RELATO: “Mi primer amor”

31/03/2012

–Un licuado mixto de frutilla y banana.

–¿Con leche o con agua?

Cuando la moza se retiró, sacó el celular de su bolsillo y consultó la hora: 17.04. Habían quedado en reunirse a las 17, pero él recordaba haberse acostumbrado a su impuntualidad. Siempre fue igual: cuando iban al Parque de la Costa a principios de los ’90, ella llegaba cuarenta minutos más tarde de lo previsto. Lo mismo cuando visitaban las librerías de la Calle Corrientes.

–Te pago ahora –dijo él mientras abría su billetera con incrustaciones de plata.

–Dieciocho con cincuenta.

–Quedáte con el vuelto –dijo mientras le extendía un billete de veinte pesos a la moza.

Adoraba a las mujeres: cada dos o tres minutos, miraba un trasero distinto. Al llegar a su casa, hacía una suerte de caleidoscopio con las imágenes que almacenaba en su memoria, y luego se masturbaba hasta tres veces seguidas. La moza, en cambio, estaba algo gorda y podría haber pasado perfectamente por uno de sus amigos.

La mujer se acercó con una bandeja en la mano izquierda y se llevó una servilleta sucia que había quedado sobre la mesa. Él pensó que ella tenía ganas de hablar, por lo que esperó a que diera el primer paso.

–¿Esperás a alguien?

–Sí –contestó él.

La moza miró tras de sí. Las cinco mesas del Café de París estaban atendidas. Escudriñó por el rabillo del ojo el mostrador: la dueña hablaba por teléfono mientras escribía en una libretita.

–¿Puedo saber a quién esperás? –se arriesgó la moza.

Él la miró extrañado. Sofía estaba por llegar de un momento para el otro. Y aunque hubieran pasado más de diez años desde su último encuentro y cada uno tuviera su familia, estaba seguro de que seguía siendo tan celosa como cuando mandaba a espiarlo con sus amigos homosexuales.

–Espero a mi primera novia.

–Jodéme –dijo la moza esbozando una sonrisa–. ¿La ves seguido?

–La última vez fue en 1995, en el Acto de Egresados de la Universidad.

–¡Doce años! Una vida entera…

–¡Bua! Tampoco la pavada.

–¿Y después no se vieron? –preguntó ella acercando el mentón a la mesa.

–Me fui a estudiar a Barcelona y nunca más la vi.

Él se sintió incómodo. Imaginó a Sofía caminando por el lado de las barreras del TBA, arropada en alguno de sus vestiditos parisinos que tanta envidia causaban entre sus amigas. Luego imaginó que su rostro se crispaba al verlo hablar con la moza, una gorda sin culo y sin tetas, como acostumbraba a decir ella de cualquier mujer que se acercara a él.

–¡Ah! –exclamó la moza, antes de irse a atender a otro cliente.

Encendió un cigarrillo y acercó el cenicero con forma de trébol a un borde de la mesa. Hacía calor. Un manto de humo le iba cubriendo la cara, y le borroneaba la visión de la calle por donde pasaban los autos y el 161.

Del lado de la barrera del TBA, creyó ver el cuerpo atlético de Sofía, su primera novia, a la que desvirgó cuando ella tenía 14 años y él 18. Sus amigos abogados le decían que eso era estupro, pero él se reía y cambiaba de tema, como quien no quiere la cosa.

Dos minutos más tarde, la moza se acercó a la mesa por tercera vez.

–Creo que te dejaron plantado –arriesgó.

Él, concentrado en los anillos de humo que salían por su boca, contestó:

–Es algo impuntual, pero va a venir.

–¿Cómo es ella? –insistió la moza–. Quizá pasó por aquí y no la viste.

“Imposible”, pensó. Doce años es mucho tiempo, pero hay caras que no se olvidan. A pesar de que Sofía estaba casada y había tenido cuatro hijos, él la imaginaba igual que antes: flaquita, cabello castaño claro, y ojos turquesas como el Mar Caribe.

–No ha venido. Te puedo asegurar que cuando llegue la voy a reconocer.

–¿Sabe que estás acá?

–Siempre nos juntábamos en este café cuando íbamos a la facultad.

Tantas preguntas seguidas de aquella mujer le caldeaban los nervios. La miró fijo a los ojos, pero no pudo saber hacia dónde miraba. Sus lentes oscuros le cubrían la vista, y podía estar estudiándolo de cuerpo entero sin que él se diera cuenta.

–¿Cómo te la imaginás? –preguntó la moza.

Pensó en levantarse e ir a otro lugar. Ya eran demasiadas preguntas. Después de todo, su función era atender a los clientes, no hacer de psicóloga.

–¡Qué te importa! –le respondió con violencia.

Enseguida se arrepintió y pidió disculpas.

–Pará, no te vayas. No quería ser tan brusco –dijo en tono conciliador.

La moza frunció la boca, le arrojó a la cara el billete con el que había pagado, y se retiró al mostrador. Él pensó en levantarse y pedirle disculpas por segunda vez. Pero enseguida cambió de idea. “Ah, gorda fea…encima se la cree”.

Tiró el cigarrillo a la calle junto al guardabarros de un Fiat 600. Sacó el celular de su bolsillo, comenzó a escribir un mensajito para Sofía. “¿Venís?”, redactó. Luego lo borró: un SMS tan breve podía resultar ofensivo, y más teniendo en cuenta que hacía mucho que no se veían.

Junto al mostrador, ella se secaba las lágrimas. Él no se dio cuenta que la moza lloraba, pero sí distinguió  que tenía un celular en la mano. “Estará llamando a la policía”, pensó. “Mejor me voy y quedo con Sofía en el Mc Donalds de Olivos”.

Ya levantado, tomó el saco que había colgado de una silla. Cuando estaba por irse, sintió la vibración de su celular. Era un mensaje de texto de número desconocido:

“Pepo, t pido perdon pero hubo accidente de tren en Retiro, hoy a la noche sale mi omnibus, será en otra oportunidad. TKM, sofía”.


RELATO: “Servicio gratuito al 135″

08/02/2012

–Hoola, buenas tardes. Mi nombre es María Iribarne, de Tarjetas Gold Argentina, ¿en qué puedo ayudarle? –dijo por vigésima cuarta vez en el día.

–Soy Aldo y me voy a matar –oyó que decía una voz masculina del otro lado del teléfono.

Se acomodó en la silla y acercó los auriculares a sus oídos. Le habían enseñado cómo tenía que saludar, cómo recitar el speech de la empresa, y cómo tratar de convencer a los clientes que odiaban los call-centers; pero no a lidiar con suicidas.

–Me voy a matar –repitió la voz.

Trató de pensar una respuesta diplomática sin herir la susceptibilidad de aquella voz que no parecía bromear.

–Señor, éste es el servicio de Tarjetas Gold Argentina. Por lo visto, el tópico de su frase no se adecúa con los servicios que nosotros prestamos.

Del otro lado se hizo un silencio que estremeció a María. Trató de pensar una respuesta que corrigiese lo que acababa de decir.

–Muchas gracias por haber contactado el servicio de Tarjetas Gold Argentina. Cualquier otra consulta, no dude en comunicarse con nosotros.

Estaba por colgar el auricular cuando oyó un grito del otro lado del teléfono:

–¡NO!

María pegó un salto en su silla. No supo qué hacer.

–Señorita, usted es lo último que me queda en esta vida. Le pido por favor que no corte.

María escuchó con desconfianza la voz. Estuvo a punto de colgar los auriculares cuando oyó:

–Señorita…por favor.

María vaciló durante una décima de segundo.

–Por favor…

–Está bien –contestó María.

Arrimó la silla al borde del escritorio donde estaba apoyado el teclado de su computadora. Recorrió con la vista las fotos de sus papás en Mar del Plata, y la de su hermana Lucía en el Aconcagua. Tomó una hoja de papel y quitó el capuchón de su bic azul.

–Lo voy a escuchar un minuto, señor. Acá trabajamos por comisión y yo quisiera ayudarlo, pero…

–Me voy a matar.

–Señor, yo quisiera ayudarlo, de verdad, créame por favor –dijo María poco convencida de la ayuda que podía prestarle a aquel pobre hombre–.

Y enseguida agregó:

–Mi jefe está a unos veinte metros. Si se da cuenta que yo estoy hablando con usted, me echa del trabajo.

–A tu jefe no… –comenzó a decir la voz.

–¿Entiende lo que le digo? –agregó María.

–A tu jefe no lo importa lo que vos hacés, nena.   ¿De qué la va ?

–Le impido que hable así de mi jefe –advirtió María.

La voz, indiferente a la advertencia de María, siguió:

–Todos los jefes son iguales. Además, ¿qué importan los jefes? Yo me voy a matar y punto –sentenció.

María giró la cabeza por sobre el hombro hacia el vitral de la oficina del jefe. Tal como le había explicado la voz, éste no estaba atento a lo que ella hacía. Sostenía un Blackberry en la mano izquierda, y un cigarrillo en la derecha. Sus pies colgaban de la mesa en la que María había sido entrevistada dos semanas atrás.

–Mire, mi especialidad comprende los servicios financieros que provee la Tarjeta Gold Argentina. Yo sinceramente quisiera ayudarlo, pero…

–¡Puta! –gritó la voz.

María se quitó los auriculares y los colgó para apagarlos. Ese hombre estaba fuera de sí y ella no tenía por qué salvarle la vida. Tardó en darse cuenta que no los había colgado bien, y que la voz seguía gritando. Ya más calmada, trató de ignorar el insulto que había recibido.

Acercó los auriculares y el micrófono hacia ella, y con la voz más suave que le fue posible, dijo:

–Señor, yo sólo quiero ayudarle. Mi jefe está distraído ahora. Pero por favor, no me falte el respeto.

Del otro lado se hizo un silencio. Luego se oyó como alguien se sonaba la nariz, tocía, y se aclaraba la voz.

–Me voy a matar. Ya me escuchaste, nena. Estoy enfermo, viejo y abatido.

–Mire –comenzó María–. En el buscador me aparece un número que podría serle de utilidad: Centro de Asistencia al Suicida. Servicio gratuito al 135.

Algo más calmada, y como si explicara algo por enésima vez, la voz dijo:

–¡Pelotudos!

María pensó en cortar. Los insultos de aquél hombre le hacían sentir que su ayuda no serviría de mucho.

–Señor, yo necesito que baje los decibeles. ¿Cómo pretende que le ayude si usted no colabora conmigo?

Como si no hubiera escuchado aquél razonamiento elemental, la voz repitió:

–Me voy a matar.

María trató de acabar de una vez por todas con el asunto. Llevaba dos minutos al teléfono y si seguía hablando con aquel hombre, no cobraría la comisión del día.

–Déjeme decirle algo. Yo como madre y esposa le aseguro que es muy feo ver partir a un ser querido. Piénselo –insistió María–.

–Yo no tengo nadie que me quiera –dijo la voz con desdén.

–Se equivoca –respondió María ya más segura de sí misma–. En el mundo siempre hay seis personas que siempre están pensando en nosotros. Dése cuenta que si usted se quita la vida, seis personas lo van a llorar.

–¡Soberana pelotudez! –gritó la voz.

María intentó reprimir su enojo. Si seguía hablándole con suavidad, quizá se calmara y en tres minutos atendería al próximo cliente.

–Así dice el saber popular –confirmó María–. Así que ya sabe. Relájese, salga a caminar, respire hondo y todo se solucionará.

–¡Qué ingenua! Con razón vendés servicios financieros y no estudiás Filosofía en Puán.

María comenzó a subir el tono de voz. Los telefonistas que estaban cerca de ella se dirigían miradas oblicuas, la señalaban con el mentón, y se encogían de hombros.

–¡Basta! ¿Se piensa usted que soy estúpida? Me insulta, me trata como un trapo de piso, y yo sigo escuchándolo –se desahogó María–. Y luego, recuperando la calma, amenazó: –Dígame cómo puedo ayudarlo. O corto.

La voz, que a pesar de su tozudez parecía seguir el tono de la conversación, se aclaró una vez más y dijo:

–Me voy a matar. Y ya no tiene sentido que me ayudes. Sos una buena mina. Seguí con tus clientes y mucha suerte. Hasta luego.

–¡Espere! –gritó María ante la mirada atónita de los otros telefonistas que ya habían dejado de hacer sus cosas y formaban un círculo de sillas alrededor de ella–. No quiero que tome una decisión equivocada por culpa mía. No, no quiero.

–Ya no podés hacer nada por mi vida. Soy una mierda, te insulto y seguís prendida al teléfono.

–¡Espere, por favor! –suplicó María.

La voz exhaló un suspiro de duda y explicó:

–En realidad, hay una cosa que podés hacer por mí. ¿Tenés un tiempo libre?

Eran las cinco de la tarde. María trabajaba hasta las ocho. Su jefe seguía hablando por teléfono. Pero la vida de un hombre, pensó, valía mucho más que un reto o que no le computaran el sueldo de un día de trabajo.

–Sí –mintió–. Salgo en diez minutos de aquí.

–Te espero a las seis frente a la Torre de los Ingleses –ordenó la voz–. Y cortó.

María se desprendió de los auriculares, dejó la computadora encendida y pidió permiso para ir al baño. Frente al espejo, se arregló un poco el cabello y luego, sin avisar a nadie, se retiró de la oficina.

Afuera hacía calor. Ya estaba acostumbrada al verano de Buenos Aires. Cruzó Avenida del Libertador, divisó la Torre de los Ingleses, comenzó a correr.

No vio a nadie. “¿Y si ya estuviera muerto?”, pensó. Veinte metros más allá de la Torre, sentado en un banco placero, estaba su jefe. Se asustó. Pensó que la había seguido hasta allí. Pero cuando lo vio con el Blackberry, llegó a la conclusión que era pura casualidad que estuviera en aquel lugar.

–Vení –le alcanzó a gritar el jefe mientras agitaba la mano.

