sincrético del enfoque realista neoclásico, esto es, su combinación de consideraciones externas e internas, cabe preguntarse de qué manera explica la política exterior. Asumiendo que esta última es la variable dependiente, los autores proponen una variable explicativa y dos variables intervinientes. La explicativa, el poder relativo del Estado, y las intervinientes, las ya mencionadas limitaciones domésticas sobre los Estados y  percepciones de los miembros de élite.

Comencemos por la definición de las variables. En primer lugar, convengamos que el fenómeno a ser explicado es nuestra variable dependiente. En este caso, “Política Exterior actual de la Argentina hacia los Estados Unidos”. La variable independiente o explicativa, de carácter sistémico, será definida como “Situación política mundial”. Las variables intervinientes serán dos: “Limitaciones del entorno doméstico argentino + Coalición de centro-izquierda”, por un lado, y “Percepciones de los miembros de la élite argentina”, por el otro. A continuación, presentamos un cuadro que puede ser orientador de nuestro argumento.

Variable dependiente (VD)

Política Exterior actual de la Argentina hacia los Estados Unidos

Variable independiente (VI)

Situación política mundial

Variable interviniente I

Limitaciones del entorno doméstico argentino + Coalición de centro-izquierda

Variable interviniente II

Percepciones de los miembros de la élite argentina

Finalmente, y a fin de observar varianza en los indicadores, estableceremos algunas comparaciones con la Política Exterior Argentina de los años ’90. Si bien nos centraremos en el período actual, remitirse a este período reforzará nuestro argumento.

¡Manos a la obra!

La Política Exterior hacia los Estados Unidos es uno de los temas centrales de la agenda argentina de relaciones internacionales. Entenderla requiere un análisis tanto de variables sistémicas como de consideraciones domésticas. Sin embargo, antes de comenzar cualquier análisis, resulta provechoso caracterizar brevemente la Política Exterior del país sudamericano.

Según Andrés Malamud, “foreign-policy subordination to short-term domestic concerns (cortoplacismo interno) could explain a great deal of the Argentine Policy”[3]. La Política Exterior de la Argentina está caracterizada por la fluctuación. Las consideraciones domésticas, siempre cambiantes, son las que en última instancia determinan qué será asunto de Política Exterior y qué no.

Esta situación contrasta de manera notable con la de otros países sudamericanos. Brasil, por ejemplo, posee una política exterior marcada por la continuidad y la coherencia[4]. Chile y Colombia otro tanto. En este contexto, la Argentina aparece como un país volátil que no logra definir una agenda de política exterior coherente.

En cuanto a la relación entre la Argentina y Estados Unidos, ha estado marcada por acercamientos y distanciamientos desde el comienzo. Ya lo señala Joseph S. Tulchin en el título de su canónico estudio de las relaciones entre los dos países, La Argentina y los Estados Unidos. Historia de una desconfianza[5]. Para el autor norteamericano, lo que ha predominado entre estos dos países es más una relación de distanciamiento que de convergencia. Ya por la no complementariedad de sus economías, ya por la actitud desafiante de la Argentina en las Conferencias Panamericanas o por la excesiva arrogancia de los Estados Unidos en determinados asuntos, lo que hay entre estos dos países son más roces que encuentros.

La Política Exterior actual de la Argentina hacia los Estados Unidos no escapa a este patrón. Como bien señaló el ex Presidente argentino Néstor Kirchner, las relaciones con el vecino del norte son “serias” y de “conveniencia mutua”[6]. Con ello, queda claro que el patrón actual de relaciones argentino-estadounidenses es muy diferente al de la década del ’90.

Sobre este punto, ya el ex Canciller argentino Guido Di Tella había señalado que las relaciones con Estados Unidos eran “carnales”. Con esta expresión, el funcionario argentino se refería a lo que se conoció como “alineamiento automático” o modelo de aquiescencia pragmática. Este modelo suponía el plegamiento estratégico y político a los intereses de Estados Unidos, por un lado, y la creencia en un mundo regido fundamentalmente por intereses económicos, por el otro.

Pero los tiempos cambiaron. La crisis del año 2001 encontró a la Argentina en la peor situación económica de su historia y a Estados Unidos focalizado en la lucha contra el terrorismo. En este contexto, aparecerá lo que habrá de marcar el verdadero punto de inflexión en las relaciones entre Washington y Buenos Aires.