Temblando, María se acercó hasta él. Cuando terminó de hablar por teléfono, la miró con curiosidad y le preguntó:

–¿Buscás a alguien? Pensé que estabas en la oficina.

María supuso que el jefe desconocía sus horarios, así que mintió.

–Salgo a las 13 horas, quedé en juntarme con un amigo.

–¿Cómo se llama? –quiso saber el jefe.

–Aldo –contestó ella.

–Aldo es mi segundo nombre –explicó el jefe–. Hace unos minutos hablaste conmigo por teléfono. Yo era el falso suicida.

María lo miró extrañada.

–Estás despedida.


RELATO: “Algo en común”

26/10/2011

Lo recuerdo como si fuera ayer.

Era un día caluroso. La siesta pegaba fuerte en la nuca y no encontraba ningún lugar donde comprar una botellita de agua. Pasé por enfrente de la Casa Natal de Sarmiento en dirección a Laprida. Al llegar a la esquina, me tiré a un costado de la vereda a descansar. Tenía los ojos y la garganta resecos por el Zonda.

De repente me levanté. Habré caminado unas tres cuadras cuando divisé la Biblioteca. Al parecer era el único lugar en todo San Juan que estaba abierto a las tres de la tarde: seguro que allí encontraría un baño.

Al entrar, me topé con el semblante taciturno de un bibliotecario que llevaría unos cuarenta años al frente del mismo mostrador. Me preguntó qué necesitaba. “Agua”, respondí. El bibliotecario me señaló unas puertas de madera que estaban del otro lado de la sala de lectura.

Cuando tuve frente a mí las puertas de madera, logré relajarme. Ya podía imaginarme con la boca abierta bebiéndome toda el agua fresca del baño. Entonces fue cuando divisé dos pilas de libros que se levantaban sobre una mesa. Entre ellas, había un libro que se destacaba de los otros. Estiré mi brazo izquierdo y logré tomarlo entre mis manos. Era El Túnel de Ernesto Sabato.

Debo confesar que sentí cosquillas en el cuerpo. Aquél libro poseía una suerte de magnetismo que me atraía hacia él. Como si no hubiera sufrido sed unos segundos antes, me olvidé por completo del agua y de las puertas de madera. Hice a un lado una vieja silla de roble y tomé asiento.

Abrí el libro con reverencia. Comencé a hojear sus páginas. Estaban amarillas, pero mejor así. Siempre me gustaron los libros viejos. Huelen de manera especial.

Hice una recorrida general. Busqué el índice. No encontré nada. Entonces fui a la primera página en busca de alguna mención acerca del donante del libro, en caso de que tuviera alguno.

Mis ojos se abrieron de par en par. Contuve la respiración y el corazón comenzó a latirme más deprisa. Inmediatamente cerré el libro y lo escondí tras una de las pilas. Escruté con la mirada a mi alrededor. “No, nadie te ha visto”, pensé. Entonces, como quien es dueño de un secreto inconfesable, abrí el libro por segunda vez.

Efectivamente, ¡no me había equivocado! En la primera página había un mensaje escrito de puño y letra. Los años han borrado el contenido exacto del mensaje, pero recuerdo que decía algo así:

Si abriste este libro, si lo tuviste entre tus manos, si te sentiste atraído por él aunque no lo hayas leído, es porque tenemos algo en común.

María 4234278

Enseguida copié el nombre y el número en un papelito. Recordé que había ido a la Biblioteca por un poco de agua y entré al baño. Al salir, me senté en la misma silla que antes y me quedé pensando… ¿Quién es María? ¿Por qué no firma con su nombre y apellido? ¿Y por qué me siento tocado por este mensaje?

Me dirigí al mostrador. Llamé al bibliotecario y le pregunté por las fichas de los socios de la Biblioteca. Como no tenía el apellido de María, tuve que empezar por la A. Diez minutos más tarde, disponía de catorce fichas de socias cuyo nombre era María.

Le pedí al bibliotecario que me diera una mano con las fichas. Me miró con desconfianza. Sin embargo, puso a mi disposición la base de datos con la información de los socios. Le dije que se fijara en los números de teléfono. Para mi sorpresa, la María de la tercera ficha tenía como número de teléfono 4234278. El corazón comenzó a latirme más deprisa.

Pedí prestado el libro y me lo llevé a casa. Cuando lo terminé antes del anochecer, corrí hasta el teléfono y llamé al número de María. Luego de tres intentos, escuché la voz de un hombre adulto:

–Hola.

–Hola, buenas noches. ¿Se encuentra María?

– ¿Quién habla?

En ese instante me quedé mudo. No había pensado que tendría que identificarme tan rápido.

–Eh…le hablo de la Biblioteca Franklin. Es por un libro que se encuentra en demora –mentí– ¿Se encuentra la señorita María Carbajal?

–Qué raro –dijo la voz–. Hace unos meses que María no saca libros…

Pensé que había sido un error no haberme identificado desde un comienzo y dije:

–Está bien, quizá haya una confusión en la base de datos de la Biblioteca. Déjeme consultarlo y le llamamos de vuelta… De todos modos, quisiera aprovechar para hablar con María para comentarle de un concurso que organizamos por el Día de Sarmiento, ¿será posible?

Una tos carraspera se hizo oír del otro lado del tubo. El hombre adulto se aclaró la voz, y dijo:

–Lo siento, señor. No es posible que le pase con María. Ella falleció el mes pasado. Qué tenga buenas noches.

Y cortó.

 


RELATO: “Tu rezongo me apena”.

30/08/2011

-“Ahí viene”, pensé.

La puerta del café se abrió, descubriendo la silueta redondeada del maestro. El saco negro le hacía juego con el pantalón de vestir. Hizo una seña a la moza, como de costumbre.

-Maestro: ¿qué se le ofrece?

-Doble con crema, por favor.

La moza se alejó y el maestro la siguió con la mirada. Luego se quitó el saco y lo colgó prolijamente en la silla. Dos muchachos que estaban en la mesa de al lado se acercaron y lo felicitaron por su último espectáculo. Intercambiaron unas palabras sobre las lluvias que azotaban a la ciudad. Comentaron la derrota de la Academia. Cuando se retiraron, el maestro me dirigió una sonrisa.

-“¿Le comenté de mi llegada a Buenos Aires?” –pensé.

-Mil veces –dijo.

El maestro me contempló con aire dubitativo. Se acomodó el saco y dio un sorbo al café.

-“¿Se lo vuelvo a contar?” –pensé.

-Por favor –dijo.

-“Alemania” –pensé.

-Alemania- repitió el maestro.

El maestro se rió a carcajadas. Trató de no toser y tomó el vasito de soda. Se compuso y dijo:

-Que vos venís de Alemania,  lo sabemos todos. Hasta el barman –dijo el maestro señalando la barra– sabe que naciste en Baviera, ¿no?

Dudé. Era la primera vez que me preguntaba de dónde venía. Yo siempre pensaba que era teutón, y con eso él se quedaba tranquilo. Pero ahora me había puesto en una situación difícil.

-“La verdad que no sé muy bien” –pensé.

Abrió los ojos de par en par y me miró sorprendido. En su mirada noté la interrogación desconfiada de un amigo que le pide a otro que le diga la verdad. Sentí un malestar profundo que se transformó en un leve rezongo.

-“A decir verdad,  no sé bien donde nací” –pensé–. “Ni siquiera podría precisar el año”.

-¿Esos datos no aparecían en la prensa? –preguntó.

-“Sí. Sí están en la prensa” –pensé–. “Casi todos coinciden que nací alrededor de 1850”.

-Eso quiere decir que tenés…

-“Ciento sesenta años”. Y luego de una pausa, pensé sarcástico: “¿Tan arrugado estoy?”.

-Sos un purrete– retrucó el maestro mientras apuraba el café y llamaba a la moza.

-Cognac –ordenó.

La moza pareció dudar un segundo antes de ir por el cognac. Enseguida vino con la botella y una copa.

-Hay algo de lo que podés estar seguro.

-“¿De qué maestro?”

- ¡Qué sos porteño!

Así estuvimos unas cuantas horas, charlando de lo mismo de siempre. Yo seguí pensando en mi vida, en los que me habían escuchado en Europa, en mi pasado dorado de shows y conciertos. Enseguida reparé que el alcohol había surtido efecto en el maestro. Tomaba unas copas y se volvía un tipo de lo más afectuoso. Palmeaba a la gente, sonreía a todo el mundo, me miraba con cariño. Después, como una bestia agotada, se desmadejaba inconsciente en la mesa del café.

-“La verdad que yo recorrí casi todo el mundo. Anduve por Madrid, por París, Nueva York y Roma”.

-¿Y te acordás de Japón? –preguntó el maestro.

-“Como si fuera ayer” –pensé, y luego: “¡Qué bien tocamos aquella noche!”.

-“¿Pero sabés una cosa?” pensé. “Por más que viaje por el mundo,  uno siempre vuelve al arrabal”.

-Siempre se vuelve a Buenos Aires.

-“Seguro que usted cree que yo soy teutón, que me corre la sangre de Alarico por las venas. Pero no: no es cierto. Uno viene desde lejos y con el correr de los años, lo otro queda para el recuerdo. Los viejos mueren, los hermanos desaparecen y  sin darte cuenta, no te queda más patrimonio que los amigos y lo tocado”.

El maestro se emocionó. Dos tipos de gran tamaño se acercaron hasta la mesa, lo levantaron por los hombros y se lo llevaron. Pensé:

-“Siempre se lo llevan igual”.

Un manto de silencio invadió el café. Pasó una hora, pasaron dos.

-“Me quedé a oscuras” –pensé mientras oía cómo las cucarachas comenzaban a desfilar en la cocina.

El silencio del café era interrumpido de vez en cuando por el crujido de los muebles viejos. De repente, a media noche, oí que alguien forzaba con violencia la puerta del café.

Sin mayor dificultad, el desconocido rompió el candado, empujó la puerta y se dirigió hacia donde estaba apoyado. Cuando lo tuve de frente, reconocí al maestro. Colgó el saco en la silla y se frotó las manos.

-¿Estás listo? –preguntó.

Como en los viejos tiempos, tocamos juntos. Me exprimió varias veces hasta que salió Sur. Luego marcharon Tinta Roja Cuesta abajo. A la madrugada, ya exhausto, fue a la cocina por un vaso de agua. Antes del amanecer, me envolvió en el paño y me colocó dentro de la caja, no sin antes acariciar los setenta y un botones de mi cuerpo.


ENSAYO: “La política exterior de la Argentina hacia Estados Unidos (2003-2011)”

07/07/2011

Hablar de Política Exterior en América Latina siempre supone un desafío. Distintas geografías, distintos actores, distintos vínculos con el sistema internacional, dan lugar a políticas exteriores muy disímiles. Sin embargo, hay dos temas que inevitablemente atraviesan la política exterior de cualquier país latinoamericano: la relación con sus vecinos, por un lado, y la relación con Estados Unidos, por el otro[1].

El realismo neoclásico es un buen punto de partida para comprender la relación entre América Latina y Estados Unidos. Y más específicamente, el vínculo entre cualquier país latinoamericano y su vecino más poderoso. En este ensayo, me concentraré en la Política Exterior actual de la Argentina hacia los Estados Unidos. Con este fin, haré uso del enfoque realista neoclásico de las relaciones internacionales y ensayaré un breve análisis comparado de la política exterior argentina, chilena, brasilera, colombiana, venezolana y mexicana en relación a los Estados Unidos. Finalmente, desarrollaré algunas conclusiones sobre Política Exterior Latinoamericana Comparada.

¿Qué se entiende por realismo neoclásico? O en otras palabras, ¿qué tiene de distintivo esta variante del realismo? A fin de responder estas preguntas, es oportuno recurrir al texto de Steven Lobell, Norrin Ripsman y Jeffrey Taliaferro sobre Realismo Neoclásico, Estado y su vínculo con la Política Exterior.

Los autores sostienen que hay una serie de interrogantes que los enfoques realista clásico y realista estructural no logran responder. De qué manera los Estados, o más específicamente, los líderes y las instituciones estatales, procesan las amenazas del entorno. O de qué manera las variables domésticas influyen en el análisis de política exterior.

Al respecto, el realismo neoclásico tiene la virtud de combinar el análisis de las presiones sistémicas con el de las limitaciones domésticas que imponen las sociedades a sus Estados.  Como bien señalan los autores, “Neoclassical realism posits an imperfect transmission belt between systemic incentives and constraints, on the one hand, and the actual diplomatic, military, and foreign economic policies states select, on the other”[2]. Esta correa de trasmisión imperfecta se produce porque las presiones sistémicas no inciden directamente sobre el comportamiento de los Estados. Lobell, Ripsman y Talifero dirán que dos variables intervinientes producirán una relación indirecta entre presiones sistémicas y política exterior. Las percepciones de la élite, por un lado, y las limitaciones domésticas, por el otro.

Aceptado el componente sincrético del enfoque realista neoclásico, esto es, su combinación de consideraciones externas e internas, cabe preguntarse de qué manera explica la política exterior. Asumiendo que esta última es la variable dependiente, los autores proponen una variable explicativa y dos variables intervinientes. La explicativa, el poder relativo del Estado, y las intervinientes, las ya mencionadas limitaciones domésticas sobre los Estados y  percepciones de los miembros de élite.

Comencemos por la definición de las variables. En primer lugar, convengamos que el fenómeno a ser explicado es nuestra variable dependiente. En este caso, “Política Exterior actual de la Argentina hacia los Estados Unidos”. La variable independiente o explicativa, de carácter sistémico, será definida como “Situación política mundial”. Las variables intervinientes serán dos: “Limitaciones del entorno doméstico argentino + Coalición de centro-izquierda”, por un lado, y “Percepciones de los miembros de la élite argentina”, por el otro. A continuación, presentamos un cuadro que puede ser orientador de nuestro argumento.

Variable dependiente (VD)

Política Exterior actual de la Argentina hacia los Estados Unidos

Variable independiente (VI)

Situación política mundial

Variable interviniente I

Limitaciones del entorno doméstico argentino + Coalición de centro-izquierda

Variable interviniente II

Percepciones de los miembros de la élite argentina

Finalmente, y a fin de observar varianza en los indicadores, estableceremos algunas comparaciones con la Política Exterior Argentina de los años ’90. Si bien nos centraremos en el período actual, remitirse a este período reforzará nuestro argumento.

¡Manos a la obra!

La Política Exterior hacia los Estados Unidos es uno de los temas centrales de la agenda argentina de relaciones internacionales. Entenderla requiere un análisis tanto de variables sistémicas como de consideraciones domésticas. Sin embargo, antes de comenzar cualquier análisis, resulta provechoso caracterizar brevemente la Política Exterior del país sudamericano.

Según Andrés Malamud, “foreign-policy subordination to short-term domestic concerns (cortoplacismo interno) could explain a great deal of the Argentine Policy”[3]. La Política Exterior de la Argentina está caracterizada por la fluctuación. Las consideraciones domésticas, siempre cambiantes, son las que en última instancia determinan qué será asunto de Política Exterior y qué no.

Esta situación contrasta de manera notable con la de otros países sudamericanos. Brasil, por ejemplo, posee una política exterior marcada por la continuidad y la coherencia[4]. Chile y Colombia otro tanto. En este contexto, la Argentina aparece como un país volátil que no logra definir una agenda de política exterior coherente.

En cuanto a la relación entre la Argentina y Estados Unidos, ha estado marcada por acercamientos y distanciamientos desde el comienzo. Ya lo señala Joseph S. Tulchin en el título de su canónico estudio de las relaciones entre los dos países, La Argentina y los Estados Unidos. Historia de una desconfianza[5]. Para el autor norteamericano, lo que ha predominado entre estos dos países es más una relación de distanciamiento que de convergencia. Ya por la no complementariedad de sus economías, ya por la actitud desafiante de la Argentina en las Conferencias Panamericanas o por la excesiva arrogancia de los Estados Unidos en determinados asuntos, lo que hay entre estos dos países son más roces que encuentros.

La Política Exterior actual de la Argentina hacia los Estados Unidos no escapa a este patrón. Como bien señaló el ex Presidente argentino Néstor Kirchner, las relaciones con el vecino del norte son “serias” y de “conveniencia mutua”[6]. Con ello, queda claro que el patrón actual de relaciones argentino-estadounidenses es muy diferente al de la década del ’90.

Sobre este punto, ya el ex Canciller argentino Guido Di Tella había señalado que las relaciones con Estados Unidos eran “carnales”. Con esta expresión, el funcionario argentino se refería a lo que se conoció como “alineamiento automático” o modelo de aquiescencia pragmática. Este modelo suponía el plegamiento estratégico y político a los intereses de Estados Unidos, por un lado, y la creencia en un mundo regido fundamentalmente por intereses económicos, por el otro.

Pero los tiempos cambiaron. La crisis del año 2001 encontró a la Argentina en la peor situación económica de su historia y a Estados Unidos focalizado en la lucha contra el terrorismo. En este contexto, aparecerá lo que habrá de marcar el verdadero punto de inflexión en las relaciones entre Washington y Buenos Aires.

¿Qué fue exactamente lo que marcó este punto de inflexión? Para autores como Diana Tussie, lo que enfrió las relaciones fue que Estados Unidos librara a su suerte a la Argentina durante la crisis de 2001. “Este olvido por parte de E.E.U.U. fue claramente perceptible en el caso argentino, sobre todo en el período entre septiembre de 2001 y fines de 2002”[7].

De allí en adelante, la relación entre Buenos Aires y Washington estará marcada por un patrón de  distanciamiento que se mantiene hasta la actualidad. La mención de este patrón da pie a la definición de la primera variable de nuestro modelo, la variable dependiente “Política Exterior actual de la Argentina hacia los Estados Unidos”.

Con el fin de echar luz sobre la variable dependiente, el texto Modelos de política exterior y opciones estratégicas: el caso de América Latina frente a Estados Unidos, resulta de suma utilidad. Allí, Russell y Tokatlian definen cinco formas posibles de relacionarse un país latinoamericano con los Estados Unidos: el alineamiento, el acoplamiento, el acomodamiento, la oposición limitada y el desafío. De acuerdo a los autores, la Argentina actual encajaría en el patrón de oposición limitada. Este patrón “propugna una política mixta hacia Estados Unidos en la que se combinan desacuerdo y colaboración, concertación y obstrucción, diferencia y resistencia […], percibe a Estados Unidos como un poder dual (una combinación de amenaza y oportunidad) y asigna una gran importancia estratégica a los vínculos con la región[8]. En la relación actual vemos tanto gestos de acercamiento, como los que propició el delegado estadounidense para la región, Thomas Shannon, como gestos de alejamiento: tal es el caso de la retórica encendida de Néstor Kirchner contra Estados Unidos y los organismos internacionales.

Una vez definida la variable dependiente en términos de “oposición limitada”, es posible desarrollar con más detalle la variable explicativa (VI) de carácter sistémico, y las dos variables intervinientes de carácter doméstico.

En cuanto a la variable sistémica, “Situación política mundial”, cabe decir que resulta crucial para explicar el patrón de relaciones entre Washington y Buenos Aires. Como señala Diana Tussie, el 11 de setiembre y la lucha a nivel internacional contra el terrorismo relegaron a un segundo plano a América Latina de la agenda estadounidense.

Salvo Colombia, Cuba y México que siempre permanecieron en la agenda por razones puntuales, Washington se mostró más bien indiferente hacia América Latina[9]. La indiferencia para el caso de la Argentina fue capturada de manera excepcional por el ex Canciller de este país, Ricardo Bielsa, cuando afirmaba que “Vamos a hacernos cargo de que la Argentina es un país poco interesante para los Estados Unidos. Es lo primero que tenemos que tener en claro porque ahí terminamos con esta manía que tenemos los argentinos de llamar a los funcionarios norteamericanos Jim o George”[10].

Esto en cuanto al primer componente de la variable sistémica, el terrorismo como tema de agenda que aparta a la Argentina del foco estadounidense. El otro componente tiene que ver con la estructura del sistema internacional. Es decir, con el cambio de balance de poder mundial que llevó a muchos países a desafiar la hegemonía estadounidense y a mantener relaciones distantes.

Si bien autores como Charles Krauthammer hablan de una reafirmación de la unipolaridad luego del 11-S[11], lo cierto es que ésta comenzaría a debilitarse a mediados de la década del 2000. Juan Gabriel Tokatlian se refiere a este fenómeno como debilitamiento de la unipolaridad y desplazamiento del eje de poder del Atlántico al Asia-Pacífico[12].

Si a lo anterior le sumamos la emergencia de países periféricos con grandes reservas de recursos naturales, el cuestionamiento a la unipolaridad es más evidente. La aparición en escena de los BRICS, de una Venezuela alentada por los altos precios del petróleo, el crecimiento de China, la recuperación de una Argentina acompañada de la revalorización de la soja, son rasgos estructurales que permiten explicar en parte un fenómeno: el cambio de balance de poder mundial y el cuestionamiento a la hegemonía estadounidense.

En el caso de la Argentina, este cuestionamiento se dio bajo la forma de “oposición limitada”. El aumento del precio de la soja y la acumulación de reservas dio margen para una política exterior más autónoma. En el caso de Venezuela, por el petróleo, en el de Rusia, por el gas, y de manera similar en cada uno de los países mencionados.

A pesar de lo anterior, está claro que la variable independiente de carácter sistémico no alcanza para explicar el patrón de relaciones argentino-estadounidenses. Si así fuera, el uso de un enfoque realista neoclásico no tendría sentido. En este orden, las variables intervinientes “Limitaciones domésticas del entorno argentino + coalición de centro izquierda” y “Percepciones de los miembros de la élite argentina” son fundamentales para abordar el problema.

Comencemos por la primera. Las limitaciones domésticas son centrales en la formulación de la Política Exterior Argentina actual. La coalición de centro-izquierda que sostiene al kirchnerismo recorta el universo de posibilidades de Política Exterior de manera muy clara.

Ejemplo: en octubre de 2003 iban a realizarse ejercicios militares entre la Argentina y Estados Unidos en la provincia de Mendoza. El Congreso, e inclusive parte de la coalición gobernante, se opone a la medida. Roces con Washington. Otro ejemplo, pero  esta vez de noviembre de 2004: el Gobierno argentino se abstiene de censurar a Cuba en el seno de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Más roces conWashington.

Finalmente, y en consonancia con limitaciones domésticas y presiones de la coalición de centro-izquierda, está Mar del Plata. Durante los días 4 y 5 de noviembre de 2005, tendrá lugar la IV Cumbre de las Américas. En esta ocasión, Kirchner dirá que no están dadas las condiciones para la conformación del Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA). Por si fuera poco, el Gobierno argentino dará espacio a Hugo Chávez para montar un acto paralelo y “enterrar el ALCA”[13]. Es el fin de la relación “normal” que había imperado hasta el momento.

Las percepciones de los miembros de la élite también jugaron y juegan su papel en la relación argentino-estadounidense. En este sentido, resulta ilustrador el esquema propuesto por Francisco Corigliano en su texto Híbridos teóricos y su impacto en la política exterior: El caso de los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner[14]. Allí, el autor propone cuatro sistemas de creencias imperantes entre los miembros de la élite política kirchnerista. Estos sistemas de creencias son relevantes porque explican las decisiones que se toman en materia de Política Exterior.

En primer lugar está la variante ingenua del realismo geopolítico. Para este grupo, la Globalización expresada a través del crédito internacional y las inversiones, atenta contra la soberanía nacional. Es bajo esta lupa que deben leerse las declaraciones de ideologismo de Néstor Kirchner frente al Fondo Monetario Internacional y las críticas al capitalismo que esbozó Cristina Kirchner durante la Crisis de 2008.

La segunda variante es la pragmática realista. Aquí se agrupan aquellos que rehúyen de la combatividad del discurso setentista y prefieren una postura más moderada hacia Washington y los organismos internacionales. Néstor Kirchner y su relación con el Fondo previo al canje de la deuda evidenciaron este patrón.

 La tercera variante es la wilsoniano-periférica del idealismo: en ella se enmarca la política extra-fronteras del kirchnerismo en relación a Derechos Humanos. Finalmente, está la variante grociano-periférica del idealismo. Bajo esta bandera se agrupan los partidarios de la resolución de conflictos en Naciones Unidas. En esta variante se encuentran las acciones conjuntas para la resolución del conflicto Colombia-Venezuela-Ecuador en 2010 y el tema AMIA en Naciones Unidas.

En líneas generales, lo que demuestra la relación entre Washington y Buenos Aires es una distancia prudente. A pesar de todo, sería injusto omitir la convergencia que existe en materia de lucha contra el terrorismo o el apoyo que brindó Estados Unidos para renegociar la deuda argentina. No obstante, y más allá de unas pocas coincidencias, es correcto caracterizar a la relación como de oposición limitada.

¿Hay una Política Exterior Latinoamericana hacia Estados Unidos? Esta pregunta tiene una importancia fundamental tanto para los países latinoamericanos como para el vecino del norte. Está claro que no es lo mismo América Latina integrada al ALCA que aglutinada en torno a bloques económicos como el MERCOSUR, políticos como la UNASUR, o defensivos como el Consejo Sudamericano de Defensa.

Ahora bien, ¿existe una política exterior de los países latinoamericanos hacia Washington? Basta tomar seis casos de la región para darse cuenta que no hay tal política latinoamericana. Si volvemos sobre los modelos de Russell y Tokatlian de Política Exterior, vemos que las diferencias son notables. Mientras que Argentina y Brasil encajan en la categoría de “oposición limitada”, Chile y México lo hacen en la de “acomodamiento”, Colombia en la de “acoplamiento” y Venezuela en la de “desafío”.

Las diferencias son tan notables que incluso pareciera existir una divisoria de aguas en torno al vínculo que se establece con Estados Unidos. Esta divisoria haría que los países más pro-norteamericanos, como Colombia, se entiendan poco o nada con los países menos pro-norteamericanos, como Venezuela. De esta manera, América Latina aparecería como una conjunción de maneras de vincularse con Estados Unidos que cuestionan el concepto mismo de Política Exterior Latinoamericana.

Como conclusión, quisiera mencionar algunos aspectos de la Política Exterior de Cristina Kirchner que han signado la relación entre Washington y Buenos Aires. El valijagate, la reactivación de la IV Flota y las críticas al “Efecto Jazz” por parte de la Presidente argentina, son todos elementos que han confirmado la distancia entre ambos países.

Las proyecciones a futuro no son alentadoras. De acuerdo a Roberto Russell, “es probable que la Argentina del tiempo próximo siga ensimismada, alejada del interés del mundo y fuera del radar de Washington”[15]. Estará en los dirigentes de ambos países y en las condiciones del sistema internacional que las relaciones tomen el cauce de la normalidad. En este sentido, el enfoque neo-realista brinda una aproximación certera: un cambio en las relaciones vendrá no sólo dado por cambios profundos del sistema internacional, sino también por la disposición al acuerdo en las élites políticas y diplomáticas de Buenos Aires y Washington.

Veremos qué pasa.


[1] Merke, Federico. Clase Magistral. Universidad de San Andrés. 14 de junio de 2011.

[2] Lobell, Steven, Norrin Ripsman y Jeffrey Taliaferro (2009) “Introduction: Neoclassical Realism, the State and Foreign Policy”, en Steven E. Lobell, Norrin M. Ripsman y Jeffrey Taliaferro, Neoclassical Realism, the State and Foreign Policy, Cambridge: Cambridge University Press: 4.