¿Qué fue exactamente lo que marcó este punto de inflexión? Para autores como Diana Tussie, lo que enfrió las relaciones fue que Estados Unidos librara a su suerte a la Argentina durante la crisis de 2001. “Este olvido por parte de E.E.U.U. fue claramente perceptible en el caso argentino, sobre todo en el período entre septiembre de 2001 y fines de 2002”[7].

De allí en adelante, la relación entre Buenos Aires y Washington estará marcada por un patrón de  distanciamiento que se mantiene hasta la actualidad. La mención de este patrón da pie a la definición de la primera variable de nuestro modelo, la variable dependiente “Política Exterior actual de la Argentina hacia los Estados Unidos”.

Con el fin de echar luz sobre la variable dependiente, el texto Modelos de política exterior y opciones estratégicas: el caso de América Latina frente a Estados Unidos, resulta de suma utilidad. Allí, Russell y Tokatlian definen cinco formas posibles de relacionarse un país latinoamericano con los Estados Unidos: el alineamiento, el acoplamiento, el acomodamiento, la oposición limitada y el desafío. De acuerdo a los autores, la Argentina actual encajaría en el patrón de oposición limitada. Este patrón “propugna una política mixta hacia Estados Unidos en la que se combinan desacuerdo y colaboración, concertación y obstrucción, diferencia y resistencia […], percibe a Estados Unidos como un poder dual (una combinación de amenaza y oportunidad) y asigna una gran importancia estratégica a los vínculos con la región[8]. En la relación actual vemos tanto gestos de acercamiento, como los que propició el delegado estadounidense para la región, Thomas Shannon, como gestos de alejamiento: tal es el caso de la retórica encendida de Néstor Kirchner contra Estados Unidos y los organismos internacionales.

Una vez definida la variable dependiente en términos de “oposición limitada”, es posible desarrollar con más detalle la variable explicativa (VI) de carácter sistémico, y las dos variables intervinientes de carácter doméstico.

En cuanto a la variable sistémica, “Situación política mundial”, cabe decir que resulta crucial para explicar el patrón de relaciones entre Washington y Buenos Aires. Como señala Diana Tussie, el 11 de setiembre y la lucha a nivel internacional contra el terrorismo relegaron a un segundo plano a América Latina de la agenda estadounidense.

Salvo Colombia, Cuba y México que siempre permanecieron en la agenda por razones puntuales, Washington se mostró más bien indiferente hacia América Latina[9]. La indiferencia para el caso de la Argentina fue capturada de manera excepcional por el ex Canciller de este país, Ricardo Bielsa, cuando afirmaba que “Vamos a hacernos cargo de que la Argentina es un país poco interesante para los Estados Unidos. Es lo primero que tenemos que tener en claro porque ahí terminamos con esta manía que tenemos los argentinos de llamar a los funcionarios norteamericanos Jim o George”[10].

Esto en cuanto al primer componente de la variable sistémica, el terrorismo como tema de agenda que aparta a la Argentina del foco estadounidense. El otro componente tiene que ver con la estructura del sistema internacional. Es decir, con el cambio de balance de poder mundial que llevó a muchos países a desafiar la hegemonía estadounidense y a mantener relaciones distantes.

Si bien autores como Charles Krauthammer hablan de una reafirmación de la unipolaridad luego del 11-S[11], lo cierto es que ésta comenzaría a debilitarse a mediados de la década del 2000. Juan Gabriel Tokatlian se refiere a este fenómeno como debilitamiento de la unipolaridad y desplazamiento del eje de poder del Atlántico al Asia-Pacífico[12].

Si a lo anterior le sumamos la emergencia de países periféricos con grandes reservas de recursos naturales, el cuestionamiento a la unipolaridad es más evidente. La aparición en escena de los BRICS, de una Venezuela alentada por los altos precios del petróleo, el crecimiento de China, la recuperación de una Argentina acompañada de la revalorización de la soja, son rasgos estructurales que permiten explicar en parte un fenómeno: el cambio de balance de poder mundial y el cuestionamiento a la hegemonía estadounidense.

En el caso de la Argentina, este cuestionamiento se dio bajo la forma de “oposición limitada”. El aumento del precio de la soja y la acumulación de reservas dio margen para una política exterior más autónoma. En el caso de Venezuela, por el petróleo, en el de Rusia, por el gas, y de manera similar en cada uno de los países mencionados.