[3] Malamud, Andrés (2011) Argentine Foreign Policy under the Kirchners: Ideological, Pragmatic, or simply Peronist? En Gian Luca Gardini and Peter Lambert, eds: Latin American Foreign Policies between Ideology and Pragmatism. New York: Palgrave Macmillan, 87-102.

[4] Lampreia, L.P. (1998). “A política externa do governo FHC: continuidade e renovação”. En Revista Brasileira de Política Internacional, 41(2): 5-17.

[5] Tulchin, Joseph (1990). La Argentina y los Estados Unidos. Historia de una desconfianza. Buenos Aires: Planeta.

[6] Russell, Roberto en Arnson C. J. & Taraciuk T. P., comp. 2004. Relaciones bilaterales entre Argentina y Estados Unidos: Consecuencias de la crisis argentina. Washington D.C.: Woodrow Wilson International Center for scholars.

[7] Tussie, Diana en Arnson C. J. & Taraciuk T. P., comp. 2004. Argentina y Estados Unidos bajo el signo de la era K. Washington D.C.: Woodrow Wilson International Center for scholars.

[8] Russell R. & Tokatlian, J.C. (2008). Modelos de Política Exterior y opciones estratégicas. El caso de América Latina frente a Estados Unidos. En Revista CIDOB d’Afers Internacionals, 85-86: 232.

[9] Tussie, Diana en Arnson C. J. & Taraciuk T. P., comp. 2004. Argentina y Estados Unidos bajo el signo de la era K. Washington D.C.: Woodrow Wilson International Center for scholars.

[10] Diario La Nación, Enfoques, 16 de noviembre de 2003, p.4.

[11] Krauthammer, Charles (2002). The Unipolar Moment Revisited. En National Interest, 70: 5-17.

[12] Tokatlian, J.G., El año de la encrucijada, La Nación, 11 de enero de 2011. Sitio web: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1340438

[13] Diario Clarín, 4 de noviembre de 2005, versión digital. Sitio web: http://edant.clarin.com/diario/2005/11/04/um/m-01083621.htm

[14] Corigliano, Francisco (2008). “Híbridos teóricos y su impacto en la política exterior: El caso de los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner”, en Boletín ISIAE, Consejo Argentino de Relaciones Internacionales, 47: 8-10.

[15] Russell, Roberto (2010). “Relaciones distantes con Estados Unidos” en Agenda Internacional. Visión desde el Sur, 21: 26-45.


ENSAYO DE POLÍTICA INTERNACIONAL: “El mundo que se viene”

07/07/2011

“El cambio es la metafísica de nuestra era” Warren Bennis

Es evidente. Algo está cambiando. Ya lo señalaba Harold James en un exquisito artículo de International Affairs: “The geography of power is being transformed, in particular by the rise of China”[1]. Pero… ¿qué es lo que está cambiando? Lo que está cambiando es el orden internacional. Tanto la dimensión material o hard power, como la simbólica o soft power, están sufriendo cambios. Ahora bien,  ¿de qué manera se produce el cambio?

Desde el influyente libro de Martin Jacques[2] y las proyecciones de Goldman Sachs, hasta las percepciones de los estadistas más brillantes, se estima que el poder de Estados Unidos está en franco declive. De acuerdo al National Intelligence Security Council, “the U.S. will remain the preeminent power, but that American dominance will be much diminished”[3]. Está claro. El mundo que se viene ya no será el de la Pax Americana. Muy por el contrario, Estados Unidos se convertirá en uno más dentro del concierto de los grandes. O para citar a Bruce Jones, “no longer the CEO of Free World Inc., the United States is now the largest minority shareholder in Global Order LLC”[4].

¿Qué vemos en los últimos años?

Que la Doctrina Monroe comienza a perder vigencia[5]. Que la unipolaridad está deteriorada. Que aparecen nuevos actores: los movimientos sociales, la contra-cumbre de Seattle, los BRICS, demuestran que el mundo se enfrenta a cambios profundos. Las acciones unilaterales en el Golfo y el “éxito” estadounidense de Kosovo, son cosa del pasado. Dados estos cambios ¿cómo es el presente?

De acuerdo a Joseph Nye[6], el patrón actual de distribución de poder puede definirse como de three dimensional chess-game. La dimensión superior, la militar, sigue siendo unipolar con centro en Estados Unidos. La dimensión intermedia, de tinte económico, es multipolar desde hace más de una década. La dimensión inferior, por su parte, refiere a los actores no estatales como banqueros, corporaciones, traficantes de armas, terroristas o hackers. Es aquí donde la difusión de poder es más visible y donde la hegemonía de Estados Unidos se encuentra más amenazada.

Estos indicios nos llevan a cuestionar el verdadero alcance de la unipolaridad. Si bien de sesgo realista[7], la pregunta por la distribución de capacidades y el sistema internacional, resulta útil. En este sentido, Bruce Jones señala tres aspectos que marcan un cambio en el orden internacional: el incremento de la demanda de recursos naturales en países como China e India, la presión de los países emergentes para aggiornar las organizaciones internacionales, y un cambio en el balance de poder mundial marcado por la “vuelta de Asia”.

En relación a esto último, resulta irónico que la emergencia de estas potencias se dé en un marco creado y sostenido por los Estados Unidos[8]. Brasil, Rusia, India y China dicen sí a la Globalización. Son parte del sistema y no lo cuestionan de fondo. El cuestionamiento al sistema internacional es de forma.

Pero, ¿desde cuándo se cuestiona al sistema internacional?

La Crisis Financiera Internacional de 2008, la Guerra de los 5 días entre Rusia y Georgia, y el ocaso de la Doctrina Monroe, marcan un quiebre en el sistema. De todos ellos, y en palabras de Adam S. Posen, “the global financial crisis of 2008-9 represents a challenge to this world order”[9]. En otras palabras, es la Crisis Financiera la que marca el verdadero punto de inflexión entre un momento y otro del sistema internacional.

Estos “eventos catalizadores”[10] conducen a lo que David P. Calleo denomina “de-legitimation of US leadership”[11]. A partir de ellos, la posición de Estados Unidos ha sufrido un leve deterioro. Como bien señalara Joseph Nye en The Paradox of American Power[12], Estados Unidos está fuerte en lo militar, pero constreñido y limitado en lo económico. Si a ello se le suma la Crisis de 2008, la paradoja es más relevante: demasiado poder militar en un país sacudido por el shock financiero, no alcanza para mantener una posición hegemónica.

La Crisis Financiera de 2008 no sólo puso en jaque el poder relativo de Estados Unidos. También llevó a repensar el alcance del orden económico actual, del capitalismo y de la Globalización. Si para muchos se trata de un proceso irreversible y hasta necesario[13], para otros, como Chris Hedge, la Globalización no es más que un proceso agotado a punto de colapsar. Y que, entre otras cosas, ha traído beneficios a una pequeña élite en detrimento de la gran mayoría de las personas[14].

Sea como sea, la crisis del orden económico es también la crisis del orden político. Mientras Estados Unidos sufría el shock financiero, China e India le salían al paso y lograban capearlo con éxito. La manifestación política inmediata fue la percepción generalizada, aunque no novedosa, de un nuevo orden global.

De acuerdo a Barry Posen, dos son los escenarios posibles que se abren a partir de ahora[15]. Por un lado, un mundo bipolar con centro en Estados Unidos y China. Y por el otro, un mundo multipolar caracterizado por la presencia de las potencias emergentes de los últimos años.

La primera hipótesis resulta bastante plausible. En palabras de Adam Posen, “none of the rising countries, except perhaps China, can even think in terms of rivaling America in all the dimensions that characterize a hegemon”[16]. Es decir, sólo China posee una economía, una demografía, una estabilidad monetaria y una proyección de poder lo suficientemente importante para rivalizar con Estados Unidos. Por si fuera poco, el gigante asiático posee la voluntad política de constituirse en potencia y ser un global player. Sobre este punto, David Shambaugh señala: “China is particularly interested in redistributing power and influence from North to South, and in this regard can be considered a revisionist actor in international affairs”[17].

El otro escenario posible es un mundo multipolar. En él, los “países ballena”[18], y en particular, los BRICS, presentarían una amenaza al comportamiento unipolar de los Estados Unidos. Caracterizados por ser Estados fuertes, con líderes visibles y una política exterior pragmática[19], estos países pueden cambiar la distribución de poder actual.

Son varios los elementos que nos permiten visualizar la emergencia de Brasil, Rusia, India y China. Esta emergencia se manifiesta en la influencia que ejercen los BRIC en diferentes áreas. De acuerdo a Bruce Jones, tres son las dimensiones donde esta influencia es más notoria: la vecindad o el barrio de cada uno de los BRICS, los organismos internacionales, y las percepciones de los líderes globales sobre la “shadow of the future” que amenaza a Estados Unidos[20].

El escenario de la multipolaridad presenta, sin embargo, algunos interrogantes. Cómo calibrar el poder relativo de los Estados es uno de ellos. En este sentido, Barry Posen señala que más que el poder autónomo de cada Estado, lo que habrá de tenerse en cuenta es el poder de las coaliciones.

Así es. El aislamiento será una situación de peligro para los Estados en un eventual mundo multipolar. Como consecuencia, éstos prestarán más atención a las coaliciones y a la manera en la que cada Estado se alía con otro. El corolario de este sistema será, para Barry Posen, un mundo en el que “diplomacy becomes a respected career”[21].

 Ahora bien, ¿quién es quién en el mundo multipolar? De acuerdo a varias proyecciones, el ascenso de los BRIC es el principal impulsor de la multipolaridad. Cada uno de estos países posee un inventario de capacidades que los podría convertir en futuros polos de poder.

China, de acuerdo a Rajam Menon, posee una población que excede en mil millones de habitantes a la de Estados Unidos, además de un territorio más amplio. Por si fuera poco, cuenta con la mayor cantidad de reservas de divisas del mundo. India, si bien sacudida por problemas sociales de larga data, es propietaria de un sector de tecnología de punta y de la segunda población del mundo. Rusia, además de ser la dueña del arsenal nuclear más grande del planeta, es el primer productor mundial de gas y el segundo de petróleo[22]. Brasil, aunque más modesta que las otras tres, es una potencia con ingentes recursos naturales y una población de doscientos millones de habitantes.

La emergencia de estas potencias obliga a repensar el armado de las organizaciones internacionales. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, por citar un ejemplo, ha mantenido intacta su estructura desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Como bien señala David P. Calleo, “the UN, given its present configuration, has little chance of evolving into the global concert of great powers that the plural world of the twenty-first century should have”[23]

Los escenarios bipolar y multipolar son una posibilidad en el mundo que viene. Y también un punto a tener en cuenta para los estrategas estadounidenses. Otros autores, no obstante, señalan que la principal amenaza para los Estados Unidos no serán otros Estados. Muy por el contrario, “the greater threat may come from modern barbarians and nonstate actors”[24]. En otras palabras, en un mundo caracterizado por la difusión de la información y la erosión del poder estatal, la amenaza residirá en grupos no estatales: terroristas, corporaciones y narcotraficantes.

A pesar de todo, está claro que la posición de Estados Unidos sigue siendo bastante holgada. En este sentido, cabe recordar que Estados Unidos goza de un amplio margen de superioridad frente a las otras naciones, tanto en términos militares como económicos. Como bien señala Barry Posen, “America has the global diplomatic and military presence –and the diplomatic and military skills- necessary to manage and sustain a truly global foreign policy”[25].

Lo descrito hasta ahora nos permite suponer que tarde o temprano habrá una transición. Sin embargo, nada de lo dicho nos ilumina sobre el modo en qué se producirá la transición. ¿Será pacífica? ¿Será violenta? ¿Habrá guerra?

Sobre este punto existen posturas encontradas. Mientras que para algunos la transición será pacífica, para otros inevitablemente acarreará conflicto. Charles Glaser lo explica para el caso del auge de China[26], pero bien podría aplicarse a la emergencia de los BRIC. Mientras los liberales son más optimistas y hablan de intereses en común, los realistas auguran competencia y balance de poder entre los polos. Cada punto de vista tiene implicancias directas sobre el resultado de la transición. Unos dirán que el doux commerce lo solucionará todo y que la conflictividad será atemperada por la interdependencia. Otros, de cuño más realista, diagnosticarán problemas y hablarán inclusive de conflicto armado.

Sobre el modo de la transición, pacífica o violenta, son varios los académicos que han tratado el tema. Para Erik Gartzke, por ejemplo, es crucial la transparencia en la información sobre la distribución relativa de las capacidades de los países[27]. Sólo reduciendo la incertidumbre y aumentando el caudal de información, es que Estados Unidos garantizará al mundo una transición pacífica. Otros, como Bruce Jones, sostienen que tres son las estrategias que Estados Unidos debe implementar para evitar un G-Zero scenario o conflicto armado entre potencias[28]: cooperación en finanzas internacionales y desarrollo, negociación de reglas de regulación económica y energética, e inversión en herramientas de administración de crisis y conflictos. 

El mundo que vendrá

Hasta ahora sólo hablamos de cambios en el sistema internacional. De escenarios posibles. De la transición y de los modos que podría adoptar. Sin embargo, no nos referimos a los grandes problemas que el mundo enfrentará en materia ambiental, económica o energética.

Para zanjar esta inquietud, volvamos sobre el texto de Evans, Jones y Steven. Para los autores, los issues de Agenda Internacional se aglutinarán en torno a dos grupos. Por un lado, los asuntos de political economy. Y por otro, los de security[29].

Entre los de political economy, Evans, Jones y Steven destacan cuatro: demografía (urbanización y crecimiento poblacional), escasez de recursos (energía, alimentos, tierra y agua), cambio climático, y cooperación económica. Por su parte, en el grupo de los asuntos de security, los autores ubican: seguridad nuclear, bioseguridad, Estados fallidos, y terrorismo.

Está claro que éstos no son todos los issues de Agenda. Sin embargo, nos brindan una aproximación del mundo que vendrá. Seguramente que la Globalización traerá consigo nuevos problemas. Y seguramente surgirán reacciones encontradas a cada una de las globalizaciones que acontezcan de aquí en adelante.

En este sentido, es crucial reconocer que la Globalización no es buena ni mala per se. Tanto las posturas que resaltan sus bondades como las que ven en ella sólo desastre y miseria, pecan de miopía intelectual. Lo más justo sería admitir que se trata de un proceso irreversible con el que debemos aprender a convivir. En este orden de cosas, resulta ilustradora la propuesta que Alex Evans, Bruce Jones y David Steven esgrimen en Confronting the Long Crisis of Globalization[30].

¿Qué dicen los autores?

Que el sistema internacional, tal como lo conocemos en la actualidad, es defectuoso. Que para lidiar con este sistema hay que identificar los riesgos globales. Una vez señalizados estos riesgos, sostienen, debe procederse a elaborar una doctrina del riesgo.

La elaboración de una doctrina del riesgo implica algo más que el reconocimiento de los asuntos de Agenda. Implica, antes que nada, que los Gobiernos implementen una serie de mecanismos de contención de los riesgos. Que tomen conciencia de los mismos, que se agrupen en organizaciones, que busquen oportunidades para colaborar, y que piensen sus estrategias en función del conjunto del sistema. 

Conclusión

Para concluir, quisiera volver sobre la metáfora que Evans, Jones y Steven utilizan para referirse al mundo de los próximos años. Como en un bote que navega por aguas turbulentas, estamos en problemas. Nuestra función como actores del sistema internacional es sortear la corriente. Para lograrlo, hay que reconocer que la Globalización ha traído prosperidad a costa problemas que requieren de una solución inmediata. Como bien señala Chris Hedges, la Globalización ha creado “a world that is defined exclusively by naked self-interest”[31]. Estará en nosotros, en cada uno de los remeros, cambiar el rumbo del bote y construir un mundo donde prime la cooperación y el entendimiento mutuo. “The direction of the boat depends not on the weakest rower, nor on the strongest, but on the efforts of all the rowers”[32].

Ojalá lleguemos a buen puerto.


[1] James, H. 2011. International order after the financial crisis. International Affairs 87 (3): 525.

[2] Jacques, M. 2009. When China rules the world: The End of the Western world and the Birth of a New Global Order. New York: Penguin Press.

[3] Nye, J. S. 2010. The future of American Power. Foreign Affairs 89 (6): 2.

[4] Jones, B. 2011. Largest Minority Shareholder in Global Order LLC: The Changing Balance of Influence and U.S. Strategy.  Foreign Policy at Brookings, Policy Paper n.25, mar. 2011.

[5] Cataife, M. Clase tutorial de Agenda Internacional, 26/5/2011, Universidad de San Andrés.

[6] Nye, J. S. 2010. The future of American Power. Foreign Affairs 89 (6): 2.

[7] Posen, B. 2009. Emerging Multipolarity: Why should we care? Current History 108 (721): 347.

[8] Jones, B. 2011. Largest Minority Shareholder in Global Order LLC: The Changing Balance of Influence and U.S. Strategy.  Foreign Policy at Brookings, Policy Paper n.25, mar. 2011: 4.

[9] Posen, A. 2009. Who Will Sustain Globalization. Current History 108 (721): 381.

[10] Expresión utilizada en numerosos artículos de política internacional por el académico argentino Juan Gabriel Tokatlian.

[11] Calleo, D. 2009. How to Govern a Multipolar World. Current History 108 (721): 361.

[12] Nye, J. S. 2002. The Paradox of American Power: Why the world’s only superpower can’t go it alone. Oxford: OUP.

[13] Evans, A., Johns, B., Steven, D. Confronting the Long Crisis of Globalization. Risk, Resilience and International Order. Managing Global Insecurity, Brookings CIC, Ene 2010: 5.

[14] Revista Truthout. “The Collapse of Globalization”. Sitio web: http://www.truth-out.org/the-collapse-globalization68839

[15] Posen, B. 2009. Emerging Multipolarity: Why should we care? Current History 108 (721): 348.

[16] Posen, A. 2009. Who Will Sustain Globalization? Current History 108 (721): 383.

[17] Shambaugh, D. A New China Requires a New US Strategy. Current History 109 (728): 222.

[18] Expresión utilizada en numerosos artículos de política internacional por el académico argentino Fabián Calle para referirse a los países de gran tamaño.

[19] Cataife, M. Clase tutorial de Agenda Internacional, 26/5/2011, Universidad de San Andrés.

[20] Jones, B. 2011. Largest Minority Shareholder in Global Order LLC: The Changing Balance of Influence and U.S. Strategy.  Foreign Policy at Brookings, Policy Paper n.25, mar. 2011: 5.

[21] Posen, B. 2009. Emerging Multipolarity: Why should we care? Current History 108 (721): 350.

[22] Menon, R. 2009. Pax Americana and the Rising Powes. Current History 108 (721): 354.

[23] Calleo, D. 2009. How to Govern a Multipolar World. Current History 108 (721): 364.

[24] Nye, J. S. 2010. The future of American Power. Foreign Affairs 89 (6): 2-3.

[25] Posen, B. 2009. Emerging Multipolarity: Why should we care? Current History 108 (721): 347.

[26] Glaser, C. 2011. Will China’s rise lead to war? Foreign Affairs 90 (2): 80.

[27] Gartzke, E. 2009. Power Shuffle: Will the coming transition be peaceful? Current History 108 (721): 374-5.

[28] Jones, B. 2011. Largest Minority Shareholder in Global Order LLC: The Changing Balance of Influence and U.S. Strategy.  Foreign Policy at Brookings, Policy Paper n.25, mar. 2011: 10.

[29] Evans, A., Jones, B., Steven, D. Confronting the Long Crisis of Globalization. Risk, Resilience and International Order. Managing Global Insecurity, Brookings CIC, Ene 2010: 21-22.

[30] Evans, A., Jones, B., Steven, D. Confronting the Long Crisis of Globalization. Risk, Resilience and International Order. Managing Global Insecurity, Brookings CIC, Ene 2010: Preface.

[31] Revista Truthout. “The Collapse of Globalization”. Sitio web: http://www.truth-out.org/the-collapse-globalization68839

[32] Barrett, S. 2007. Why Cooperate? The incentive to supply global public goods. Oxford: OUP.


RESEÑA: “La ciudad letrada” de Ángel Rama

16/12/2010

Ángel Rama: uruguayo, escritor y crítico literario de fuste. Profesor universitario en Europa y Estados Unidos. Fundador y director de la Biblioteca Ayacucho. Maestro de generaciones. Viajero. Errante. Intelectual.

Muchas cosas pueden decirse de Ángel Rama. Más aún, de una de sus obras emblemáticas: La ciudad letrada. Publicado póstumamente, La ciudad letrada es un texto fundamental, precursor de las tendencias críticas que ocuparán los estudios latinoamericanos de los años siguientes[1]. Entre otros, los estudios culturales y post-coloniales, espaciales y urbanísticos, y, particularmente, la historia de los intelectuales. Como bien señala Hugo Achugar en el Prólogo[2], este texto constituye una lectura orgánica del proceso histórico-cultural de América Latina. Esta particularidad lo diferencia de miradas fragmentarias de la cultura latinoamericana de ayer y hoy.

Más específicamente, la Ciudad Letrada es un recorrido por la representación del intelectual en Hispanoamérica. Un recorrido que comienza con la Conquista y termina en los primeros años del siglo XX. Una indagación en la trayectoria del letrado durante algo más de cuatrocientos años.

Múltiples son las lecturas que pueden hacerse sobre un texto tan complejo como éste. Las referencias de Rama no se agotan en la crítica literaria. Temas urbanísticos, sociales y culturales, inclusive económicos, se mezclan de manera azarosa en La ciudad letrada. No obstante, hay una problemática que cruza transversalmente cada uno de los capítulos. La problemática de la letra y el poder, de las relaciones entre los letrados y las estructuras de poder, está presente desde la primera a la última línea de La ciudad letrada.

Ahora bien, ¿cuál es la relación entre la letra y el poder? Muy sucintamente, Rama lo explica en el segundo capítulo del texto. A los intelectuales les correspondía enmarcar y dirigir a las sociedades coloniales[3]. El poder de los intelectuales, de los letrados de la Colonia, residía en el dominio de la palabra escrita en una sociedad analfabeta. Los intelectuales eran la burocracia estatal que pasaba en limpio y ejecutaba las órdenes de la Corona.

Estos intelectuales conformaban La ciudad letrada. Por si no quedara claro, Rama vuelve a insistir en la función crucial de esta pléyade de religiosos, administradores, educadores, profesionales, escritores y múltiples servidores intelectuales, todos esos que manejaban la pluma, [los cuales] estaban estrechamente ligados a las funciones de poder[4].

El dominio de la palabra escrita confería poder. Más aún, si pensamos en algunos de los planteos presentes en el primer capítulo. Al hablar de la Conquista de América Latina, de la fundación de ciudades, Rama alude a la función de los signos y de las palabras. Sobre estas últimas, afirma que sirven para crear un orden nuevo. La creación de ciudades, de un ordenamiento urbano, de una jerarquía social, requiere la legitimación de códigos, edictos y leyes. Requiere de la palabra escrita y de un grupo social capaz de ejercerla: los letrados.

La palabra escrita era la condición sine qua non del ordenamiento de la ciudad. No era posible concebir la ciudad colonial sin sus leyes, sin su Administración o sin su jerarquía eclesiástica. Por otro lado, los signos y las palabras servían como mecanismos de conservación del poder. En esta línea, Rama destaca cómo determinados signos espaciales, además de la palabra escrita, actuaban como aliados del statu quo. [Se debe garantizar que] la distribución del espacio urbano asegure y conserve la forma social, señala el intelectual uruguayo en el primer capítulo[5]. La distribución de los solares en el damero colonial ilustraba bastante sobre las relaciones de poder entre la gente decente y el resto de la sociedad colonial.

El poder del signo y la palabra era tal que Rama llega a sostener que ambos, contrariamente a lo que dicta el sentido común, no representan lo real, sino que lo crean. Desde el siglo XVI, el dominio de la palabra y de los signos permitieron “crear” ex nihilo, es decir, de la nada. Con ello se daba por hecho que antes la llegada del idioma español no había lengua. En vez de representar la cosa ya existente mediante signos, éstos se encargaban de representar el sueño de la cosa. El sueño de un orden servía para perpetuar el poder y conservar la estructura socio-económica y cultural que ese poder garantizaba[6]. El sueño de un orden, de una ciudad en el Nuevo Mundo, requería, una vez más, del dominio de la palabra escrita. De la capacidad de redactar actas fundacionales, de elaborar un corpus de leyes y edictos, y de proyectar por escrito las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Sin estas condiciones, el sueño de una ciudad hubiera sido una quimera. De ahí la importancia de los letrados.

La ciudad letrada es, antes que nada, un texto sobre la relación entre la palabra escrita y el poder. Pero también es un texto sobre los actores que dominaron la palabra escrita ayer y hoy, durante la Conquista y a comienzos del siglo XX. En definitiva, es un texto sobre los intelectuales. Sobre aquellos intelectuales que Rama denomina de manera distinta conforme avanza el tiempo histórico, pero que en esencia son los que consumen y producen textos. “Letrados” para la Colonia, “escritores” para la Modernidad, inclusive “ideólogos”, lo que el texto marca es una línea de continuidad entre ellos y su vinculación con el poder. Por ello la necesidad de comprender su evolución, la trayectoria que va desde el letrado colonial hasta el escritor de comienzos del siglo pasado.

La época colonial estuvo signada por diferencias garrafales entre el grupo dirigente y el resto de la sociedad. A los intelectuales, ubicados entre los primeros, les competía el subsidiario absoluto que ordenaba el universo[7].  En este contexto, la propiedad y la lengua delimitaban la clase dirigente. Las similitudes con ciertos comportamientos del período de consolidación estatal en América Latina son evidentes. También las clases dirigentes del Río de la Plata y Santiago de Chile[8] utilizaban la lengua como delimitadora de clase. En estos contextos, el francés era utilizado como lingua franca de una élite que aborrecía el español. El cual era visto como la lengua de la gente no decente, es decir, de la gran mayoría de la sociedad.

A pesar de todo, el dominio de la élite letrada comenzará a ser cuestionado con el correr de los años. Mucho antes de los procesos de emancipación, aparecerán los graffiti. Estos se presentarán como un género contestario y opuesto a la escritura oficial. Es la primera evidencia concreta de una lucha de poder en torno al dominio de la palabra escrita. Los graffiti atestiguan autores marginados de las vías letradas, muchas veces ajenos al cultivo de la escritura, habitualmente recusadores, protestatarios e incluso desesperados[9].

La respuesta de la ciudad letrada no se hará esperar. La reforma ortográfica de la lengua española vendrá a zanjar la brecha entre la ciudad letrada y la ciudad real. Es decir, entre la escritura oficial de los letrados y la lengua hablada por el resto de la sociedad. Frente a ello, la ciudad letrada incorporará nuevas palabras, pero siempre con los moldes y las estructuras de la élite letrada. Con ello, no hará más que reacomodarse a una situación histórica que la había dejado en offside.

A pesar de los esfuerzos por conservar su poder, la ciudad letrada sufrirá un duro revés en el siglo XIX.  La Modernización significará el fin del monopolio de la élite letrada colonial. La expansión de la alfabetización, el surgimiento de diarios y revistas, la prensa, el crecimiento de un público crítico y consumidor de textos[10], terminará con la hegemonía de los antiguos hombres de letras. La emergencia de una nueva época, marcada por la emergencia de nuevos actores sociales, cambiará las relaciones entre letra y poder. Un sector recientemente incorporado a la letra desafía el poder: la incipiente clase media[11].