A pesar de lo anterior, está claro que la variable independiente de carácter sistémico no alcanza para explicar el patrón de relaciones argentino-estadounidenses. Si así fuera, el uso de un enfoque realista neoclásico no tendría sentido. En este orden, las variables intervinientes “Limitaciones domésticas del entorno argentino + coalición de centro izquierda” y “Percepciones de los miembros de la élite argentina” son fundamentales para abordar el problema.

Comencemos por la primera. Las limitaciones domésticas son centrales en la formulación de la Política Exterior Argentina actual. La coalición de centro-izquierda que sostiene al kirchnerismo recorta el universo de posibilidades de Política Exterior de manera muy clara.

Ejemplo: en octubre de 2003 iban a realizarse ejercicios militares entre la Argentina y Estados Unidos en la provincia de Mendoza. El Congreso, e inclusive parte de la coalición gobernante, se opone a la medida. Roces con Washington. Otro ejemplo, pero  esta vez de noviembre de 2004: el Gobierno argentino se abstiene de censurar a Cuba en el seno de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Más roces conWashington.

Finalmente, y en consonancia con limitaciones domésticas y presiones de la coalición de centro-izquierda, está Mar del Plata. Durante los días 4 y 5 de noviembre de 2005, tendrá lugar la IV Cumbre de las Américas. En esta ocasión, Kirchner dirá que no están dadas las condiciones para la conformación del Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA). Por si fuera poco, el Gobierno argentino dará espacio a Hugo Chávez para montar un acto paralelo y “enterrar el ALCA”[13]. Es el fin de la relación “normal” que había imperado hasta el momento.

Las percepciones de los miembros de la élite también jugaron y juegan su papel en la relación argentino-estadounidense. En este sentido, resulta ilustrador el esquema propuesto por Francisco Corigliano en su texto Híbridos teóricos y su impacto en la política exterior: El caso de los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner[14]. Allí, el autor propone cuatro sistemas de creencias imperantes entre los miembros de la élite política kirchnerista. Estos sistemas de creencias son relevantes porque explican las decisiones que se toman en materia de Política Exterior.

En primer lugar está la variante ingenua del realismo geopolítico. Para este grupo, la Globalización expresada a través del crédito internacional y las inversiones, atenta contra la soberanía nacional. Es bajo esta lupa que deben leerse las declaraciones de ideologismo de Néstor Kirchner frente al Fondo Monetario Internacional y las críticas al capitalismo que esbozó Cristina Kirchner durante la Crisis de 2008.

La segunda variante es la pragmática realista. Aquí se agrupan aquellos que rehúyen de la combatividad del discurso setentista y prefieren una postura más moderada hacia Washington y los organismos internacionales. Néstor Kirchner y su relación con el Fondo previo al canje de la deuda evidenciaron este patrón.

 La tercera variante es la wilsoniano-periférica del idealismo: en ella se enmarca la política extra-fronteras del kirchnerismo en relación a Derechos Humanos. Finalmente, está la variante grociano-periférica del idealismo. Bajo esta bandera se agrupan los partidarios de la resolución de conflictos en Naciones Unidas. En esta variante se encuentran las acciones conjuntas para la resolución del conflicto Colombia-Venezuela-Ecuador en 2010 y el tema AMIA en Naciones Unidas.

En líneas generales, lo que demuestra la relación entre Washington y Buenos Aires es una distancia prudente. A pesar de todo, sería injusto omitir la convergencia que existe en materia de lucha contra el terrorismo o el apoyo que brindó Estados Unidos para renegociar la deuda argentina. No obstante, y más allá de unas pocas coincidencias, es correcto caracterizar a la relación como de oposición limitada.

¿Hay una Política Exterior Latinoamericana hacia Estados Unidos? Esta pregunta tiene una importancia fundamental tanto para los países latinoamericanos como para el vecino del norte. Está claro que no es lo mismo América Latina integrada al ALCA que aglutinada en torno a bloques económicos como el MERCOSUR, políticos como la UNASUR, o defensivos como el Consejo Sudamericano de Defensa.

Ahora bien, ¿existe una política exterior de los países latinoamericanos hacia Washington? Basta tomar seis casos de la región para darse cuenta que no hay tal política latinoamericana. Si volvemos sobre los modelos de Russell y Tokatlian de Política Exterior, vemos que las diferencias son notables. Mientras que Argentina y Brasil encajan en la categoría de “oposición limitada”, Chile y México lo hacen en la de “acomodamiento”, Colombia en la de “acoplamiento” y Venezuela en la de “desafío”.