Una vez más, la ciudad letrada actuará con presteza. Ante el avance de la educación de masas que amenaza su poder, la ciudad letrada se institucionaliza. Es en este momento cuando surgen las primeras Academias de la Lengua. Su aparición fue la respuesta de la ciudad letrada a la subversión que se estaba produciendo en la lengua por la democratización en curso, dirá Rama al promediar el cuarto capítulo[12].

Sin embargo, no serán las Academias la Lengua los únicos mecanismos que los letrados utilizarán para conservar su poder. La democratización de la educación, acompañada del Modernización y la urbanización, había producido cambios sustanciales en las profesiones del intelectual. El viejo letrado devenido escritor pasará a formar parte de editoriales, trabajará en el periodismo o se abocará a la escritura en producciones culturales independientes.

En este punto, es posible adivinar dos fenómenos. En primer lugar, el tipo de validación del escritor moderno. Esta validación dejará de ser política y comenzará a ser estética. Como consecuencia de la especialización, el viejo letrado asociado al poder estatal pasará a ser o bien “político” o bien “escritor”. En consecuencia, ser escritor en la Modernidad implica ser artista, lo cual no es lo mismo que hacer política.

En segundo lugar, y más importante aún, está el hecho de la desmonopolización estatal de la palabra escrita. El Estado, después de cuatrocientos años de monopolio letrado, dejará de ser el ámbito por excelencia de la producción de textos. La lucha por el control de la palabra escrita terminará por descentralizar su dominio, por ubicarlo tanto en la esfera del Estado como en la del mercado. Con ello, no sólo se reconfigurarán las relaciones entre Estado y sociedad civil, sino también entre intelectuales, entre intelectuales y público, y entre letra y poder.

Prueba de ello son las tres últimas páginas de La ciudad letrada. Allí Rama identifica las transformaciones que se produjeron en el mundo de los intelectuales en este último tiempo. Lo curioso es que todas estas transformaciones se plantean como una antítesis de las primeras páginas del libro. La incorporación de doctrinas sociales como el anarquismo, el autodidactismo y el profesionalismo, son el reverso de la moneda de la ciudad letrada. El anarquismo como negación del Estado letrado, el autodidactismo como posibilidad de incorporar la palabra escrita sin la prótesis del letrado-intérprete y el profesionalismo como posibilidad de vivir y dedicarse a la escritura, o al menos en parte.

La ciudad letrada es un texto que permite cientos de lecturas. Las relaciones entre la letra y el poder es tan sólo una de ellas. También nos permite pensar ciertos fenómenos, como la especialización y la profesionalización del letrado-escritor, desde coordenadas estructurales. Esto con el aditamento de ver al intelectual del cambio de siglo como algo más que un engranaje del aparato estatal. Es decir, como un sujeto autónomo que encuentra su posición en el mercado como periodista, articulista o colaborador en una editorial.


[1] Colombi, Beatriz. “La gesta del letrado (sobre Ángel Rama y La ciudad letrada)”. Universidad de Buenos Aires. Pág. 1

[2] Rama, Ángel. 1998. La ciudad letrada. Montevideo, Arca. Pág. 7

[3] Rama, Ángel. 1998. La ciudad letrada. Montevideo, Arca. Págs. 34 y 35

[4] Rama, Ángel. 1998. La ciudad letrada. Montevideo, Arca. Pág. 32

[5] Rama, Ángel. 1998. La ciudad letrada. Montevideo, Arca. Pág. 20

[6] Rama, Ángel. 1998. La ciudad letrada. Montevideo, Arca. Pág. 23

[7] Rama, Ángel. 1998. La ciudad letrada. Montevideo, Arca. Pág. 31

[8] Vicuña, Manuel. La Belle Époque chilena. Alta sociedad y mujeres de elite en el cambio de siglo. Santiago de Chile: Sudamericana, 2001. Capítulo 1: “Santiago y la elite nacional”. Págs. 23-75.

[9] Rama, Ángel. 1998. La ciudad letrada. Montevideo, Arca. Pág. 50

[10] Hale, Chales. Las ideas políticas y sociales en América Latina, 1870-1930. En Bethell, L (ed.), Historia de América Latina. Barcelona: Crítica, 1990. Págs. 1-64

[11] Rama, Ángel. 1998. La ciudad letrada. Montevideo, Arca. Pág. 61

[12] Rama, Ángel. 1998. La ciudad letrada. Montevideo, Arca. Pág. 68


ENSAYO: “Las ciudades latinoamericanas y la Modernidad”

16/12/2010

Aclaración: escribí este ensayo en el marco del curso Historia Latinoamericana de la Universidad de San Andrés. Agradezco a Eduardo Zimmermann y Paula Bruno por el ímpetu que me dieron para reflexionar  sobre la Modernidad, las ciudades y la consolidación de los aparatos estatales en América Latina.

Un joven que hubiera nacido hacia 1860 en Buenos Aires, México, Rio de Janeiro o Santiago de Chile, que hubiera partido hacia los diez años a Europa, y que finalmente hubiera vuelto a su ciudad natal en el ocaso de su vida, no la habría reconocido. O al menos le hubiera costado tanto reconocerla como quienes fueron experimentando los cambios in situ.

Lo cierto es que hacia mediados de siglo América Latina estaba estancada económicamente y su población crecía poco o nada[1]. Cincuenta años después, ya había duplicado su población.

El crecimiento demográfico es, en muchos casos, un buen indicador del crecimiento económico. Sánchez Albornoz señala que el incremento de la población estuvo asociado en gran medida al crecimiento de las exportaciones agrícolas. Fueron estas exportaciones las que impulsaron los servicios y el crecimiento de los mercados nacionales[2].

El crecimiento ligado a la exportación de productos primarios fue, como bien indica James Scobie, un fenómeno que se manifestó fundamentalmente  en el desarrollo urbano de América Latina[3]. Las ciudades fueron la cara visible de este proceso que se dio en el marco de la consolidación de los aparatos estatales. Dice bien José Luis Romero al señalar que no sólo cambió la fisonomía de la ciudad, sino también su estructura social. Creció y se diversificó su población, se multiplicó su actividad, se modificó el paisaje urbano y se alteraron las tradicionales costumbres y las maneras de pensar de los distintos grupos de las sociedades urbanas[4].

Los cambios físicos empezaron desde la plaza central. Las familias de clase alta –las que solían llamarse “las de la plaza” – empezaron a emigrar en un movimiento inverso al de los sectores populares que ocupaban las grandes residencias transformándolas en conventillos o callejones[5]. En la periferia levantaron residencias donde podía apreciarse el gusto por lo europeo y la imitación. Estas viviendas, construidas en el más exquisito estilo francés o de renacimiento italiano, fueron una de las tantas maneras de ostentar el status de las nuevas burguesías. Como bien señala Jeffrey Needell[6], hay en ello un doble mecanismo en relación al espacio público. Por una parte, lo privado se hace público, puesto que la vivienda, ámbito de lo privado, simboliza el estatus social, el cual es de conocimiento público. Por otra parte, el espacio público se “privatiza”, ya que ciertos sectores de la ciudad como la Recova en Buenos Aires o la Alameda en Santiago, quedan socialmente “reservados” para la elite dirigente.

Sin dudas que el cambio más notable de las ciudades latinoamericanas se dará en su fisonomía. La burguesía europeizada de Buenos Aires, Rio o Santiago, encantada por la París de Haussmann, por sus anchas avenidas, por sus parques, por sus monumentos y por sus servicios de todo tipo, hará uso de la pica para terminar con la ciudad colonial y crear una a la medida de las circunstancias. La entrada a la Modernidad  supondrá, para América Latina, un “comportamiento sofisticadamente ostentoso”[7] de sus burguesías. Así, Torcuato de Alvear en Buenos Aires, Vicuña Mackenna en Santiago o Pereira Passos en Rio, procederán a demoler las viejas estructuras, abrir nuevas calles, ampliar las ya existentes y a construir edificios monumentales[8].

Los cambios físicos de la ciudad estuvieron en todo momento acompañados por cambios sociales. En relación a ellos, vale la pena tener en cuenta el argumento de Zimmermann respecto a la estructura social. Esta, en palabras del historiador argentino, se compone tanto de factores objetivos como subjetivos[9]. Mientras que los primeros harían referencia a elementos más “duros” como los datos económicos o demográficos, los segundos se vincularían a la subjetividad de la experiencia de los actores en relación a estos datos duros. La dimensión subjetiva de la estructura social nos permite comprender mejor ciertas pautas de comportamiento de los actores: por qué las elites criollas se sintieron “inundadas” ante la llegada de gente extraña, por qué los sectores populares se aglutinaron en los ámbitos de trabajo, por qué constituyeron, años más tarde, gremios y sindicatos; o mejor aún, por qué las elites decidieron, comenzado el siglo XX, que era hora de abrir el juego político.

Entender las ciudades latinoamericanas después de 1870 implica entender los procesos de inmigración europea. Es sabido que no todas las ciudades recibieron la misma cantidad de inmigrantes que Buenos Aires o Montevideo. No obstante, la llegada de un número considerable de europeos a América Latina modificó de manera definitiva la estructura social de las ciudades, sobre todo las de aquellas que James Scobie llama “ciudades primadas”[10].

Las inmigraciones que cambiaron la configuración social de las ciudades responden a múltiples causas. Quizá sea José Moya quien mejor las desarrolla al destacar las cinco dimensiones –o revoluciones– que impulsaron la llegada de españoles a la Argentina[11]. No obstante, su lectura de la inmigración, macro-estructural por cierto, debe ser completada con lo que Eduardo Zimmermann denomina “dimensión microsocial” de las causas de la inmigración[12]. Es decir, con el estudio de las redes y patrones de asentamiento de los inmigrantes. Dejando de lado la discusión sobre las causas de la inmigración, no cabe duda que se trata de un tópico fundamental para entender la transformación de las ciudades en el cambio de siglo.

Ahora bien, dado los cambios fisonómicos y sociales la ciudad latinoamericana, ¿Cómo se comportaron sus actores? ¿Cuáles fueron sus prácticas? O en otras palabras, ¿qué rol desempeñaron la burguesía y los sectores populares en la nueva configuración social?

Para responder estos interrogantes, se hace necesario empezar por los actores ligados al proceso de construcción estatal, es decir, los grupos de la elite. De extracción criolla y en su mayoría ligada al funcionariado público y al comercio, la elite latinoamericana, atravesada por enfrentamientos intestinos desde la Independencia hasta bien entrado el siglo XIX, logró estabilizarse hacia 1870. Esta estabilización implicó cierto consenso en torno a los objetivos de construcción estatal y sobre la “invención de una nación”[13].

La necesidad de consolidar el Estado y de inventar la nación urgió en todos los países latinoamericanos. Sin embargo, fue más acuciante en aquéllos donde la inmigración había sido más intensa. Este es el caso de la Argentina o del Uruguay, países en los cuales la elite debió afrontar el desafío de crear una identidad común en una sociedad de mezcla. En esta línea se inscribe el argumento de Diana Sorensen[14] sobre la construcción de mitos nacionales. Argentina, sociedad inmigratoria por excelencia, tuvo que capear el problema de la mezcla como disolvente de la identidad nacional. Con este fin, la elite argentina apeló a la inversión de la dicotomía sarmientina de civilización-barbarie. Esta inversión implicaba revalorizar lo rural y lo gaucho frente a lo urbano y lo extranjero, vistos los últimos como sinónimos de corrupción y volatilidad. Otra vez, la ciudad latinoamericana aparece ligada a los procesos de construcción de identidad, aunque ahora por la negativa.

La invención de la nación también fue un problema para sociedades como Chile, Perú, Venezuela o México, por citar algunos ejemplos. En el caso chileno, como demuestra Ibarra[15], la construcción de la identidad debió operar sobre una sociedad polarizada y dicotómica. En Chile, la invención de una identidad partió de la dimensión material y simbólica elaborada por la elite. Esto la diferenció notablemente de la construcción argentina, en la cual se apeló a lo popular y a lo gaucho. En países como Perú, donde la presencia indígena era más fuerte, se debió pensar en modelos que incluyeran a la gran mayoría de la población de ascendencia incaica. Este es el caso que trabaja Antoinette Molinié en un excelente artículo sobre las representaciones indígenas en la invención de la nación peruana[16].

Por otro lado, la construcción del Estado-nación implicó que las elites liberales de fines del XIX subordinaran a actores sociales de peso. Tanto la Iglesia[17] como el Ejército representaron dos arduos desafíos para las elites. En vistas de este objetivo, y teniendo en cuenta el factor inmigratorio como desafío a la invención de la Estado nacional, Fernando Devoto enumera los tres instrumentos a los que apelaron las elites para consolidar el Estado: el servicio militar obligatorio, la educación compulsiva y el voto obligatorio como parte del proceso de apertura política[18].

Otro problema que debieron sortear las elites en relación a la construcción estatal fue el de la ciudadanía. Siguiendo a Hilda Sabato[19], las elites se vieron obligadas a imponer un concepto moderno y liberal de lo que implicaba ser ciudadano. Este concepto, a diferencia de otros más colectivos, clásicos o republicanos, colocaba al individuo en el centro de la comunidad. Como señala la autora, el concepto de ciudadanía estuvo estrechamente ligado a la construcción de la nación, puesto que era la ciudadanía la que otorgaba pertenencia a una comunidad nacional.

Paralelamente a la consolidación de los Estados en América Latina, otros procesos tenían lugar en las ciudades. La modernización artística y literaria era uno de ellos. En relación a ella, Rama dirá que es consecuencia de la modernización económica y social[20]. En otras palabras, la Modernización vendría a ser, para el intelectual uruguayo, producto de coordenadas estructurales. No obstante, sería erróneo pensar a los procesos de modernización artística sólo como consecuencia de las fuerzas del mercado y el cambio social. En este sentido, cabe traer a colación el argumento de Mauro Guillén sobre el desarrollo del modernismo en América Latina[21]. Al respecto, el autor señala que el Modernismo como corriente arquitectónica es producto del impulso estatal antes que del desarrollo socio-económico de los países.