Las diferencias son tan notables que incluso pareciera existir una divisoria de aguas en torno al vínculo que se establece con Estados Unidos. Esta divisoria haría que los países más pro-norteamericanos, como Colombia, se entiendan poco o nada con los países menos pro-norteamericanos, como Venezuela. De esta manera, América Latina aparecería como una conjunción de maneras de vincularse con Estados Unidos que cuestionan el concepto mismo de Política Exterior Latinoamericana.

Como conclusión, quisiera mencionar algunos aspectos de la Política Exterior de Cristina Kirchner que han signado la relación entre Washington y Buenos Aires. El valijagate, la reactivación de la IV Flota y las críticas al “Efecto Jazz” por parte de la Presidente argentina, son todos elementos que han confirmado la distancia entre ambos países.

Las proyecciones a futuro no son alentadoras. De acuerdo a Roberto Russell, “es probable que la Argentina del tiempo próximo siga ensimismada, alejada del interés del mundo y fuera del radar de Washington”[15]. Estará en los dirigentes de ambos países y en las condiciones del sistema internacional que las relaciones tomen el cauce de la normalidad. En este sentido, el enfoque neo-realista brinda una aproximación certera: un cambio en las relaciones vendrá no sólo dado por cambios profundos del sistema internacional, sino también por la disposición al acuerdo en las élites políticas y diplomáticas de Buenos Aires y Washington.

Veremos qué pasa.


[1] Merke, Federico. Clase Magistral. Universidad de San Andrés. 14 de junio de 2011.

[2] Lobell, Steven, Norrin Ripsman y Jeffrey Taliaferro (2009) “Introduction: Neoclassical Realism, the State and Foreign Policy”, en Steven E. Lobell, Norrin M. Ripsman y Jeffrey Taliaferro, Neoclassical Realism, the State and Foreign Policy, Cambridge: Cambridge University Press: 4.

[3] Malamud, Andrés (2011) Argentine Foreign Policy under the Kirchners: Ideological, Pragmatic, or simply Peronist? En Gian Luca Gardini and Peter Lambert, eds: Latin American Foreign Policies between Ideology and Pragmatism. New York: Palgrave Macmillan, 87-102.

[4] Lampreia, L.P. (1998). “A política externa do governo FHC: continuidade e renovação”. En Revista Brasileira de Política Internacional, 41(2): 5-17.

[5] Tulchin, Joseph (1990). La Argentina y los Estados Unidos. Historia de una desconfianza. Buenos Aires: Planeta.

[6] Russell, Roberto en Arnson C. J. & Taraciuk T. P., comp. 2004. Relaciones bilaterales entre Argentina y Estados Unidos: Consecuencias de la crisis argentina. Washington D.C.: Woodrow Wilson International Center for scholars.

[7] Tussie, Diana en Arnson C. J. & Taraciuk T. P., comp. 2004. Argentina y Estados Unidos bajo el signo de la era K. Washington D.C.: Woodrow Wilson International Center for scholars.

[8] Russell R. & Tokatlian, J.C. (2008). Modelos de Política Exterior y opciones estratégicas. El caso de América Latina frente a Estados Unidos. En Revista CIDOB d’Afers Internacionals, 85-86: 232.

[9] Tussie, Diana en Arnson C. J. & Taraciuk T. P., comp. 2004. Argentina y Estados Unidos bajo el signo de la era K. Washington D.C.: Woodrow Wilson International Center for scholars.

[10] Diario La Nación, Enfoques, 16 de noviembre de 2003, p.4.

[11] Krauthammer, Charles (2002). The Unipolar Moment Revisited. En National Interest, 70: 5-17.

[12] Tokatlian, J.G., El año de la encrucijada, La Nación, 11 de enero de 2011. Sitio web: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1340438

[13] Diario Clarín, 4 de noviembre de 2005, versión digital. Sitio web: http://edant.clarin.com/diario/2005/11/04/um/m-01083621.htm

[14] Corigliano, Francisco (2008). “Híbridos teóricos y su impacto en la política exterior: El caso de los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner”, en Boletín ISIAE, Consejo Argentino de Relaciones Internacionales, 47: 8-10.

[15] Russell, Roberto (2010). “Relaciones distantes con Estados Unidos” en Agenda Internacional. Visión desde el Sur, 21: 26-45.