A pesar de todo, fueron los procesos de apertura política los que recalentarán el termostato de las ciudades y las relaciones entre sus actores: la élite, los trabajadores y los emergentes sectores medios. De todos ellos, serán los trabajadores y sus movimientos obreros los que más cuestionarán el orden existente. Insuflados por la corriente fresca del levantamiento revolucionario en México y de la Revolución bolchevique en Rusia, representarán una amenaza para la consolidación del Estado. Siguiendo a Hall y Saplding, será el proletariado urbano ligado al sector exportador, puertos y ferrocarriles, el que mayores dolores de cabeza producirá a la elite dirigente[22]. De todas maneras, las formas más contestatarias de representación obrera, como el anarquismo y el socialismo ortodoxo, con el tiempo serán reemplazadas por corrientes más afines a la negociación político-sindical de un aparato estatal ya consolidado: el sindicalismo puro, el anarcosindicalismo o sindicalismo revolucionario.

Pocas dudas caben que el tránsito a la Modernidad y las ciudades son una y la misma cosa. Como señala Adrián Gorelik, “debatir lo Moderno en América Latina es debatir la ciudad”[23]. Es la ciudad el producto más acabado de la Modernidad, y, al mismo tiempo, el mejor artefacto para inventarla y perfeccionarla. Sólo en ella los rasgos salientes de la Modernidad alcanzan su desarrollo más pleno: la consolidación de los aparatos estatales, la modernización artística y literaria, la emergencia de los sectores medios, de la sociedad de masas, y un sinfín de etcéteras que hacen a las sociedades en las que vivimos.

Está claro. Si el joven nacido hacia 1860 en Buenos Aires, Rio de Janeiro, México o Santiago de Chile hubiera vuelto a su ciudad natal en el ocaso de vida, no la habría reconocido. La Modernidad había atravesado cada uno de los rincones de su ciudad. Desde la fisonomía hasta la estructura social, pasando por la literatura, la arquitectura y el arte, todo había sido trastocado por la mano implacable de la Modernidad.


[1] Sánchez Albornoz, Nicolás. “La población, 1870-1930”, en Bethell, L. (ed.), Historia de América Latina, Madrid, Crítica, tomo VII, pp. 106-107.

[2] Sánchez Albornoz, Nicolás. “La población, 1870-1930”, en Bethell, L. (ed.), Historia de América Latina, Madrid, Crítica, tomo VII, p. 110.

[3] Scobie, James. “El crecimiento de las ciudades”, en Bethell, L., (ed.), Historia de América Latina, Madrid, Crítica, tomo VII, p. 221.

[4] Romero, José Luis, Latinoamérica: las ciudades y las ideas, Buenos Aires, Siglo XXI, 1997, cap.6: “Las ciudades burguesas”, p.247.

[5] Romero, José Luis, Latinoamérica: las ciudades y las ideas, Buenos Aires, Siglo XXI, 1997, cap.6: “Las ciudades burguesas”, p.278.

[6] Needell, Jeffrey, “Rio de Janeiro and Buenos Aires: Public Space and Public Consciousness in Fin-De-Siècle Latin America”, en Comparative Studies in Society and History, vol. 37, núm. 3, julio de 1995, p. 539.

[7] Romero, José Luis, Latinoamérica: las ciudades y las ideas, Buenos Aires, Siglo XXI, 1997, cap.6: “Las ciudades burguesas”, p.285.

[8] Needell, Jeffrey, “Rio de Janeiro and Buenos Aires: Public Space and Public Consciousness in Fin-De-Siècle Latin America”, en Comparative Studies in Society and History, vol. 37, núm. 3, julio de 1995, p. 523.

[9] Zimmermann, Eduardo, “La sociedad entre 1870 y 1914”, en Academia Nacional de la Historia, Nueva Historia de la Nación Argentina, tomo IV, pp. 133-134.

[10] Scobie, James. “El crecimiento de las ciudades”, en Bethell, L., (ed.), Historia de América Latina, Madrid, Crítica, tomo VII, p. 212.

[11] Moya, José. Cousins and Strangers. Spanish Inmigrants in Buenos Aires, 1850-1930, University of California Press, 1998, cap. 1, “Five Global Revolutions”, pp. 13-44.

[12] Zimmermann, Eduardo, “La sociedad entre 1870 y 1914”, en Academia Nacional de la Historia, Nueva Historia de la Nación Argentina, tomo IV, pp. 135-136.

[13] Para más información sobre el concepto de “invención de la nación”, consultar Anderson, Benedict. Comunidades imaginadas: reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. México, Fondo de Cultura Económica, 1993.

[14] Sorensen Goodrich, Diana, “La construcción de los mitos nacionales en la Argentina del Centenario”, en Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, vol.24, num. 47, 1998, pp. 147-166.

[15] Ibarra, Macarena, “El Centenario: ¿un mito urbano? (Santiago de Chile 1887-1910”, en Bicentenario, vol. 4, núm. 1, 2005, pp. 141-162.

[16] Molinié, Antoinette, “La resurrección del Inca: el papel de las representaciones indígenas en la invención de la nación peruana”, Crónicas urbanas, núm. 11, 2006, pp. 77-92.

[17] Para más información sobre la relación entre Iglesia y Estado durante el siglo XIX, consultar Lynch, John, “La Iglesia católica en América Latina, 1830-1930”, en Bethell, L. (ed.), Historia de América Latina, tomo VII, Barcelona, Crítica, 1990, pp. 65-122.

[18] Devoto, Fernando, Historia de la inmigración en Argentina, (Buenos Aires, Sudamericana, 2003), cap. 6: “La inmigración de masas”, p. 277

[19] Sabato, H. (coord.), Ciudadanía y formación de las naciones. Perspectivas históricas de América Latina, México, Fondo de Cultura Económica, 1999, introducción, p. 12.

[20] Rama, Ángel, “La modernización literaria latinoamericana (1870-1910), en Hispanoamérica. Revista de literatura, año 12, núm. 6, diciembre de 1983, p. 4.

[21] Guillén, Mauro, “Modernism without Modenity: The Rise of Modernist Architecture in Mexico, Brazil and Argentina, 1890-1940”, en Latin American Research Review, vol. 39, núm. 32, 2004, pp. 6-34.

[22] Hall, M. y Saplding, H, “La clase trabajadora urbana y los primeros movimientos obreros de América Latina, 1880-1930”, Bethell, L., (ed.), Historia de América Latina, Madrid, Crítica, tomo VII, pp. 281-315.

[23] Gorelik, A.: “Lo moderno en debate: ciudad, modernidad, modernización”. En Punto de Vista, versión electrónica.


MONOGRAFÍA: “Silvio Astier aprende a ser Silvio Astier”, basada en EL JUGUETE RABIOSO, de Roberto Arlt

01/07/2010

¿Qué aprende Astier?

Es habitual pensar a la maldad como el aprendizaje de Astier en El juguete rabioso. No son pocos los lectores que al enfrentarse por primera vez con el texto, descubren en Silvio a un sujeto perverso, que progresivamente va descubriendo el mundo de lo malsano. Estas lecturas tienen su origen en tesis como las del intelectual Oscar Masotta, así como en ciertos indicios que brinda la novela.

Masotta fue un pensador de gran influencia en los sesenta. En su ensayo “Sexo y traición en Roberto Arlt”, amalgamó la hipótesis más difundida sobre el aprendizaje de Silvio Astier: la maldad. El juguete rabioso sería, entonces, una suerte de escalera que Silvio va ascendiendo hasta llegar a un rellano donde culmina su ascenso. Este rellano es lo que Masotta da a entender como “el mal”, “la maldad”. Cada uno de los escalones, que podríamos pensar como capítulos de El juguete rabioso, representan etapas o momentos del mal, cada cual más intenso  que el anterior. Visto de esta manera, crear un cañón, hacer fuego en una librería, arrojar una cerilla a un mendigo y delatar, no son más que los escalones que permiten ascender  a la Idea del Mal.

Otro aspecto que conduce a un tipo de lectura como la propuesta por Masotta, es el titulado de los capítulos. Titular “Los ladrones” al primero y “Judas Iscariote” al último, es una eficaz manera de condicionar la lectura de un lector desprevenido. El impacto que causa el adjetivo “ladrón” es fortísimo. Inmediatamente, se asocia a Silvio con un personaje fuera de la ley, resentido con la sociedad, con los otros, la gente de bien. Cabe destacar que Silvio no es un ladrón en sentido estricto, puesto que roba por placer y no para vivir. Más profundo aún es el efecto de Judas Iscariote, quien es casi por antonomasia sinónimo de traición.

Este trabajo intenta desmitificar la hipótesis de Masotta. Se propone una de vuelta de tuerca, un replanteo, de dicha hipótesis. Se busca pensar a la Identidad y NO a la Maldad como el verdadero aprendizaje de Silvio. Maldad es tan sólo un puente que conduce  al descubrimiento de la Identidad de Silvio. Veamos por qué.

La maldad, un puente que conduce hacia uno mismo

Además de los aspectos mencionados, hay un tercero que conduce a pensar en el aprendizaje de Silvio como el aprendizaje del mal.

La novela se desarrolla, principalmente, en zonas suburbanas. Los personajes descritos, comenzando por Silvio, pertenecen en su mayoría a clases marginales. Lo grotesco, asociado a la perversión del espíritu, resulta más visible en este tipo de ambientes. No obstante, no debe olvidarse que la maldad no es cualidad distintiva de los sectores populares y zonas periféricas. Hay maldad en Don Gaetano, quien es propietario y  explota  a Silvio en una librería céntrica. También hay Maldad en el personaje de Sousa, millonario que tienta con un trabajo a Astier y que luego lo ignora.

Todos estos detalles deben ser tenidos en cuenta. De lo contrario, se corre el riesgo de aceptar apresuradamente la tesis de Masotta. No es el mal algo que circunde exclusivamente el ámbito de Silvio, el barrio de Flores y las zonas por las que él transita. Hay maldad en todos los espacios y sectores sociales.

Analicemos la tesis de Masotta. Según sostiene en “Sexo y traición en Roberto Arlt”, el descubrimiento del Mal en Astier se da en forma progresiva. Primero a través de la confección de un arma, luego mediante el intento de incendio de una librería, después arrojando una cerilla a un mendigo y, finalmente, delatando al Rengo.

Si nos detenemos en cada uno de estos “tránsitos al mal”, se comprueba que no son más que etapas que conducen a un momento final, el momento en que Silvio se descubre a sí mismo. No hay maldad en sentido estricto en ninguno de estos actos, inclusive en la delación al Rengo.

Veamos el primero. Crear un cañón de juguete no deja de ser el pasatiempo de un chico aficionado a la invención. El hecho de jugar con el invento en un descampado puede ser visto apenas como una travesura de niños. Independientemente de su capacidad destructiva, el cañón es utilizado con fines recreativos. Produce placer en los chicos contemplar aquella obra de arte. “Por un momento permanecimos alelados de maravilla: nos parecía que en aquél momento habíamos descubierto un nuevo continente”[1], comenta Silvio.

El segundo acto que Masotta considera como escalón hacia la maldad es la tentativa de incendio de la librería. Pensar que no habría reacción en un personaje que es maltratado por su patrón, es irrisorio. Es lógico, entendible, e incluso justificable, el accionar de Silvio. La humillación que supone anunciar libros con un cencerro es evidente. La violencia, la tensión, la situación de hostilidad entre Don Gaetano patrón y Silvio empleado es notoria. El deseo de mejores condiciones laborales no es excluyente de Silvio, también Dio Fetente, desde la oscuridad de su lecho, le confiesa no sentirse del todo bien. “Esta casa es el Infierno, don Silvio (…). Esto es…la mujer…la comida… ¡Ah, Dio Fetente! ¡Qué casa ésta!”[2]. No debe sorprender al lector la voluntad de Silvio. Aislar la tentativa de incendio de las circunstancias penosas que le impone trabajar en la librería, es caer en un error. Es acercar la lupa al efecto e ignorar la causa.

Hay un tercer acto que Masotta piensa como progresivo en el ascenso al mal: el momento en que Silvio arroja una cerilla a un mendigo. Además de las causas que provocan los actos, deben considerarse las circunstancias de los personajes. Es verdad que arrojar una cerilla a un mendigo no tiene justificación. No obstante, cabe decir que responde a un acto de cólera de un individuo en un momento dado. Podría llegar a considerarse apenas como un mal menor, dejando de lado toda posibilidad de maldad en sentido estricto. Silvio perdió su trabajo, tuvo una experiencia desagradable en un hotel de mala muerte y la ciudad se le presenta hostil. El mendigo no es causante del mal momento de Silvio, pero tampoco Silvio fue responsable de que Sousa lo ignore. Hay acciones, que si bien no son justificables, pueden ser explicadas a través de ciertos arrebatos por los que transitan los personajes. No obstante, debe reconocerse que es este uno de los pocos momentos, sino el único, en que Silvio procede no del todo bien. Aunque, cabe decir, “su maldad” es ínfima respecto a la explotación de Don Gaetano o ala displicencia de Sousa.

Finalmente, Masotta ve en la delación de Silvio el acto en que la maldad se cristaliza sin tapujos.

Masotta comete un error al suponer que Silvio alcanza la esencia de la maldad cuando decide delatar a “su amigo”, el Rengo. Hay varias razones que permiten ver a la traición de Silvio como un acto de bien.

En primer lugar, debe considerarse que, a fin de cuentas, lo que hace Silvio es delatar a un ladrón. ¿Acaso es incorrecto estar del lado de la ley? La lectura de la traición de Silvio como un acto malsano se debe a que suele considerárselo de forma aislada. El lector desprevenido toma los hechos como si fueran piezas inconexas entre sí, procedimiento que lo lleva a ignorar las causas y las circunstancias del accionar de los personajes. Antes de juzgar a Silvio, debemos saber que, ante todo, comete un acto legal.

El titulado del cuarto capítulo, Judas Iscariote, contribuye a producir este efecto de maldición sobre Silvio. Lo cual obliga a hacer un replanteo de lo que Judas implica. Tradicionalmente se lo ha vinculado con el término traición. Judas pasa a ser, entonces, un sinónimo de lo deleznable, del peor de los actos de maldad: la traición. No obstante, debe hacerse una salvedad. La delación de Silvio tiene su razón de ser, no es casual. Puede establecerse aquí un paralelo con el relato “Tres versiones de Judas” de Jorge Luis Borges. Uno de sus fragmentos reza: “La traición de Judas no fue casual; fue un hecho prefijado que tiene su lugar en la economía de la redención”[3]. Análogamente, podemos sostener que la traición de Silvio tiene su lugar en la economía de la construcción de su identidad. Por tanto, no se la debe considerar aisladamente como algo que refiere a lo malsano, sino como el último ladrillo de una construcción que se levanta a lo largo del El juguete rabioso: la construcción de su Identidad. La traición de Silvio constituye un punto de escisión entre dos etapas de su vida, su adolescencia y su adultez. Señala el factum que lo hace tomar conciencia de quién es él, qué quiere y hacia donde va. Lo hace adulto, lo hace Silvio Astier. Pero… ¿por qué?

Para pensar esta cuestión, es necesario que volvamos a la escena en la que Silvio decide delatar al Rengo. Están en la feria, conversando. El Rengo cree en la complicidad de su amigo, lo hace su confidente. Pero, por sobre todo, lo trata de igual a igual. Y en este punto coincido con Masotta, en el porqué de la traición, aunque disiento en la interpretación que le da.

Silvio traiciona al Rengo porque se sabe diferente a él. O, en todo caso, toma conciencia de ello. Una luz incandescente corre el velo de su Identidad. La sombra, la incertidumbre de no saber quién es, desaparece. Silvio se reconoce como un hombre de clase media, un “gringo”, cuya apariencia y vestimentas corroboran. Un gran repudio por quien considera inferior se apodera de él. Silvio no acepta el juego del Rengo, el de la complicidad, el de los tratos de igual a igual. Se sabe diferente, y por ello rechaza su “oferta”. He aquí donde aparece la diferencia clave con el texto de Masotta: Silvio rechaza al Rengo porque se reconoce alejado de la maldad, de la perversión y de todas las cualidades bajas que pueda condensar la figura del ladronzuelo de feria. Vista así, la delación de Astier no puede considerarse como un acto reprochable, más bien lo contrario.

Para que Silvio llegara a descubrirse, a limpiar el polvo que cubría su Identidad, era necesario que transitara por esta serie de “pasos del mal” que señala Masotta. Si la historia no hubiera seguido la trama que Arlt propone, difícilmente Silvio hubiera llegado a delatar al Rengo y, por ende, a descubrir su Identidad.

Eureka, yo soy Silvio Astier

Pero no es el instante en que Silvio traiciona al Rengo cuando se hace la luz sobre su Identidad. Es cierto:  constituye un paso vertebral hacia el descubrimiento de su Identidad. Sin embargo, cuando consideramos un descubrimiento, debemos tener algo más que una vaga intuición de lo que es. No caben dudas de que una idea se corporiza no sólo cuando se la concreta, sino también cuando se la expresa adecuadamente. Silvio, cuando delata al Rengo, carece aún de una certeza. Sabe y no sabe quién es al mismo tiempo. Le falta algo, la expresión de su hallazgo. El diálogo que mantiene con el Ingeniero da cuenta de ello. Constituye el cierre de una etapa signada por la búsqueda y el comienzo de otra.

“-Yo creo que Dios es la alegría de vivir. ¡Si usted supiera! A veces me parece que tengo un alma tan grande como la iglesia de Flores…y me dan ganas de reír, de salir a la calle y pegarle puñetazos amistosos a la gente”[4].

Está claro. Silvio es un manantial de felicidad. Y la razón es el descubrimiento de sí mismo.

Las incontables horas a la luz de una vela en el Club de los Caballeros de la Media Noche, los inventos de un adolescente talentoso, los intentos de ser como el poeta maldito, el tránsito por las “etapas del mal”; toda la novela, toda, confluye en un sólo punto, el punto final de la historia, que puede traducirse en la siguiente frase de un conocido relato borgeano:

“Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un sólo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quien es”[5].

Bibliografía

I.Roberto Arlt. El juguete rabioso. Buenos Aires: Editorial Losada, 2007.

II.Oscar Masotta. “Sexo y traición en Roberto Arlt”. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1982.

III.Jorge Luis Borges. “Tres versiones de Judas”, en Obras Completas. Volumen I. Buenos Aires: Emecé, 2005.

IV.Jorge Luis Borges. “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”, en Obras Completas. Volumen I. Buenos Aires: Emecé, 2005.

V.Ana María Zubieta. El discurso narrativo arltiano. Intertextualidad, grotesco y utopía. Buenos Aires: 1987.

VI.Beatriz Sarlo. Escritos sobre literatura argentina. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2007.


[1] Roberto Arlt. El juguete rabioso. Buenos Aires: Editorial Losada, 2007. Página

 

[2] Roberto Arlt. El juguete rabioso. Buenos Aires: Editorial Losada, 2007. Página

[3] Jorge Luis Borges. “Tres versiones de Judas”, en Obras Completas. Volumen I. Buenos Aires: Emecé, 2005.

[4] Roberto Arlt. El juguete rabioso. Buenos Aires: Editorial Losada, 2007.

[5] Jorge Luis Borges. Biografía de Tadeo Isidoro Cruz, en Obras Completas. Volumen I Buenos Aires: Emecé, 2005.


RELATO: “Carlos se iba por el río”

30/03/2010

Luego de remar unos metros, logró tranquilizarse. Todo había sido muy repentino aquella tarde. Después de hacer el amor con su novia, se acordó del Tano. Hacía tiempo que no sabía nada de él. Siempre se prometía ir a visitarlo, pero luego se arrepentía. Ni siquiera una llamada, nada. Salió a la calle, despidió a su novia en la parada del ómnibus y caminó hacia Parque Lezama. Al llegar al Bar Británico, dobló por Brasil. En una esquina vivía el Tano. Carlos se sorprendió al ver un grupo de señoras que charlaban en la vereda. Se abrió paso entre ellas y vio algunas caras pálidas.

-¿Buscás al Tano?

-Sí.

-Ha muerto –oyó que le decían.

Sintió náuseas. De repente recordó la cara del Tano la primera vez que se vieron, en la milonga. Habían pasado casi diez años. Carlos recién entraba en la pubertad y soñaba con bailar en un escenario. El Tano le ofreció su amistad y lo trató como si fuera su hijo.

-¿Fuiste su alumno? –oyó que le preguntaban.

Asintió.

La gente fue retirándose. Pasada medianoche,  Carlos  y un amigo de la infancia del Tano estaban allí, junto al cuerpo.

-A veces pienso que el Barba dirige nuestras acciones.

-¿Usted cree? –preguntó Carlos.

-Yo debería estar hoy en Montevideo, tocando el fueye en Plaza Cagancha ¿Y mirá?

-¿Y por qué está en Buenos Aires?

-El fueye, se me rompió el fueye. Tuve que regresar a pedirle uno al Tano. Y justo…

-Es el destino –completó Carlos.

Entraron a la pieza. Revolvieron el placard en busca del smoking favorito del Tano. Encontraron una camiseta de Peñarol, una foto de Obdulio Varela y un mate. Lo vistieron con cuidado. Luego se recostaron en los sillones de la sala de estar. Destaparon una botella de whisky y apagaron las luces que daban a la calle.

-Él hubiera querido que lo despidiéramos así.

-¿Quiere un cigarrillo? –ofreció Carlos.

-Gracias.

-Le hago una pregunta.

-Preguntá.

-¿Cuál era su última voluntad?

El amigo del Tano dejó el cigarrillo en el cenicero, sacó un papelito del bolsillo y se lo entregó a Carlos . Ni bien hubo terminado de leerlo, dijo:

-No lo puedo creer…

-Lo encontré en la mesita de luz.

-No lo puedo creer –repitió Carlos. Luego de un rato, que le pareció una eternidad, preguntó: ¿No me prestaría…?

-Es todo lo que tengo –dijo el amigo del Tano sacando unos billetes del bolsillo. Ahora tengo que irme –concluyó.

Carlos miró a su alrededor. La pieza estaba en penumbras. Revisó la cocina y se hizo de una bolsa con comida. Luego se dirigió a la cama, tomó el cuerpo del Tano por la cintura y lo cargó sobre el hombro. Cerró la puerta. Caminó unas cuadras con el cadáver a cuestas. Al llegar a Parque Lezama encontró un taxi que dudó antes de detenerse.

-¡Al río, por favor!

El taxista miró al Tano con el ceño fruncido. Por un instante pensó llamar a la policía.

-Tomó demasiado. Seguro que un chapuzón lo mejora –dijo Carlos.

Media hora más tarde, el taxi se detuvo frente a un club náutico. Carlos vio un bote con remos y se dirigió hacia él.

 

Amanecía. La ciudad comenzaba a agitarse. El bote se adentraba lento pero seguro en el río. Carlos prendió la radio y escuchó las noticias: un muerto en Panamericana y una manifestación frente a la Casa Rosada. Eso era todo.  Apagó la radio. Observó con detenimiento el cuerpo del Tano. En ese momento se percató que estaba haciendo una locura.

“¿Qué hago aquí?”, pensó.

Carlos buscó un espacio para recostarse. Había tenido una jornada agotadora la tarde anterior. Cansado de trabajar en el laboratorio, había mensajeado a su novia. Tomaron café con leche y vieron la tele. Carlos puso Melodía de arrabal en el minicomponente y se recostó en el sillón.

-¿Qué sucede, mi amor?

-El Tano: hace tiempo que no lo veo.

De repente comenzó a recordar. Recordó los jueves a la noche, cuando el Tano lo invitaba a tomar una copa de whisky. Iban los dos juntos, caminando por la vereda. Salían por Azopardo y se sentaban en los bancos de la placita, frente a la Aduana. Era gracioso verlos. Carlos caminaba con las manos en los bolsillos. El Tano movía los brazos con agilidad y gritaba atropellándose en consejos.

Carlos buscó la orilla.

“Eso es Buenos Aires”, pensó.

A la distancia todo se veía distinto. La misma ciudad que había recorrido una y otra vez, de punta a punta, ahora lucía insignificante, pero su imagen reflejándose en el agua lo tranquilizaba. Trató de no pensar, de conciliar el sueño. El calor del mediodía se lo impidió. Se levantó con dolores en el cuello. Dio un trago a la botella de agua. Luego almorzó un sánguche de jamón y volvió a remar.

-Tengo sed –dijo

Carlos remó durante toda la tarde. No sabía cuántos kilómetros llevaba recorridos, pero calculaba que eran bastantes. Abría el papelito una y otra vez. Y cada vez que lo hacía era para convencerse que no podía fallarle al Tano. Lo había elegido a él: debía cumplir con su pedido por más absurdo que le pareciera. Carlos se levantó y se inclinó hacia el cuerpo. Se emocionó.

-No puedo creer que te fueras–dijo.

Percibió un olor desagradable. Respiró mejor para asegurarse bien. Se puso nervioso y miró la hora.

-Doce horas de viaje. ¿Cuánto faltará?

A esa altura del día se sentía mal. Se acordó de sus padres. Seguramente lo habrían llamado al celular todo el día. Pero lo tenía sin batería. Lo arrojó por encima de la borda.

-Ya no tengo de qué preocuparme –dijo.

Anochecía. Fue durmiéndose poco a poco. Al principio se mantenía en cuclillas alrededor del cuerpo. Lo acariciaba y cerraba los ojos para no pensar. Sin darse cuenta, poco a poco, había ido recostándose sobre un brazo del Tano. A las seis de la mañana comenzó a clarear. Despertó.

-¡La puta madre! –exclamó al verse encima del cuerpo.

Se acercó a la borda y comenzó a orinar. Miró a lo lejos. Enseguida ladeó la cabeza hacia donde estaba el cadáver.

-La verdad que me pediste algo muy complicado –dijo.

Un aroma putrefacto se había apoderado del bote. Carlos buscó Montevideo a uno y otro lado del Plata. Comenzó a sentir náuseas. Estuvo un rato mareado y luego vomitó.

Al atardecer, creyó que su cuerpo lo abandonaba. Le dolían los brazos de tanto remar. Pensó que iba a morir, que jamás bailaría en un escenario. Cuando anochecía, se acordó de la radio. Buscó sin esperanzas alguna emisora de Montevideo. Entonces oyó la voz de su locutor favorito.

“…25 de mayo. Veinte horas treinta minutos en todo el territorio nacional. La temperatura actual en la Ciudad de Buenos Aires…”.

Apagó la radio y observó con detenimiento el cadáver. La cara del Tano fue cobrando vigor hasta dibujarse una sonrisa en sus labios. Era la sonrisa de un hombre que bailaba un tango. Se movía al compás de Tinta Roja. Sus movimientos eran perfectos, y su pareja, una morena cuya gracia al bailar arrancaba un fuerte aplauso.

-Entiendo –dijo.

Carlos se incorporó. Tomó el cuerpo con cuidado. Lo dejó sobre la borda y lo miró por última vez. Se convenció que, a fin de cuentas, la patria del Tano no estaba en la otra orilla, aunque tampoco en ésta. No: su patria, su verdadera patria, era el tango. Entonces Carlos pensó que no se había equivocado. Que como el tango, el Tano estaba condenado a flotar de una orilla a la otra, sin cesar, hasta el fin de los tiempos.


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